Contra la corrección política
Por Jairo Osorio
Hace poco más de una semana, compartí en mis redes sociales algunas imágenes de una corraleja –o encierro– a la que asistí con algunos amigos y amigas con las que me encontraba en el Carnaval de Riosucio. A raíz de la publicación, recibí las reacciones negativas de uno que otro seguidor, así como otros tantos me dejaron de seguir, intuyo porque la publicación hirió sus susceptibilidades de conciencias blancas, limpias y bienpensantes, pues nada más atroz, bárbaro y salvaje que una manada de borrachos dándose a la huida de un novillo de doscientos cincuenta kilos en el improvisado escenario de una ramada de esterilla.
Quienes no son unos completos ignorantes, sabrán que una corraleja es una forma del toreo popular propia de las festividades mundanas, en la que se sueltan unos novillos más o menos bravos, para que quienes así lo deseen osen tirarse al ruedo y posar de toreros de ocasión. La corraleja es en sí misma una farsa, un acto carnavalesco, pues se mofa del toreo profesional y en ella el animal no sufre vejaciones ni torturas, no se le imponen banderillas y mucho menos se mata al novillo, pues los matadores de ocasión de estos encierros circenses no son la mayoría de las veces más que unas gallinas.
El único objeto de esta forma del toreo popular y mestizo, que la gente de estas tierras creó para burlarse de la muy solemne y violenta tauromaquia española, es provocar la risa, el chasco, la juerga, la broma y la emoción. En el encierro no se maltrata a los novillos, sino que apenas se les enlaza y guarda cuando no muestran la bravura suficiente; y se les molesta cuando muestran casta para que den buen espectáculo y haga reír a la gente que mira desde los palcos y a los cañadores que se apostan detrás de los burladeros, mirando los toros desde la barrera. Me parece que, de las formas de diversión con los animales, la corraleja es la más festiva y la menos violenta, y por ende también la más desclasada (sólo quizá por encima de las riñas de gallos).
Sea esta entonces la ocasión para señalar un vicio de lo más posmoderno, que ha cobrado forma e intensidad en los últimos años y que consiste en la estigmatización de todas aquellas prácticas e ideologías que no se ajustan al nuevo canon de la filosofía ultraliberal y de lo que los gringos llaman woke, es decir a los falsos discursos progres y libertarios de la inclusión y los movimientos identitarios, a los que nadie puede atreverse a criticar a riesgo de ser cancelado, funado, escrachado, o cualquiera otro de los verbos que esta caterva de adoctrinades ha venido a inventar para descalificar, silenciar y suprimir todo aquello que les cuestione o se oponga a sus discursos del “multiculturalismo” y la “diversidad”.
De paso, aprovecho para expresar que siempre me gustó la tauromaquia porque me parecía un espectáculo de lo más artístico y sublime, y que de niño le pedía a mi papá que me llevara a los toros en la malograda plaza de El Bosque en Armenia, sin que nadie siquiera me lo sugiriera. No sé si sería un oculto ancestro hispánico o una temprana fijación por la virilidad, pero amaba esas tardes soleadas de los domingos de enero, la banda tocando pasodobles y los hombres bebiendo aguardiente en sus botas de cuero; la salida triunfal de los matadores y los rejoneadores, forrados en sus trajes de luces para que se les marcara el paquete y gritar a la plaza su hombría de machos enfrentados a una bestia no más que con un capote y una espada. Entonces comenzaba esa danza entre la vida y la muerte y el torero apostaba todo por dar un espectáculo digno del público, digno del animal, que tenía que morir de una estocada y con elegancia, sin excesos ni aspavientos, con la contundencia de una bestia noble que cada tanto recibía el indulto de una plaza fascinada por la casta y la bravura, que se rendía ante la nobleza del novillo.
Y así va el mundo: hay los que siempre han querido prohibir. Prohibir el sexo, prohibir las drogas, prohibir el pensamiento, prohibir el toreo… Y quienes siempre hemos creído que una parte de nosotros se pierde cuando se prohíben las libertades que nos pueden hacer daño a nadie más que a nosotros mismos. Algunos son simplemente idiotas útiles de ciertas sectas que ganan votos a costa de las pasiones de unos cuantos incautos. Y no es que no crea que la tauromaquia resulta hoy una práctica arcaica que bien podría ser abolida: lo que me aterra es el unanimismo, la uniformización, la homogeneización del mundo; la falta de disenso y de sentido crítico, la imposibilidad de contradecir a una caterva de bienpensantes que se creen hoy dueños de la verdad revelada y que mientras por un lado quieren imponer una ideología de lo libertario, por el otro son profundamente conservadores y extremistas, conduciendo a un nuevo tipo de fascismo en el que se generan nuevas exclusiones y se reproducen antiguas, y que está llevando a la sociedad posmoderna a una polarización, una atomización y un identitarismo individualista sin precedentes.

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5 Comentarios
Estoy de acuerdo contigo hasta cierto punto, sin embargo cuando dices "Y quienes siempre hemos creído que una parte de nosotros se pierde cuando se prohíben las libertades que nos pueden hacer daño a nadie más que a nosotros mismos", es cuando veo la contradicción, porque si bien las corralejas, así como tú las describes (porque hay otras corralejas sangrientas en las que hasta candela en los cuernos le prenden al pobre animal), son inofensivas, el toreo no lo es, ya que el toro como bien lo sabes, sufre muchos vejámenes durante el mal llamado espectáculo, para al final terminar suplicando que el torero tenga buena puntería y acabe con su vida lo mas digna y rápidamente posible.
