El triunfo de la muerte. 1562. Peter Brueghel, El Viejo. 

Por: Jairo Osorio 


En las postrimerías del siglo X, cuando Europa se acercaba al año 1000 de su calendario cristiano, surgieron en las ciudades y feudos medievales numerosos movimientos que pregonaban el fin de los tiempos. Así lo relató el historiador francés Georges Duby, haciendo un recorrido por el milenarismo de una época marcada por las supersticiones y los terrores que un temido Apocalipsis suscitó en la mentalidad de los campesinos católicos de la Baja Edad Media. Algo similar sucedió en 1999 –año del terremoto de Armenia–, con anuncios y profecías de tres días de oscuridad, catástrofes naturales, la llegada del anticristo y otros eventos que auguraban el fin de los tiempos. La advertencia, recuerdo, circulaba en volantes anónimos que eran metidos por debajo de las puertas de las casas, en una época en la que en el pueblo donde nací no se conocía todavía el internet. 

 

Más de una vez se nos ha pregonado el fin del mundo, la aterradora visión de una extinción masiva y definitiva de la humanidad tal como la conocemos. Asistimos a tiempos convulsos, en los que la misma ciencia y los adalides del colapsismo nos anuncian la inminente catástrofe. Se acercan los cuatro jinetes con sus espadas de fuego y se alistan los siete ángeles para anunciar la parusía con cada una de sus siete trompetas. El fin del mundo será transmitido en vivo por TikTok, la gente se sacará selfis en medio del desastre. En la era del narcisismo instantáneo asistimos a niveles insospechados de estupidez. El espejismo de la inteligencia artificial –que, como todo artificio, no es más que un embeleco para distraer incautos– nos está conduciendo a una alienación nunca antes vista de nuestra propia naturaleza. 

 

Se escuchan vientos de guerra, los expertos hablan del fin de la democracia, el orden mundial se desmorona y la humanidad acude al ChatGPT en busca de respuestas. El oráculo de nuestros tiempos: un desmirriado algoritmo, un insulso código de programación que encripta información y nos intoxica con sus respuestas ahogadas. El fin de nuestra capacidad de crear, de imaginar; la anulación de la fantasía y del delirio. La horrible pesadilla de un mundo reducible a lenguajes de software: el avance del pensamiento totalitarista, la aplanadora homogeneizante del monocultivo. Respuestas esquemáticas para personas esquemáticas: el mundo absolutamente predecible de robots de carne y hueso que se saturan de porno en Equis y en plataformas de contenido pago; la farsa virtual de las muñequitas inflables y sus estudios de modelaje webcam.

 

Avanza sin pudor un autoritarismo rampante: nos están robando el derecho de pensar, de disentir, de desobedecer. Las métricas de mi teléfono calculan que paso alrededor de 5 horas diarias en las redes sociales. Ese vertedero tóxico que me roba la oportunidad de generar vínculos reales y de socializar genuinamente con otrxs. El sistema nos quiere desarticulados, nos aísla en “apartaestudios” de 25my reduce nuestra vida a una pantalla de 7 pulgadas. El “hombre más poderoso del mundo” no es más que una caricatura no menos peligrosa por su forma chabacana de encarnar el fascismo, con su copete rubio y su piel anaranjada de cámara de bronceado. Pobre emperador sin imperio, minando desde dentro su mezquino reino de posverdades. 

 

Atacan la “ideología de género” y a las diversidades sexuales, purgan el ejército de maricas y de mujeres con el pretexto de defender la familia, los niños y la propiedad privada; pero los masacran sin misericordia en Gaza, poseen vínculos con redes de explotación sexual de menores, son dueños de las plataformas de pornografía y de citas sexuales, y deportan padres indocumentados sin importarles el destino de sus hijos. La semana pasada Trump habló de una supuesta “invasión desde adentro”, en un discurso frente a la cúpula militar de los Estados Unidos, con su recién rebautizado Departamento de Guerra. La ultraderecha tecno-capitalista yanqui preparándose para defender los valores conservadores con dientes y garras. Otra vez la esquizofrenia del macartismo: la trillada excusa de la amenaza interna con la que han invadido países y depuesto presidentes democráticamente elegidos. Sólo que esta vez han relanzado su inquisición posmoderna con el fin de perseguir todo lo que vaya en contra de los valores y la moral blanco-burguesa-heterosexual-cristiana. 

 

No cabe duda de que se acercan tiempos oscuros y de que tendremos que resistir. El orden democrático se tambalea, la carta de las Naciones Unidas es un saludo a la bandera y la mezquindad del supremacismo llama a la reacción violenta contra lo que suponen una amenaza cultural y política. Nos enfrentamos a la posibilidad de un neofascismo mundial que ve en la diversidad humana una ideología dañina y peligrosa que busca acabar con las bondades de la familia patriarcal, el sometimiento de las mujeres y la subyugación de los explotados y desposeídos. La persecución violenta del pensamiento disidente y la represión militar están a la orden del día, alimentados por los discursos de odio de algunos líderes internacionales.

 

 

Nos enfrentamos al reto inminente de “leer las señales de los tiempos” –como enseñó Jesús en los evangelios– para construir otras sociedades globales, con nuevos pactos de convivencia con la naturaleza, las culturas y la tecnología. Pero esas utopías requieren de la unidad, de la capacidad de organización y cooperación entre lxs oprimidxs del mundo. Las telecomunicaciones serán grandes aliadas, pero es necesario reimaginar el pasado y reinventar formas ancestrales de comunicarnos, de encontrarnos cuerpo a cuerpo para tejer redes de apoyo, saberes y afectos más allá de las formas de sociabilidad que nos ha impuesto la dictadura digital. El fin se acerca, es inevitable. La sociedad mundial es un hervidero de conflictos, de polarización, de indiferencia, de masacres, de hambruna y de caos generalizado. La única alternativa frente al desastre que las élites globales nos quieren imponer será la organización autónoma, autogestionada y atómica de las ciudadanías libres contra la barbarie del pensamiento hegemónico.