La Política y el Sexo, o el descaro de pedirlo
Por Martín Bolívar Flórez
@martin.bolirez
Voy a votar
por un candidato que promueva la libertad en la cama y en la vida, uno que
desarrolle su gobierno apegado a unas políticas que permitan la individualidad
y la diversidad en el ser, para complementarse en lo colectivo. Quiero un
gobierno en el que la vida sea fácil y el sexo se viva como una expresión
cotidiana alejada de cualquier moralismo implantado por doctrinas religiosas.
De esta manera, podría yo encontrarme a cualquier persona por la calle: hombre,
mujer, trans, queer, no binarie o como se quiera identificar, mirarla a la cara
y preguntarle: “¿Te gustaría hacer el amor conmigo?”, sin que esto se viera
como un insulto, un delito o como un improperio contra la dignidad. Voy a votar
por un candidato que declame un poema en un debate y que junte las palabras
para generar un discurso sobre el amor, en donde se citen las siguientes
palabras de Jattin:
“En el cielo profundo de mis masturbaciones
ocupas ese ámbito
de deseo irrefrenable y voraz…”
Pensarán ustedes que me volví loco y que este sueño de gobierno se llama
libertinaje: Puede que sí. Pero tranquilos amigos míos, que esta condición para
elegir a uno que nos represente, no nace de un impulso de la entrepierna sino
de largos análisis de la actualidad mundial y de conversaciones absurdas
conmigo mismo, donde he descubierto que la sexualidad podría ser el eje
transversal de un buen gobierno y que, desde un denominado “Ministerio del Sexo
(¡Mmm que rico!)”, se podrían atender
grandes problemáticas relacionadas con la educación, el trabajo, la salud, la
economía, la seguridad y la paz.
Hace pocos días el parlamento de Senegal, en África, aprobó
una ley que endurece las penas (hasta diez años de cárcel) contra las personas
que mantengan y promuevan relaciones homosexuales, alegando que estos son actos
“contra natura” que destruyen la cultura afro, dejando de esta manera en la
inseguridad a miles de personas que disfrutan de una forma diferente de
existir, y mandándolos a una clandestinidad subversiva que estoy seguro
incrementará, porque no hay cárceles, ni leyes, que puedan apagar el deseo.
Dejar a los africanos en libertad sexual significaría
que sus gobiernos inviertan más en educación y salud, para que recuerden sus
verdaderas raíces y por fin se quiten ese lastre de colonialismo que los
sobrepasa siempre; y para aliviar a su gente del virus mercantilista del VIH, en un territorio que ha servido como el laboratorio mundial de la
enfermedad, con resultados que han traído más segregación y clasismo entre sus
habitantes, que una verdadera cura. Pero no, el gobierno africano prefiere la
represión y los discursos de odio, que colateralmente conducen a los
linchamientos de personas en las calles, persecución, muerte y profanación,
como el caso de un cadáver que fue desenterrado y quemado por la comunidad
porque era un hombre que en vida prefirió la compañía de uno de sus iguales.
Si el sexo no estuviera supeditado al poder,
seguramente los habitantes del norte no tendrían que enfrascar sus vidas en el
imaginario de tenerlo todo: siempre más, siempre mejor, más bonito y más
costoso. Una corriente llamada capitalismo que baja desde las tierras de los
“copetimonos” como un torrente que atraviesa a todas las Américas. Misma
corriente que tiene a un país en una búsqueda desesperada de petróleo,
invadiendo países y lanzando bombas contra los infantes en tierras arábigas y
contra los pescadores más pobres en el Caribe.
Claro, es fácil culpar a dos presidentes, pero sin
estos dejar de ser unos malparidos, nadie quiere aceptar que nosotros mismos
somos los culpables de estas guerras sin sentido. Si el hombre replanteara su
sexualidad y la alejara de una visión donde se posiciona frente al otro, si
dejara de pensar que su casa grande y su auto de lujo le garantiza el derecho
de obligar al otro a acceder a las pasiones, si los billetes verdes dejaran de
comprar niñas en Medellín o en la India, si solo nos dedicáramos a aflorar
nuestros sentidos con aquel o aquella que elige nuestra piel, sin pensar en
beneficios económicos o intercambios de poder, solo así, tal vez la codicia no
nos inundaría.
Imaginemos a un Trump o a un Bukele o a un Abelardo de
la Espriella, como representación arquetípica de los hombres occidentales.
Quitémosle su gabardina (“su pinta”), su dinero y su poder. Reduzcamos a estos hombres. Eliminemos su autoridad y su postura de
“machomanes”, imaginemos cómo podrían estos hombres hacer una propuesta sexual
sin necesidad de pavonear su riqueza, en cambio acudiendo netamente a la
galantería: una palabra, un movimiento, una sonrisa. ¿Se dan cuenta cómo los
imaginamos de ridículos, de fofos, de incapaces? Tal vez por eso no tienen más
remedio que ser unos tiranos en búsqueda de tesoros, capital que luego les
servirá para pagar prostitutas, violar infantes, crear clubes de perversión y
asesinato, sodomizar carcelarios, invalidar derechos y figurar tristemente como
ejemplos a seguir, en un mundo donde todos estamos muy cerca de repetir los
mismos comportamientos en nuestro contexto y cotidianidad.
Para
terminar este escrito que, como siempre lo he dicho, son netamente
imprecisiones e ideas bizarras que deseo sacar de mi cabeza y compartir con
ustedes, debo solicitar una disculpa si estas palabras pueden ser interpretadas
como la justificación a una ola de noticias de acoso sexual y laboral contra
las mujeres en nuestro país. Me gusta imaginar un mundo donde la sexualidad no
sea un tema tabú, donde las palabras vagina, vulva, pene, eyaculación, no
sufran el “bajonazo de volumen” en nuestras conversaciones, y que la decisión
de irnos a la cama con otro, radique en un contundente Sí o No, y en donde
podamos decirle al acosador: ‘retire por favor su mano de mi pierna’, o ‘no
negociemos este ascenso’ polvo por un polvo’.
Mil
disculpas, también he sido acosador.

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