Bombardeos contra civiles en Caracas (03.01.26). Fuente: NYT

Por Jairo Osorio 
@johnjairo21

 La propaganda global gringa –esa fábrica de fabulaciones que conocemos ahora con el nombre de Meta–, quiso hacernos creer que los chinos habían creado el coronavirus. Los chinos contraatacaron con TikTok, la red social ganadora de la pandemia (que la enfermedad ha sido uno de los principales productos del capitalismo tardío). Según algunos, eso marcó el comienzo de la tercera mundial, una guerra biotecnológica, librada en los laboratorios y en los algoritmos. Para ese entonces ya existía lo que hoy se conoce con el nombre rimbombante y antitético de “inteligencia artificial” (pues la inteligencia es producto de la naturaleza y sólo existe en ella). Quizás ahí empezó a librarse una disputa que está reconfigurando el panorama geopolítico. 


El retorno de Donald Trump a la presidencia de los EE.UU. (ese imperio de ilusión), marcó cambios profundos en la política mundial y significó muchas primeras veces. Si hay algo que hace bien este bully es trasgredir límites sin que casi nadie sea capaz de desafiarlo. El consenso democrático global, las instituciones creadas después de la Segunda Guerra Mundial se desbaratan, mientras el gobierno de USA pisotea y elimina programas de cooperación internacional. Amenaza con retirarse de acuerdos sobre el cambio climático, la regulación de armas masivas, la investigación científica y la salud pública.


Nunca antes el negacionismo reaccionario había tenido tanto poder como antes de la posguerra. La máquina de propaganda Nazi era la primera prueba fehaciente de que una mentira repetida muchas veces se convierte en verdad. El presidente de los EE.UU. –como otrora el Papa– se arroga la potestad de negar la realidad, de tergiversarla a su acomodo. Trump es el “príncipe de la mentira”, pero en su país más de cien millones de personas creen a pie juntillas lo que este delincuente repite por FOX, Truth y las redes sociales de la Casa Blanca.


Nunca antes –desde que somos repúblicas– una potencia extranjera había cometido una agresión directa contra un país de América Latina (ni siquiera en los peores momentos de la Guerra Fría). Mientras tanto, promueve una guerra civil dentro de su propio país, donde polariza y radicaliza su discurso de odio contra l_s migrantes, las mujeres, la ciencia, la población LGBTQ, lxs negrxs, lxs latinxs, los somalíes. Despliega agentes federales en los “estados rebeldes”, donde alcaldes y gobernadores se pronuncian contra las masacres que el emperador promueve desde su trono en D.C. La gente ahora vive con miedo, pues se impone la política del terror y de la muerte, que el fascismo justifica en nombre de una pretendida “seguridad”. 


Nunca antes un presidente había decidido apropiarse a toda costa de un territorio autónomo, amenazando –cual traqueto– con comprarlo o invadirlo, no importa que esté protegido por un país europeo y por el tratado de la OTAN. Ahora el pretexto para tumbar gobiernos, interferir en asuntos nacionales e invadir países es declarar a sus presidentes narcotraficantes, mientras indulta a bandidos con vínculos probados con carteles a cambio de apoyo irrestricto. Latinoamérica vuelve a recibir trato de patio trasero, EE.UU bloquea a Venezuela; mientras se convierte en el principal aliado de Israel en el genocidio contra el pueblo palestino. Trump denigra de periodistas, artistas, académicas, científicos; el discurso escala a niveles inusitados de violencia, en una demostración sin precedentes de necropolítica en acción: lo otro no es mi igual, es inferior, es mi adversario y tengo derecho a exterminarlo.


Pero como “donde hay poder, hay resistencia”, desde la revolución hippie de los años 60 no habíamos visto unas protestas masivas y una movilización ciudadana como la actual en los EE.UU. Nunca tanta gente se había levantado –desde la Guerra de Secesión, quizás– para decir “NOSOTROS NO”. El movimiento negro, los feminismos, las disidencias de sexo-género, las poetas, se han manifestado en un coro de voces variopintas para oponerse a las políticas neocoloniales y absolutistas de quien actúa como el gerente arbitrario de un conglomerado multinacional. Colombia, curiosamente, alza su voz de protesta para defender la soberanía nacional –en una expresión extraña de “orgullo patrio”– y el presidente, más allá del manejo desafortunado de la relación bilateral, moviliza a la ciudadanía en un acto de dignidad y logra equiparar la balanza frente al despotismo de su homólogo gringo. 


Existen todos los elementos para pensar que el mundo se enfrenta a un escenario bélico, que sólo la diplomacia y la resistencia civil serían capaces de evitar. Mientras el mecanismo del matoneo funcione, el bully mantendrá sus ínfulas de mandamás. Si el mundo democrático y las instituciones liberales no enfrentan con mayor contundencia estos abusos por temor a las retaliaciones, el sicario nos mantendrá en jaque, como la víctima paralizada por el agresor. Es fundamental salvaguardar el lenguaje pacífico como canal principal de la expresión humana, pues vivimos en una época de artificio y posverdades. El miedo no nos puede ganar, por más que los poderosos se crean invencibles y dueños de la fuerza. Su impunidad no durará eternamente. Gracias a miles de personas que se organizan, denuncian las injusticias y atrocidades, protegen a los inmigrantes y defienden a los perseguidos; podemos conservar la esperanza de que una vida, un modelo económico y un sistema político distintos son posibles. Uno donde la guerra y el belicismo sean cosa del pasado y el olvido.


In memoriam: Renee Good

"Say it loud, say it clear: immigrants are welcome here!"