Lucía Vive
Por Martín Bolívar Flórez
@martin.bolirez
Para los vivos, y para los muertos, para
los que quieren más allá de todo.
El
primer bus se dañó y luego mandaron otro, me dice Lucía, y a partir de esta
frase empezamos a entretejer el recuerdo de las horas que precedieron el
accidente: la llegada de los estudiantes a la Universidad, la espera mientras
llegaba un segundo bus porque el primero que los transportaría presentó fallas,
la llamada que hizo al profe Daniel para preguntarle por qué la tardanza, el
viaje de ida hasta el túnel, la felicidad, ponerse el casco y las botas de
ingeniero, el recorrido de obra y las últimas fotos que se tomarían algunos,
ilusionarse con un día ser un profesional que hace carreteras y conecta pueblos
y hace las casas para que la gente viva, la vista de las montañas y los abismos,
las chanzas que hacen algunos compañeros sobre la película “Destino final” al
ver los viaductos, el descenso rápido y todas las señales de tránsito que el
conductor omite, las curvas, la frase que no olvidará de su compañero de
asiento: “si este bus se queda sin frenos, nos matamos”.
Cae
la tarde y el viento no deja de soplar: es el recordatorio de que seguimos con
vida, que ella sigue con vida. ¿Por qué sobreviví yo?, me dice, y los dos
guardamos silencio. Es la primera vez que nos vemos después del accidente. Lo
primero que noto cuando la veo es que ahora lleva el cabello negro y que sigue
preservando su innata capacidad para encontrarle solución a cualquier problema.
Lucía siempre está sonriendo y siempre está mandando: pienso: “Corra para aquí,
siéntese acá, tranquilo, que esto se hace así, tan bobito, no se estrese que ya
miramos…”, y suelta una carcajada en un tonito único. Me alegra que los
infortunios y las imágenes aterradoras de un episodio trágico no le hayan
arrebatado estos atributos de fuerza y de nobleza que siempre ha tenido.
Contrario a aspectos negativos, veo en ella ahora una cualidad fascinante que
años atrás no se hubiera permitido: aprendió a despreocuparse.
Aferrarse
para soltar: qué gran dualidad, pienso. Soltar un trabajo que ya no le gusta,
soltar un sentimiento negativo, soltar los anhelos urgentes de éxito. Aferrarse
a los suyos, a su hija y a su esposo, a su padre, que no sabía cómo abrazarla
ni sabía cómo llorar de felicidad cuando la vio viva, cuando pudo comprobar que
sí, que era su hija una sobreviviente. Aferrarse de lo intangible, de lo
místico para seguir aquí. Hacer palanca con sus pies para sostenerse entre el
puesto y la división que la separaba del conductor, cuando el profe Daniel se
levantó de su asiento para gritarles que se aferren, que se agarren, que se
sostengan en esta vida porque el bus se quedó sin frenos. —¡Ay, Dani Daniel,
responsable hasta el último minuto! . Sostenerse con fuerza, tomar el celular y
despedirse de su esposo, encomendar a su hija y pensar que el bus volaría.
Aferrarse y pensar: “qué vaina, ahí viene mi muerte, y mi hija sin su mamá, así
como yo: ah, qué falta me haces, madre”, llorar de la rabia y salir proyectada
por el aire por el fuerte impacto del bus contra las barandas del puente
helicoidal de Calarcá. Quedar suspendida en las escalerillas del bus, a dos
pasos del abismo. Aferrada a una mano invisible —me dice Lucía— que le dio su
madre desde el más allá, para que no se repitiera la historia de orfandad
temprana en su familia. Abrir los ojos y ver los puestos vacíos de diez de sus
compañeros que volaron, que tuvieron su alumbramiento y nacieron en otra parte
aún desconocida por nosotros, que asumieron el vórtice tenebroso de dejar este
plano conocido para figurar en otro sueño, en otro lugar que necesitaba jóvenes
para construir castillos y fortalezas, aldeas y acueductos, carreteras y
puentes que conduzcan hacia la verdad. La muerte será siempre un remolino que
nos arrastra, que nos obliga a soltar.
Se
nos acaba el café que bebíamos mientras Lucía me contaba, me hacía parte de su
historia, me confiaba sus ideas y yo, antes de abandonar aquella conversación
espinosa que le pedí que tuviéramos, para hoy escribir e intentar rendir
homenaje a los ocupantes —vivos y muertos— de aquel bus que terminó maltrecho y
que fue noticia nacional durante muchos días, le conté que ese día del
accidente, en un acto de desesperación y atrevimiento absoluto, al ver su
nombre que figuraba en el listado de estudiantes que se habían accidentado, no
dudé en llamarla inmediatamente y que escucharla, así hubiese sido en medio de
los gritos, que escuchar esa voz de mi amiga que lloraba y que ni siquiera
sabía con quién hablaba, que contestaba su celular por inercia para calmar a
los muchos que, así como yo, necesitaban comprobar que tendrían a Lucía por un
tiempito más, para que fuera su cómplice, para reírse con ella, para chismosear
eternas horas y para tener un poquito de bienestar en esta vida que a veces se
pone tan difícil, ha sido de las cosas más emotivas y gratificantes que me han
pasado en la vida.
Me
hizo un sanduchito ese día, y nos despedimos con un abrazo.
Nota:
Este escrito está dedicado para mucha gente, en especial a Juan Camilo Trejos,
también sobreviviente del accidente. A él lo contacté también para que me
contara su historia de aquel día, pero al final me llené de pena, de miedos;
uno no cree y todavía me pesa hablar con otro hombre sobre los sentimientos. A
él le pido unas disculpas por mi cobardía.
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