Por: Martín Bolívar Flórez

El día que yo me muera quiero que hagan una fiesta dramática en las obras fúnebres, les dije a mi amiga Candelaria y a mi amante más recordado. Quiero que asistan con velos negros, se acerquen al féretro y griten entre llantos ahogados, lo buen amante que fui en vida, aunque eso tenga poco de cierto. Un velorio donde la gente exprese sus sentimientos sin ningún reparo es lo que deseo: rabia, alegría, tristeza, melancolía y amor, acompañarían de manera adecuada el café de tintas negras que servirán en vasos plásticos de 4 onzas. Quiero que doblen las campanas de la iglesia y desfilen por las calles de mi pueblo –detrás del ataúd cuando me saquen de mi casa– zanqueros, teatreros, borrachos, malandros, travestis y viejitas encopetadas de la élite municipal; y cuando ya se dispongan a sepultarme bajo tierra, se aseguren completamente de mi estado yerto, no vaya a pasar que me les levante a los tres días para seguir bailando en este baile lleno de tropiezos que es la vida.

Ese final siempre precoz que a todos nos toca y que llamamos muerte, debería ser celebrado con una gran fiesta. Una en la que uno decida con antelación o en la que los familiares decidan cómo llevar a cabo la despedida: que si Juan quiere que los amigos se emborrachen y fumen marihuana al lado del cajón, que si la madre quiere que le pongan un bombillito al ataúd para no dejarla a oscuras, que si la familia quiere contratar un poeta religioso para que rece toda la madrugada al son de la gente que contesta “que Dios la saque de pena y la lleve a descansar”, que si al muerto lo quieren resaltar poniendo una foto en la lápida y le quieren poner adornos, flores, molinos de papel y listones; pues que lo hagan. Al fin y al cabo, todo lo que se haga para luchar contra el olvido es válido. Eso sí, pretendiendo ojalá que las acciones se generen desde el respeto hacia los que quedaron vivos: de pronto les da por sacar al muerto en una moto al estilo Rosario Tijeras y matan del susto a tres viejitos y dos niños que venían pasando por esos lares, por ver a la pelona motorizada. 

Cada día son más las prohibiciones que se le ponen al ser humano, ni muertos estamos a salvo de las reglas. Los tentáculos de la sistematización (ridiculez absoluta de volvernos a todos iguales) manosean el cuerpo frío y rigormortizeado del respectivo difunto. El otro día llegó mi madre de la misa del cementerio diciendo que el cura había dicho en el atrio que se prohibía rotundamente la fabricación y colocación de lápidas que tuvieran fotografías o epitafios; entonces pensé que ya no sé donde poner la frase que me había inventado para poner en ese pedazo de mármol: “Ya sé que estaba loco, pero más locos estaban los que me siguieron las ideas”. Años atrás, prohibieron los velorios en casa con la excusa de la contaminación y las enfermedades, y nos mandaron a reunirnos en funerarias que vuelven el rito impersonal, regalan poco café y aromáticas rancias, y   que empezaron a cerrar a las diez de la noche, impidiendo de esa manera que los amigos y la familia estén con el muerto en su última madrugada. Cobran una millonada por el entierro o la cremación, y los huesos y las cenizas representan ahora un enorme problema de logística. No me extrañaría que en unos años se nos prohíba llorar o nos oculten qué pasó con nuestros muertos. Ya empezamos con los que perdimos a los seres queridos en el pico de la pandemia. 

-Aló, buenos días. Señor Martín, ¿le gustaría afiliarse a nuestro paquete que incluye velorio y entierro y coche fúnebre y entierro para su mascota…? ¡No se convierta una carga para su familia!

- Aló… No me interesa, de algún lado saldrá la plata. Varios amigos tengo, el cajón lo consiguen rápido, aunque sea prestado.