Hoy es 21 de septiembre de 2025, mi cumpleaños número 31, que este año coincide con un eclipse solar. También yo empiezo a eclipsarme. El clima cambió súbitamente esta semana y no podría ser de otra manera. ¿Qué relación tienen nuestras insignificantes vidas con el movimiento de los astros, indiferentes al paso del tiempo? El día de mi santo: Mateo, uno de los cuatro evangelistas. Escribano por lo tanto. Qué maricada. Una fecha en la que se supone que debemos estar felices, los últimos años me produce una desazón suprema. No me gusta cumplir años, siento una zozobra extraña cada que se acerca este día equinoccial, ecuánime y plano. Nací al mediodía de un miércoles: no podría estar más al medio de la vida. En la mitad de la nada. El delicado equilibrio de un cuchillo en la mitad de la noche.


La edad de vivir en círculos. El eterno retorno de la vida. Cumplir treinta y uno, número impar, místico y determinante. Como cruzar un umbral hacia otra galaxia. Algo se rompe irremediablemente al superar el escalón de los treinta. El último aniversario se me marcó mucho más la “línea de expresión” de la sonrisa: esa arruga en la comisura izquierda de mis labios. Como un recordatorio permanente de lo inevitable. Hoy ha sido el día más lluvioso del último mes. Es como si la tierra toda sintiera la nostalgia de estas fechas. Se siente raro cumplir años. Como llegar a una cita a la que no hemos elegido ir; a una fiesta a la que no hemos sido invitados. 


Nunca me he sentido especialmente contento de cumplir años. No sé si le pasa lo mismo a todo el mundo. No creo que se deba a un particular odio por la vida, que también hay un poco de eso. En realidad me gusta cumplir años, mirar hacia atrás, alegrarme de lo muy bella que ha sido mi existencia, con todo y sus cuantas miserias. Llegar a los treintaiuno: sin hijos, sin carro, sin casa; con trabajo asalariado. Ni fama, ni éxito, ni ninguna de esas cosas con las que uno a veces sueña. Con amor, mucho amor. Con mi amor. Y con un gato que me acompaña desde el 2020. 


El eclipse de esta edad comenzó en mí hace varios días, porque me pongo intranquilo en la medida que se acerca el número veintiuno del mes nueve. Entiendo que cada vez el vértigo debe ser más grande; más grande la emoción y esa extraña gratitud por lo que gratis nos ha sido dado. En estos días logro, a ratos, reconciliarme con la vida, que últimamente está tan dura. Veo las cosas pequeñas que he logrado, las experiencias de las que no aprendí nada, los cambios equivocados de las últimas décadas y las tiernas travesuras de todos los días. Y me siento contento del privilegio de seguir vivo sin saber hasta cuándo. Y me consuela la certeza de pensar que ha valido la pena quedarme a vivir aquí. Yo, que tantas veces sentí ganas de escapar pronto, como la tentación sana y sensata y aburrida de irse temprano de la fiesta, por bueno que uno esté pasando.


Así que siempre dejo abierta esa posibilidad, con la plena conciencia de que la vida puede ser vivida hasta cuando nos resulte soportable y gratificante. Tal vez, algún día no lo soporte y sospecho que, si algún día me suicidara, sería cerca de la fecha de mi cumpleaños, para no soportar la pena de hacerme un año más viejo. En eso me parezco a mi mamá, que le tiene más miedo a envejecer que a la eutanasia. Como debe ser. Estos son días difíciles, el estado de ánimo de la naturaleza lo confirma. Los hechos que ocurren en el mundo no dan para más. Y sin embargo dan ganas de seguir remando. De ver lo que nos depara el destino, de conocer el futuro como no hay otra forma: atravesándolo. 


Por ahora, aquí estoy y aquí me quedo, contra viento y marea, con desgano y alcohol, con depresión y obsesiones y unos demonios que pastoreo tercamente. Sólo porque me gusta la necedad de vivir, que culmina con la injusticia de la muerte. Con mis pasos sostenidos por la telaraña de los sueños, que me hace imaginar mundos posibles. Por el dulce peligro de estar vivos. Porque en el absurdo lapso de tiempo –ese soplo– que transcurre entre el nacimiento y la muerte, lo único que vale la pena es entretener al tiempo con consuelos de amor. Volutas de humo es la existencia. Sombras, manchas, reflejos. Y figuras de origami. Tumba, epitafio, obscena corrupción y mortaja. 


Festejar el cumpleaños, cosa vana como ninguna. Como celebrar el día de la independencia. O el día del padre. O el día del amor y la amistad. Al fin y al cabo, los calendarios no son más que un inútil intento de encasillar los días en un número finito de secuencias arbitrarias. Entonces dejemos que sea esta fecha una excusa más para emborracharnos y que nada importe, porque la vida es una obra de teatro larga y sin libreto, en la que los actores y las actrices vamos a la deriva, buscándole sentido a la dramaturgia de un director loco que muchos confunden con dios. ¡Salud!