Por Martín Bolívar 

Salí por una calle amplia, como suelen ser las calles de Bogotá, amplias y bonitas, grandes para un siempre pueblerino como yo. Caminaba rápido, o por lo menos más rápido que mi mamá, que se fue quedando atrás después de que yo le dijera en un tono bien gonorrea: —No me digás ni una sola palabra, por favor. ¿Ustedes también son de esos que vocean cuando están enojados? No me digás, no me toqués, no me jodás. 

Caminaba mientras respiraba profundo, tratando de calmar la misma desilusión que nueve años atrás ya había sentido y por la cual me prometí nunca en la vida volver a pisar una embajada gringa. Me incumplí. Por eso caminaba a esa hora de la mañana por Bogotá, tratando a punta de respiración no ser tan gonorrea con mi madre, evitando a toda costa no culparla por ese acto tan cruel de pagarme una cita para pedir la visa, de gastarme los viáticos y hasta de comprarme una chaqueta bonita, dizque para verme más presentable ante el cónsul el día de la entrevista. No pude, dejé salir al malparido, y cuando me alcanzó el paso le dije:
—¿Por qué me hiciste esto?, ¿a qué putas me dejé traer por aquí?

Seguimos caminando en silencio hasta llegar a un improvisado puesto de tintos atendido por una mujer venezolana que, al verme la cara de acontecido, no dudó en decirme: —Tranquilo, no es el primero ni el último. Me pedí un tinto y un cigarrillo y me senté en un banquito de madera mientras el tinto caliente se me regaba en el brazo debido al tembleque que tenía en las manos. Los hombres se dividen siempre en dos: los que se enamoran o no, los que lo dan o no lo dan y los que tiemblan y no tiemblan. Yo soy de los que tiemblan. Frente a cualquier momento efervescente de la vida, me empieza el movimiento que va desde las manos, los pómulos, los muslos y termina triunfante en el ano.

Con gran esfuerzo le estaba dando pequeños sorbos al café, cuando se acerca un tipo sospechoso y se parquea en frente de mí. Su mirada fue clara: ningún hombre mira tan fijamente a otro hombre si no es para matarlo o para pedírselo, y yo supe inmediatamente que sus intenciones no nos pondrían a los dos en una misma cama, en cambio, tenía el interés de robarme una pequeña cadena que nunca me pongo por no despertar el deseo del hurto y que me había puesto ese día, para que me ayudara —energéticamente— en la ardua labor de mendigar la entrada a un país convulso. Le devolví la mirada, y entonces supo él gracias al mismismo Divino Niño que, si él se animaba a dar el primer zarpazo, aquí estaba yo, con toda la rabia del mundo metida en un cuerpo de 1,60 y que el forcejeo iba a ser fuerte, que se iba a convertir en el desquite de una pelea que diez minutos antes yo ya había perdido, cuando una rubia señora me dijo a través de un vidrio: —No calificas. Así que el hombre siguió su paso.

Pedir la visa es como salir de una fiesta e irse de remate a la casa de una vieja creída, igual de alcohólica y periquera que el resto, pero que se da el lujo de pararse en la puerta para elegir quién puede pasar a ensuciar sus cojines blancos y sus cortinas chinas. Pedir la visa es como cuando uno va de visita a una casa y lleva pan para la merienda, pero los dueños de casa lo esconden y terminan rápidamente el encuentro. Pedir la visa es la prueba del colonialismo moderno, un espectáculo donde la gente es transformada en vaca camino al matadero.

El arreo empieza con el grito de algunos funcionarios que anuncian por un megáfono el horario de las citas, entre otras cosas: —Los de las ocho y media aquí, rápido señora, rápido, quítese el saco, póngase el saco, saque el pasaporte, guarde el pasaporte, no se puede entrar agua, no se puede entrar bolso, no se puede entrar con esa hijueputa cara de susto. Y la gente asustadita va caminando entre rejas a ese lugar frío y lúgubre de donde nadie sale contento, porque inclusive los que sí califican para visitar la tierra del Tío Sam y ahora del papi Donald Trump, sienten esa culpa de celebrar frente a una mayoría que escuchó la negativa frente a un sueño, así el sueño sea ir a cagar a Nueva York, pero que se derrumba por medio de un  parlante pegado a un vidrio, que transporta la voz insípida de un gringo que suena a lo lejos, como lejos está Pueblo Tapao del distrito de Brooklyn.

A sabiendas de todo esto, lo intenté nuevamente y perdí. Comprobé irrefutablemente que yo en la embajada gringa soy un ente, un hombre al que se le borra toda la película, al que se le olvidan las palabras, un hombre que muere por los minutos que dura la experiencia. 

Pesa, de todas formas, el resentimiento, el recuerdo de una deportación vivida en la infancia, el hecho de quedarse en casa cuando todos se iban. A veces pienso que los hombres también están divididos entre los que salen del país y los que no salen, condenados eternamente por el destino a las calles de su pueblo. Ya me resigné que en esta vida no será, y que Nueva York lo veré a través de la pantalla, y que el río Misisipi solo se dejará ver en los libros, al igual que los grandes árboles de Alabama y las grandes ciudades donde los negros hicieron revolución. Y que no podré ser, ni siquiera por un día, un personaje de Capote, de Faulkner o de Fitzgerald, perdido en la inmensidad de una nación.