Llorabas
Por Martín Bolívar Flórez
Tan grandes que son los países para uno sentirse
encarcelado detrás de una bandera. Ya las líneas fronterizas están marcadas.
Recuerdo verte llorar aquel diciembre, sentada en un
butaco de plástico. Llorabas por tu madre ausente y por la distancia que las
separaba. Llorabas por tu nochebuena amarga y por ella, que veía caer la nieve
por primera vez en el país de los sueños rotos. Tu seguías acá, sentada en el
butaco que te hacía doler la espalda, llorando en tu propio país con tu hija
menor en el regazo y con tu hija mayor de pie a tu lado. Al fondo de la casa
sentado como siempre se sentó: tímido y callado, también en un butaco de
plástico sin espaldar, tu esposo te veía llorar al igual que yo. Llorabas por
el amor a la madre, el bendito, pero absurdo amor a la madre que tenemos
nosotros los pobres, que la vemos como espejo o faro, y tantas veces como
cuchillo.
Llorabas por la distancia y por la muerte. Estos
largos caminos que separan a los hermanos, a las hijas de las madres, y a los
nietos de las abuelas, pintan en el pensamiento el cajón y la llamada, las
coronas de flores y los pañuelos llenos de lágrimas, las veladoras en las
esquinas del ataúd y el carro fúnebre. Hay que sacudir la cabeza rápidamente
para dejar de pensar en ello. Cuando yo pienso en la muerte del que está lejos,
sacudo la cabeza tres veces y lo imagino vivo, besándolo y abrazándolo en la
salida de un aeropuerto, con el pelo grasiento y con la pesadez de llegar otra
vez a su pueblo y ver a sus habitantes con los mismos oficios: el lechero sigue
siendo el lechero, el mismo maletero para recoger la maleta y el mismo padre
con los bolsillos pelados esperando que algún día su hija lo quiera. ¡Una vaina
brava! Pero ese soy yo, que sacude la cabeza. Tú, en cambio, sólo llorabas en
nochebuena por la muerte imaginaria de tu madre, y te preguntabas: ¿Y si se
muere mi madre allá donde cae la nieve, qué hago yo con esta vida?
La madrugada te despidió y la noche, cómplice de todo,
sabía que aquellos pasaportes no tenían visa.
Llorabas por la despedida y por el encuentro. Varios
días atravesando “El Hueco” y otra vez con tu madre, allá, en el país de los
sueños rotos. Ríes ahora y eso me alegra, pero luego lloro, no de nostalgia
sino de rabia. Llorabas y ahora soy yo el que llora. Estamos tan encarcelados
bajo el lema de una bandera, como aquel que duerme apeñuscado en las celdas de
La Picota extrañando a su madre: vuelve y juega el amor del pobre por la madre.
Lloro por los papeles que nos hacen
legales o despreciados, aliens o nativos, ciudadanos o delincuentes. Lloro
escuchando a Juan Gabriel en Tik-Tok, cuando de fondo le ponen un video de los
migrantes exigiendo sus derechos. Sí, Juan Gabriel, el mismo mariachi maricón,
que escribe canciones de nostalgia que les gustan a los mexicanos y a los
colombianos y a los excluidos, porque nosotros los latinos aún estando
enamorados seguimos con la tusa: por los que se van y no pueden volver. Lloro
por el desprecio de los hermanos, por los que están rotos por dentro y pretenden
llenar ese vacío con papeles verdes. Por los que se vanaglorian de sus dobles y
triples nacionalidades, pero no se encuentran dentro de sí mismos para
brindarles la mano a otros. Lloro por ellos. Azul el pasaporte y verde dólar el
hígado.
Que hará Carolina…
…Cuando yo me muera y su estatus migratorio no le
permita comprobar que a este su compadre, el que le ha de bautizar a su hija la
más pequeña, se le ha ido el calor de la cara y yace impávido sobre la tierra
de su adorado pueblo, con el cuerpo más frío que la nieve de Boston.
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1 Comentarios
Felicidades, muy bonito!
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