La única poesía es la bondad
Por John Osorio Giraldo
Ayer,
mientras pasaban los créditos de la película sobre la cortinilla roja, nos
dimos un largo abrazo. A los dos nos había hecho llorar, quizá porque de muchas
maneras –y también en sentidos distintos– nos sentimos identificados con el
protagonista: “Yo soy un poeta”. “Usted es un desempleado”: Un vago, un
pendejo, un loco, un payaso, un idiota, un pobre diablo… Y otro montón de
adjetivos más que podríamos agregar a la larga lista de lo que los poetas
significamos cada vez más –y estamos llamados a significar– en una sociedad que
se aleja de la simpleza y la contemplación y que idolatra el éxito y la
riqueza. Esta mañana volví a llorar en la ducha y de nuevo me sentí patético,
como Óscar, pensado en comprarme un carro en vez de vivir una vida poética,
ascética, anacorética y ermitaña, como nos corresponde a los gusanos, a los
escorpiones, a los escarabajos, a los artistas, en fin; y a tantas otras
especies de seres raros, feos, excéntricos, torpes, erráticos y vulnerables.
Pienso
que lo más difícil de ser poeta es llamarse a uno mismo poeta. Como una
maldición impuesta, una condena autoinfligida, un acto del más puro masoquismo
y la más impune sinvergüenzura. Asumirse poeta como quien camina hacia la horca
con los ojos vendados. Mi familia se ha esforzado mucho para que yo sea alguien
en la vida, como para salirles con el cuento de que soy –quisiera ser– poeta y
no una persona respetable, adinerada, próspera, saludable, disciplinada y
decorosa. Ser poeta es un acto de humildad, la honestidad más pura de un alma
que se siente llamada a sentir, a percibir, a buscar; a comprender lo poco que
permanece del mundo cuando se esfuman las apariencias. Un trabajo harto
ingrato, un pacto con la verdad del que nadie puede salir ileso o bien librado.
Si hay
algo que nos muestra la película de Simón Mesa es que hay muchos escritores de poesía,
pero muy pocos poetas. Los poetas se han vuelto cada vez más escasos en este
mundo sin amor, en este mundo sin belleza, en esta realidad sin compasión, en
este entramado de algoritmos y computadoras; en esta profusión de imágenes que
se reciclan cada 24 horas. Y es que la poesía no está en las librerías, ni en
los festivales de poesía, ni en los recitales a los que asisten recias señoras
de bien y pomposos señoros de la “cultura”. No está en las escuelas de poesía,
ni en los cursos de escritura y mucho menos en las facultades de filosofía. La
poesía es una bestia, un animal vivo al que no se le puede poner un bozal y
mucho menos encerrarla entre cuatro paredes. La poesía es un corazón que
palpita en el corazón del mundo; una ilusión, una quimera, un despropósito que
nos exige que le sacrifiquemos la vida a cambio de nada.
Ni el
reconocimiento, ni la fama o la admiración tienen que ver nada con ella: los
mejores poetas trabajan en silencio, barruntando la palabra, sondeando el
lenguaje, impregnándose de la única materia prima de la que la poesía está
hecha: la vida sencilla y honesta, ardua y dolorosa de la gente común y
corriente: es decir, todos nosotros. Porque el destino de todo ser humano no es
más que la repetición –con distinto vestuario y escenografía– de la misma
tragicomedia que representamos todos los días en palacios y en tugurios, en
iglesias y prostíbulos, en aldeas y en ciudades, todos los mortales. Iguales
penas y alegrías, fortunios y desventuras, nutren el extenso repertorio de la
única y maravillosa odisea de nuestro destino.
Y es
ahí donde aparecen personajes como Óscar, que saben encontrar la belleza y la
verdad, aunque con fuertes dosis de sufrimiento; y también personajes como
Efraím y su cómplice, miserables traficantes de letras, seres ruines y
pusilánimes, tan corrientes en ese mundillo esnobista de los círculos académicos
y literarios. En su sensibilidad se juega la abismal diferencia de quien es
capaz de ver en una niña pobre y maltratada un ser humano que vive de un modo
poético en su realidad de cuatro paredes, carencias, embarazos adolescentes y
bebés a los que el hambre y el abandono hacen berrear; y quien sólo ve en ella
el culito y las teticas de una negrita cuya poesía se le puede vender a la
cooperación internacional para financiar la orgía del rimbombante festival
internacional de poesía, en el que hay de todo –trago, feministas, indígenas,
violadores, dipsómanos, periqueros– menos poesía, pues ésta es por definición
la antítesis de toda ostentación.
Esta es
una película que se va en contra de todo: del establecimiento cultural, de la
inclusión forzada, del canon literario; y que retrata, sin miramientos, no eso que los
gringos quieren ver de nosotros (narcos, prepagos, sicarios, mendigos), sino la
vida convulsa y cómica de un hombre que lucha por encontrar un lugar en el
mundo, de un don nadie quijotesco, que todavía cree en la posibilidad de
redención, no de los mesías que vienen a salvarnos, sino en la utopía de ser
capaces de salvarnos y sanarnos entre nosotros mismos. Un poeta es una
historia de amor: amor por la vida, amor por la poesía, amor por la mamá y los
hermanos, amor por uno mismo, amor por el prójimo. Es el retrato de un niño de
50 años, inocente y bondadoso, que cree profundamente en la posibilidad de un
mundo en el que la poesía no es el privilegio de unas roscas pagadas con la
plata de nuestros impuestos, sino el derecho de todas las personas a vivir, con
bondad y con belleza, su verdad más profunda.

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