Actos humanos: Una mirada descarnada
| Chun Doo-hwan, 1951 |
Por: Jairo Osorio
En Han Kang (Gwangju, 1970) –premio Nobel surcoreana– la escritura es un acto de afecto. Una tarea sutil de cuidado. Un rumiar laborioso de dolores y ternura. Leyéndola, no puedo dejar de preguntarme si será madre esta escritora menuda de cincuenta y cinco años, a la que el mundo de habla hispana descubrió tan recientemente, por esta tara colonial que nos impide mirar hacia Asia para encontrar en Oriente un mundo sorprendentemente parecido al nuestro. Actos humanos podría ser la novela de una autora suramericana o de un autor africano; a no ser por la mirada fina y el tacto suave de las filosofías budistas, herederas de una tradición frugal y sosegada que, como los ríos caudalosos, arrastran bajo la superficie una fuerza impetuosa.
Esta novela, con la que Kang ganó los premios Manhae (Corea del Sur) y Malaparte (Italia), cuenta la historia de la Masacre de Gwangju –ciudad natal de la escritora– ocurrida en Mayo de 1980, luego del golpe de estado perpetrado por Chun Doo-hwan en el país del sudeste asiático; en el contexto de la Guerra Fría. En su relato se cumple la máxima de “narra tu aldea y serás universal”, atribuida a Tolstoi: sin salir de los límites de la pequeña municipalidad, dentro del área metropolitana de Seúl, esta historia logra captar nítidamente la crueldad, el horror, la esperanza, el dolor, la maldad y la belleza de la condición humana. En las historias que tejen esta narración polifónica, vemos desfilar una serie de personajes destruidos por la violencia, la persecución, las torturas físicas y psicológicas, los traumas históricos, las heridas políticas y la imaginación social.
Las voces de las víctimas emergen desde el silencio y sus fantasmas desde la invisibilidad, para revelarse con fuerza en las páginas de esta novela que se lee como una serie de cuentos largos en el que las historias se unen y se mezclan a través de sus protagonistas, para darnos una imagen lo más detallada posible de los hechos que miles –tal vez millones– de coreanos vivieron y padecieron en esos días aciagos de la primavera de 1980. A través de un mosaico de rostros, la novela nos muestra una panorámica brutal y descarnada, aunque feroz, de uno de los episodios más violentos en la historia de Corea del Sur, que marcó el fin del siglo XX y la profundización del capitalismo neoliberal en ese país del sudeste asiático.
Actos humanos es una especie de radiografía o, mejor aún, una autopsia que disecciona la piel de las víctimas y hurga en su memoria hasta hacer brotar el pus de sus recuerdos, sus dolores y su rabia. Sin carroñar nunca sus despojos con ánimo lastimero, pero haciendo un ajuste de cuentas con el pasado siniestro de su pueblo. Kang se convierte aquí en una suerte de pitonisa que deja a los muertos hablar a través de su cuerpo, utilizar su voz para gritar su verdad; para que el mundo nunca olvide que un día en Gwangju el ejército abrió fuego contra una muchedumbre de muchachos de colegio que estaban intentando defender la libertad de su patria. No es, por su puesto, una historia lineal, sino una narración que se entreteje a través de los recuerdos de una serie de personas cuyas vidas fueron marcadas por la dictadura militar y cuyos destinos quedaron cruzados definitivamente por la experiencia compartida del terror.
Un joven bachiller que busca a su amigo entre los muertos en la sede del Gobierno Provincial; el alma del amigo muerto que se desdobla como una sombra para mirarse entre la pila de cadáveres; la joven empleada de una editorial sometida a la censura, a la que la policía secreta interroga y tortura; un trabajador encarcelado y sometido a vejámenes para autoinculparse; una madre que perdió a su hijo adolescente y pierde la cabeza al exhumar sus restos; una escritora que escuchó hablar de niña sobre la masacre y años después entrevista a las víctimas para hacer un libro. Ese libro es Los actos humanos, y en él asistimos a la historia de Dongho, casi un niño, asesinado la noche en que el ejército entró en la ciudad para vencer a la resistencia civil: una cuadrilla de muchachos que se había hecho con las armas apertrechadas en algunos cuarteles, y que no habrían sido capaces de matar una mosca. Es paradójico que una novela que retrata lo más inhumano de nuestra naturaleza lleve ese título, aunque en el fondo parece obvio, puesto que solo un ser humano es capaz de la sevicia desproporcionada que narra la novela. (En Colombia lo sabemos bien).
En este libro, Han Kang se convierte en una clarividente que hace hablar a los fantasmas para que sus voces resuenen en la conciencia de sus victimarios. Para que los miserables no puedan dormir tranquilos y así hacer un poco de justicia por los que perdieron sus vidas. Las historias de Actos humanos están unidas por unas cadenas de afectos insospechadas que nos hacen sentir que, de alguna misteriosa manera, la humanidad es un hilo que nos conecta a tod_s y que donde se ultraja la dignidad de una persona, algo invisible se anula dentro de nosotros. Esa es la potencia política de un texto que hace de la escritura un acto de justicia poética. Kang les da nombre y rostro a las víctimas, les teje un cuerpo y una identidad, un color de ojos y una sonrisa, unos anhelos y unos recuerdos que por un momento parecen devolverlos de nuevo a la vida, para restaurar lo que en ellos palpita y “no dejar que se mueran dos veces”.
La factura de esta novela es, a pesar de todo, de un preciosismo digno de una prosa reposada y poética, minimalista, en la que sin aspavientos ni grandilocuencias asistimos a la tragedia profunda de una nación, a una disección de las cicatrices instaladas en el imaginario colectivo. Aquí no se censuran hipócritamente el odio y el rencor, sino que se les mira de frente para encarar un pasado terrible y ponerle palabras al silencio. Este es un libro del que no se sale indemne, pues es un reflejo del mal en su expresión más sublime. Un recordatorio permanente del horror que anida en nuestra naturaleza. Un conjuro para que no se repitan las atrocidades.
Pienso en nuestras múltiples masacres, en lo que la violencia anula e intenta borrar; en lo que los seres humanos somos capaces de llegar a hacer en el afán de imponer a otros nuestras ideologías y creencias. En eso que arrasan los sistemas políticos y económicos, llevándose por delante historias de amor, niños inocentes, amistades, proyectos profesionales, muchachas esbeltas, obras de arte, adulterios, sueños juveniles: existencias. En esta historia fragmentaria, Kang deja indicios y huellas; produce emociones y sensaciones: genera paisajes interiores para estirar los tentáculos del dolor y del pasado, creando vínculos dentro de una cadena de afectos (es decir, de influencias y transformaciones) que se extiende más allá de los límites del cuerpo y la conciencia. De esa manera hace un duelo por su gente, por los paisanos que la violencia política trastornó para siempre, y al hacerlo nos envía también una advertencia. La crueldad está siempre más próxima de lo que imaginamos.
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