Por Martín Bolívar 

@martin.bolirez


Sigo usando champú y sé que no soy el único. Así somos los calvos, seguimos estregando nuestra cabeza con algún bálsamo que nos dé tranquilidad. Ahora que el cabello se ha ido y la tusta quedó sin protección y sin adorno, nos conformamos con masajear de manera circular el cuero cabelludo para meditar y pensar la solución a nuestros problemas. Al ser calvo, el hombre, irremediablemente se convierte en un ser nostálgico, uno que siempre recuerda al que fue ayer. Un tipo que se mira en el espejo para reconocerse todas las mañanas antes de enfrentar el mundo. ¡Sí, este soy, este calvo soy, qué gran pérdida he tenido!

Mi calvicie empezó temprano. A los diecisiete, el grosor de los cabellos que pendían de mi cabeza empezó una reducción severa. Luego, a los veintidós, el cuero cabelludo armaba surcos blanquecinos que se notaban a kilómetros de distancia. Muchos fueron los consejos para evitar la desgracia: romero, extracto de cebolla, aguacate con huevo y tónicos farmacéuticos que lo único que generan son dolores de cabeza e ilusiones mortificantes. Probé algunos, pero a todos esos remedios “milagrosos” los abandoné rápidamente. Ya en mi vida había tenido dos frustraciones muy grandes al intentar cambiar algo que no dependía de mí y que yo consideraba anormal porque a los demás así les parecía.

La primera fue mi estatura: Fui el hijo menor de una señora acostumbrada a parir varones macancanudos. Al nacer frágil y pequeño, tuve que aguantar comparaciones, burlas que nunca faltan dentro de un hogar convencional, y un montón de recursos que se inventaba mi madre para intentar que yo saliera de mi estatus de “chichón de piso”, como el día que me dio cucharadas de concentrado de pollo porque una vecina le había dicho que eso servía para estirar a los enanos. Tiempo después nos enteramos por un comentario de la gran filósofa colombiana Natalia París, que el concentrado de pollo y las hormonas que a estos les aplican, aumentan la probabilidad de que los hombres pateen para el otro equipo.

Lo segundo, fue esa homosexualidad no declarada, una vaina que me exprimía, me ahogaba y casi me lleva al suicidio, y que solo se aquietó cuando me paré en la raya y me dije: déjate de huevonadas que a usted lo que le gusta es la mondá. Estas dos experiencias me dieron el talante suficiente para asumirme como soy. Y así, como antes tuve valor para decir: soy enano y soy homosexual, pude sin mayores altercados raparme la cabeza y mostrarla brillante ante la sociedad.

Hace poco un amigo en medio de unos tragos de amarillo, me preguntó que si yo me sentía bien con mi aspecto. Sin esperar respuesta y a manera de disculpa disimulada, procedió a explicarme que con otro amigo habían comentado preocupados sobre mi apariencia: que estaba muy calvo, que yo había cambiado mucho, que me veía acabado. Escucharlo decir esto me causó una sensación de extrañeza. Con su comentario estaba dando una respuesta a esa duda que me acompaña por esos días: ¿Cómo me ven los demás? Por eso no podía enojarme con alguien que solo estaba siendo sincero. Yo también veo a mis contemporáneos y pienso así no lo comente: ven a este como también quedó calvo, ven a aquella como se engordó, a este le está dando duro la vida, ¿será que yo me veo tan acabado como aquel o aquella? Tampoco podía refutarlo porque su analogía era válida y es que, la calvicie es una evidencia muy severa del paso del tiempo, que le suma a uno muchos años de edad.

Acabado es una palabra preciosa porque posee dos significados que a su vez están en contraposición. Entonces podríamos asumir que, si a uno lo llaman acabado, querrán decir que uno está perfecto, completo, consumado o, por el contrario, que uno está malparado, destruido, viejo o en mala disposición. Conociendo las intenciones de la “hijueputa humanidad”, claramente, cuando se usa este término para señalar o ser señalado, estamos yéndonos por su versión peyorativa. En todo caso, este insulto no debería tener mayor relevancia, porque estar acabado o dejarse acabar es también aceptar la madurez que ha venido con los años, es dejar de competir con la naturaleza y aceptar que nos estamos poniendo viejos, que el cuerpo se va deformando y que no hay necesidad de pertenecer anclado al piropo ni a los halagos por esa belleza que fue magnífica, como es ahora magnífica en los jovencitos de quince años - con sus pieles tersas y sus sonrisitas llenas de curiosidad - que pretender ser eternamente como ellos es adentrarse en un estado de frustración que es peor que la calvicie, la arruga o el culo fruncido.

Por eso, calvos de Colombia y del mundo, acabados por la vida, es momento de soltar las gorras. Vivan la experiencia de “descachucharse” por segunda vez. Cubran esa cabeza de la intemperie por necesidad no por vergüenza. Quieran sus cabezas deformes, las que aguantan el resisterio de sol y la lluvia que baja derecho al rostro porque ya no hay cabellos que represen el agua. Dejen que las chicas los llamen hombres sexys. Calvos sexys, llenos de testosterona. Hagan lo que quieran, me corrijo, esta experiencia de vida es única en cada ser. Así que prueben con pelucas, pigmentos, incrustaciones de pelo y tónicos. Hagan todo lo que los haga sentir tranquilos, pero les adelanto esta verdad incómoda, la única cura contra la calvicie es la aceptación, y el aspecto físico siempre pasará a un segundo plano, así que tranquilos que toda bolita de mierda tiene su cucarrón.