Por Martín Bolívar Flórez
@martin.bolirez

Para los vivos, y para los muertos, para los que quieren más allá de todo.

 Lucía vive y ahora se sienta en una poltrona a contemplar los rayos de luz del sol de la tarde que se filtran por las separaciones de sus cortinas y crean fugaces parches amarillos, casi fluorescentes, en el piso de toda la sala. Respira repetidamente en forma de suspiro y encuentra tranquilidad en el viento que menea los rectángulos de tela blanca que separan el exterior del interior de su vivienda. Sostiene un vaso con agua y le da pequeños sorbos antes de contar su historia; el agua le sirve para lubricar un poco aquellas palabras que se estancan y forman un taco de nostalgias en su garganta. Un par de lágrimas le brotan con la mayor sinceridad desde su alma y empieza a evocar los sucesos de aquel fatídico sábado de mayo, donde la vida y la muerte se disputaron descomunalmente el destino de 24 personas que descendían en un bus de servicio público por una de las carreteras más transitadas del país, después de desarrollar una visita académica en el famoso “Túnel de la Línea”.

El primer bus se dañó y luego mandaron otro, me dice Lucía, y a partir de esta frase empezamos a entretejer el recuerdo de las horas que precedieron el accidente: la llegada de los estudiantes a la Universidad, la espera mientras llegaba un segundo bus porque el primero que los transportaría presentó fallas, la llamada que hizo al profe Daniel para preguntarle por qué la tardanza, el viaje de ida hasta el túnel, la felicidad, ponerse el casco y las botas de ingeniero, el recorrido de obra y las últimas fotos que se tomarían algunos, ilusionarse con un día ser un profesional que hace carreteras y conecta pueblos y hace las casas para que la gente viva, la vista de las montañas y los abismos, las chanzas que hacen algunos compañeros sobre la película “Destino final” al ver los viaductos, el descenso rápido y todas las señales de tránsito que el conductor omite, las curvas, la frase que no olvidará de su compañero de asiento: “si este bus se queda sin frenos, nos matamos”.

Cae la tarde y el viento no deja de soplar: es el recordatorio de que seguimos con vida, que ella sigue con vida. ¿Por qué sobreviví yo?, me dice, y los dos guardamos silencio. Es la primera vez que nos vemos después del accidente. Lo primero que noto cuando la veo es que ahora lleva el cabello negro y que sigue preservando su innata capacidad para encontrarle solución a cualquier problema. Lucía siempre está sonriendo y siempre está mandando: pienso: “Corra para aquí, siéntese acá, tranquilo, que esto se hace así, tan bobito, no se estrese que ya miramos…”, y suelta una carcajada en un tonito único. Me alegra que los infortunios y las imágenes aterradoras de un episodio trágico no le hayan arrebatado estos atributos de fuerza y de nobleza que siempre ha tenido. Contrario a aspectos negativos, veo en ella ahora una cualidad fascinante que años atrás no se hubiera permitido: aprendió a despreocuparse.

Aferrarse para soltar: qué gran dualidad, pienso. Soltar un trabajo que ya no le gusta, soltar un sentimiento negativo, soltar los anhelos urgentes de éxito. Aferrarse a los suyos, a su hija y a su esposo, a su padre, que no sabía cómo abrazarla ni sabía cómo llorar de felicidad cuando la vio viva, cuando pudo comprobar que sí, que era su hija una sobreviviente. Aferrarse de lo intangible, de lo místico para seguir aquí. Hacer palanca con sus pies para sostenerse entre el puesto y la división que la separaba del conductor, cuando el profe Daniel se levantó de su asiento para gritarles que se aferren, que se agarren, que se sostengan en esta vida porque el bus se quedó sin frenos. —¡Ay, Dani Daniel, responsable hasta el último minuto! . Sostenerse con fuerza, tomar el celular y despedirse de su esposo, encomendar a su hija y pensar que el bus volaría. Aferrarse y pensar: “qué vaina, ahí viene mi muerte, y mi hija sin su mamá, así como yo: ah, qué falta me haces, madre”, llorar de la rabia y salir proyectada por el aire por el fuerte impacto del bus contra las barandas del puente helicoidal de Calarcá. Quedar suspendida en las escalerillas del bus, a dos pasos del abismo. Aferrada a una mano invisible —me dice Lucía— que le dio su madre desde el más allá, para que no se repitiera la historia de orfandad temprana en su familia. Abrir los ojos y ver los puestos vacíos de diez de sus compañeros que volaron, que tuvieron su alumbramiento y nacieron en otra parte aún desconocida por nosotros, que asumieron el vórtice tenebroso de dejar este plano conocido para figurar en otro sueño, en otro lugar que necesitaba jóvenes para construir castillos y fortalezas, aldeas y acueductos, carreteras y puentes que conduzcan hacia la verdad. La muerte será siempre un remolino que nos arrastra, que nos obliga a soltar.

Se nos acaba el café que bebíamos mientras Lucía me contaba, me hacía parte de su historia, me confiaba sus ideas y yo, antes de abandonar aquella conversación espinosa que le pedí que tuviéramos, para hoy escribir e intentar rendir homenaje a los ocupantes —vivos y muertos— de aquel bus que terminó maltrecho y que fue noticia nacional durante muchos días, le conté que ese día del accidente, en un acto de desesperación y atrevimiento absoluto, al ver su nombre que figuraba en el listado de estudiantes que se habían accidentado, no dudé en llamarla inmediatamente y que escucharla, así hubiese sido en medio de los gritos, que escuchar esa voz de mi amiga que lloraba y que ni siquiera sabía con quién hablaba, que contestaba su celular por inercia para calmar a los muchos que, así como yo, necesitaban comprobar que tendrían a Lucía por un tiempito más, para que fuera su cómplice, para reírse con ella, para chismosear eternas horas y para tener un poquito de bienestar en esta vida que a veces se pone tan difícil, ha sido de las cosas más emotivas y gratificantes que me han pasado en la vida.

Me hizo un sanduchito ese día, y nos despedimos con un abrazo.

Nota: Este escrito está dedicado para mucha gente, en especial a Juan Camilo Trejos, también sobreviviente del accidente. A él lo contacté también para que me contara su historia de aquel día, pero al final me llené de pena, de miedos; uno no cree y todavía me pesa hablar con otro hombre sobre los sentimientos. A él le pido unas disculpas por mi cobardía.