Los perros míos
@martin.bolirez
Teo,
un Pomerania dorado que compré con la plata de la venta de mis últimos patines.
Me acompañó durante 10 años. Se fue rápido, creo yo. Un cáncer le empezó en un
pulpejo y se le pasó a todo el cuerpo. Le apliqué la eutanasia sin pensarlo.
Solo lloré mientras estaba vivo, después de sentirlo muerto me dije: ya no es
él. Sócrates, el perro negro de mi tía Doris, perro negro y arrecho: padrote.
Padre de muchos hijos. Sócrates, enamorado de mi hermana Pamela. El perro
epiléptico de mi amigo Daniel Arce, de Tuluá, único perro que tuvo y que me
narraba con tanto cariño cuando no tenía miedo de ser mi amigo. Me volví gay y
se alejó. Él sabe que lo extraño y lo quiero con el amor más puro: el de la
amistad. Tanto respeto le tuve en la U que, un día, les dije: “Solo si Daniel
se sale de la habitación les pelo el chimbo”, a un grupo de parceros que me
pidieron un ensayo personalizado de mi primer desnudo en una obra de teatro. La
obra era Rimbaud,
el santo de los malditos. El perro de Johan: Gastón. Gastón, que es
perro y calificativo del amo: Johan, que gasta, que invita. Gastón, que come,
come más que chácara en la nalga. El otro día, en medio de una conversación, a
Johan se le ocurrió decir que a Gastón no le gustaba el sushi. Y Gastón lo
corrigió: “No me gusta es el wasabi”, nos dijo. El perro mudo de Luisa, que
murió hace poco: ¡cómo hijueputas se me olvida el nombre! Mudo en la vida, en
la muerte y en el recuerdo, el gran condenado. Katruska, una perra que rescaté
llena de sarna, más sarna que perra. Al final mi mamá la desapareció, la mandó
para una finca sin yo darme cuenta; lo mismo hizo con Pelusa, un perro labrador
que nos salió chiveado: era feo y largo y no le gustaba el agua. Lo compramos
en compañía de Sharon, mi cuñada de la época, primera persona que me mostró una
universidad. Totono, el perro de mi abuelo Simón, adiestrado para comer a las
6:00 a. m. y a las 6:00 p. m., mientras sonaba el himno nacional en la radio.
Siempre Simón Bolívar, viejo patriota. Simón y Fiona, perro gris y perra
saraviada, de Jim, mi tío querido, querido y tremendo, de amores y odios.
Soporta los días de ausencia de su perro Simón y de otros seres que le
arrebatan esporádicamente. Tiene él la fuerza de su perra Fiona. Doña Cris
adoptó a una tal Summer. Si un día la conozco le voy a decir Summer-ce,
para que no se vaya a poner con vainas de perro gringo. Summer: fueguecito en
el hogar. Katy o Katiria, como le decía yo, perra que me acompañó en la
pandemia. Murió de vieja o de un tiro en la frente para que no sufriera más, muerte
muy digna para un pastor alemán. Pecas, la dálmata, desangrada en la ducha de
la casa de Pisamos, después de que una amante de mi hermano la hiciera correr
hasta el cansancio, hasta la muerte. A veces las venganzas recaen en los más
inocentes. Lucas, el perro chau chau que nos robaron. Coco, el perro pincher
que me atropelló un señor el día de mi cumpleaños número 6 o 7; todavía
recuerdo la cabeza plana debajo de la llanta. ¿Me dañaron ese día? Tantos
pinschers que conozco: Choco, Juanita. Aquiles, Muñeco, Rojo… ¡qué hijueputas
tan feos! Peluche, el perro pobre y perezoso que tuvo Fredy. Coralia, de
Camila, hija de un señor que murió después del último concierto de Serrat en
Colombia: conocí la envidia. El perro schnauzer que me cuentas, creído como tú y
que metías a lavar en la lavadora. Rafaela, perra cochina que huele el culo
apenas llego a la casa de mis hermanas.
Las de ahora, las mías:
Frida Simodosea y Estrellita
Escolástica, perras víctimas de la migración, sin visa para demostrar que “no
son de Neptuno”. Mentira: sí son de Neptuno: mágicas, extraterrestres, ángeles
que mandó el señor. ¿Cuál señor?... Estrellita era de Sara, pero ahora es mía;
se la regaló una viejita. La tuvo que dejar para irse por el hueco. A Frida la
dejaron porque no cabía en la maleta ni en el apartamento de Miami
Beach. Era de Belén, pero ahora es mía. Yo se la regalé una Navidad. Su primera
reacción al verla: un ataque de pánico, seguido, obviamente, por el siguiente
pensamiento: “Otra vez este marica de mi papá dañándome la estructura tan
definida de mi vida”. Llorando me dijo Belén: “Mi abuela no me la dejará
tener”. Yo le dije: “Tranquila, tranquila… esperemos a ver qué pasa”. La mamá
de Belén vio a la perra y asumió una postura retadora sin importar la opinión de
nadie más: “Se queda”, dijo. Al final todos contentos; era la primera vez en
tres generaciones o más que se permitía la estancia de un canino en casa. Frida
Simodosea, ojos tiernos, perra de caja de cartón, alzada del cuero del cuello
para ser reclamada un 24 de diciembre en horas de la mañana, después de unas
vísperas de amor, baile, licor, emoción, marihuana, Diomedes Díaz, moteleada y
amistad. Estrellita Escolástica, que ama a las viejitas y odia a todo aquel que
se va de casa. No soportaría otro abandono. Yo quisiera decirle en idioma
perruno que ya nadie más la va a dejar.
El
perro es para que duerma en la cama.
El perro es un traidor y por eso me gusta.
El perro se vende y se acurruca para el frío.
A los únicos que compadezco es a los que no tienen uno.
Los perros míos y los tuyos.

Publicar un comentario
1 Comentarios
👏👏👏
ResponderEliminar