Por Martín Bolívar Flórez. 

Ricardo tiene 43 años y desde hace 10 años espera que pase un milagro en su vida. Su madre siempre le dijo que a sus 33 ocurriría, que cuando un hombre cumple la edad con la que Cristo murió, siempre le cambia la vida. Por eso espera todos los días ese milagro tan anhelado que lo hará sentirse vivo nuevamente. El cambio ya ocurrió, y Ricardo, agobiado por la cotidianidad no se dio cuenta: el divorcio.

Con Helena se casó pronto. Creía él que aquel amor con el que se llenó de confianza duraría toda la vida, pero Helena, mujer esbelta y elegante, gerente de una pequeña cooperativa bancaria, no dudó en mandar para el carajo el juramento divino cuando Ricardo alcanzado en las cuotas del carro, de la casa y del colegio de los niños, le expresó después de un polvo triste de medianoche que estaba en quiebra.

Ricardo recuerda todavía los almuerzos con su exesposa: la ensalada fresca, los cubiertos de metal pesado, los nenes sentados en completo silencio en el comedor odiando al padre, el humo de la crema de zanahoria recién servida, la pausa para los días agitados de su trabajo, el jugo de tomate de árbol, la calma en el pensamiento que nunca encontró en otro espacio, los aderezos para la carne con los que siempre sorprendía Clarita, una empleada menudita que los acompañó en casa en las épocas de bonanza, la insatisfacción sexual de Helena, el postre de limón. Una y cientos de veces el almuerzo y el rito de la mesa: reunirse con los suyos, sus días más felices.

Cuando no hubo dinero para pagar el carro, ni el colegio, ni la casa ni la empleada, Helena empezó a almorzar en su trabajo, mandó a los nenes a almorzar en el colegio y le dijo a Ricardo: vos Ricardo, búscate un corrientazo por ahí por tu trabajo. Nunca más volvieron a compartir la mesa. Ricardo que se hizo de piedra para soportar el desamor de su mujer y el desinterés de sus hijos, solo le quedaba algún ratico de vez en cuando, para llorar disimuladamente mientras comía sin saborear la sopa aguada, el seco frío y el pite de carne, que le servían en ese restaurante donde lo había mandado a comer su mujer. Lo mandó también directo a una oficina algunos meses después para firmar el divorcio. -Helena y Ricardo ya están divorciados- dijo sin pena aquel funcionario de corbata café.

Ya pasaron diez años del divorcio, del cambio que ocurrió y que Ricardo no entiende. Añora todos los días aquellos tiempos de matrimonio infeliz, sobre todo por los almuerzos. Diez años de divorcio, diez años sin la suerte de comerse algo rico, con tiempo, con alguien que lo acompañe. Solitario se comió una dona tiesa con un café amargo el día que le negaron la visa. De afán le ha tocado comerse tantos almuerzos para continuar con el trabajo. Tan maluco le supo la comida aquel día que le dio por visitar a sus nenes en el colegio, y los hijueputas se le escondieron, avergonzados de él y de su viejo carro.

Triste y resignado después de diez años de divorcio, se dispone Ricardo a abrir su “coca” en el trabajo, porque las deudas ya no le dan para el corrientazo de la esquina ni para sostener una nueva familia y mucho menos para jugar al señor de casa que come sobre suaves manteles. Lleno de pena piensa que le toca comerse otra vez el almuerzo frío, con sabor a plástico, con sabor a nada, pero lo asume, vuelve a pensar en el milagro que le ocurrirá. Mira Ricardo a sus compañeros de trabajo mientras destapan sus almuerzos fríos y tristes. Nadie habla en el recinto. Nadie se atreve a mirar la “coca” del otro. Nadie quiere aceptar que sus vidas fracasaron, cuando la prioridad dejó de ser alimento y se volvió ropa, auto y viajes para mostrar en redes sociales. Ricardo con fe, Ricardo con hambre, Ricardo que sueña con sentarse tranquilo en la mesa a disfrutar de su vida, Ricardo feliz a la hora del almuerzo. Pobre Ricardo, dejó la cuchara en la casa.