ResponderEliminarAhí es donde no cuadra eso de prohibir libertades que solo nos hacen daño a nosotros mismos y mas bien defiendo eso de prohibir espectáculos que atentan contra la vida y la dignidad de otros seres vivos.
También estoy de acuerdo contigo hasta cierto punto. Actualmente pienso que ninguna forma de crueldad contra los animales debería estar permitida; en eso, creo, no hay discusión. La crítica en el artículo se centra sobre todo en el prurito de la prohibición y la cuasi-obligación de actuar como ángeles, cuando sabemos de la naturaleza humana de nuestras acciones. Vivimos en una sociedad que pretende ocultar la muerte, el sufrimiento, la miseria; en vez de promover cambios y transformaciones para evitarlos, conservando estructuras de poder injustas. En fin, para no alargarme más, creo que el toreo es hoy una práctica arcaica.
EliminarBuenas tardes. Admiro la valentía de afrontar un tema que ocasiona muchas discusiones, y exponer abiertamente, sin subterfugios, sus puntos de vista. Nunca he asistido a una corraleja. He visto los reportes televisivos de esos eventos, muchos de los cuales, la mayoría, muestran a una turba que se conglomera alrededor de un toro o torete para atormentarlo. Es lo que se ve. Respecto a la tauromaquia, no puedo sino deducir que es un "espectáculo" cruel en el que luego de engañar, burlatse y torturar a un toro, se lo mata; luego se reparten sus orejas, su cola. No creo que las nuevas generaciones tengan alguna atracción por lo atávico. Lo woke puede asociarse con lo intransigente, posturas tan radicales que no admiten debate y excluyen otras voces; no obstante, considero que no sea un término que ahora deba utilizarse para calificar a quienes tienen en mente conceptos que difieren de los ya establecidos por el conjunto de la sociedad, sobre todo por la intención peyorativa de ese vocablo gringo ( Awake, not woke, proclamaba Trump en su campaña electoral). En algumos lugares del mundo, se adoptó un espectáculo más sano: el toro y el torero solos, el uno frente al otro sin muletas, ni banderillas ni espafas. El torero esquiva las embestidas con saltos, amagues, medios lados de su cuerpo. Creo que sería el camino más artístico pata la tauromaquia. Respeto, pero no comparto, sus apreciaciones., pero tengo la seguridad de que, en un debate más amplio, podríamos llegar a estar de acuerdo con ciertas aseverasiones. Saludos.
ResponderEliminarHola, Antony. Gracias por leer y por tu comentario, muy agudo y acertado. La primera pregunta que me viene a la cabeza es: ¿cómo sabemos que el toro se siente atormentado? Quizá es una apreciación de cuando se mira el espectáculo desde afuera. Visto desde dentro, lo que ocurre y se experimenta dentro del ruedo es totalmente distinto. Dos bestias enfrentadas en franca lid, expuestas al más grande de los temores. Para mí es un juego, en que el toro también puede divertirse y envestir. De hecho, cuando los eventuales novilleros acosan demasiado al toro, la "turba que se conglomera" en las graderías de la corraleja empieza a vociferar al unísono: 'suéltelo, suéltelo!' o 'déjelo, déjelo!', en una clara defensa de la dignidad del animal. En fin, creo que un uso ligero del concepto de lo 'woke' podría terminar ubicándome, irónicamente, del lado de los Trump o de los Musk; pero no puedo estar más lejos de eso. Lo utilizo en el sentido del análisis agudo que ha hecho recientemente una investigadora y que señala el carácter sectario y refractario de la excesiva vigilancia del discurso y la libertad de expresión que termina en la cancelación –el sicariato moral, valga decir– de una persona, sólo porque sus acciones u opiniones son contrarias a la opinión hegemónica, que no es otra cosa que la opinión general de la mayoría.
EliminarSi ve, Jairo, ya surgen puntos de acuerdo: "el toreo es hoy una práctica arcaica". Algo es algo. No era mi intención que se diera por aludido por el término woke, y si siguiéramos en las mismas, al final, terminaríamos convertidos en otro par de wokes; en este sentido, no creo que sea oportuno meterse en un círculo vicioso del cual considero no somos parte. Sin embargo, todavía hay puntos de divergencia. "¿Cómo sabemos que el toro está atormentado?, se pregunta. Ya sabemos de las cualias en los animales, de su subjetividad; pero la respuesta a su pregunta la dio Husserl hace mucho tiempo, sólo hace falta tener sentido común para descifrar el sufrimiento en sus ojos, en su actitud, en sus gestos , huidas o embestidas frente a una turba que se conglomera alrededor suyo; no es, como usted lo manifiesta, "dos bestias enfrentadas en franca lid", son decenas de personajes, algunos de a caballo; también banderillazos y coleos (lo observé en youtube, la corraleja de Sincellejo). La otra turba, la de las graderías, aplaudía, reía, tomaba trago, festejaba; no observé ni escuché ninguna voz de socorro. Le agradezco por su respuesta y espero que siga trabajando en sus artículos, independientemente de sus temáticas. Saludo.
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