Francisco, el apóstol del Sur
Creo que mucha gente no lo sabe, pero fui seminarista entre los trece y los quince años porque soñaba con ser cura y si era posible, también –por qué no– Papa. Quizás habría sido John Jairo I, nombre del primer papa colombiano, como me dijo un día en broma el tío de una amiga. Mi apodo en el seminario era Monseñor, porque siendo apenas un novicio tenía ya las ínfulas y los ademanes de un obispo pomposo, pretencioso y soberbio; con toda la carga de solemnidad que podía caber en el cuerpo de un adolescente que descubría en su corazón una vocación por lo sagrado, lo religioso y lo espiritual, y una extraña fascinación por los ritos, los sacramentos y la mística implícita en la vida consagrada, que en el mundo de hoy tiene visos de transtorno mental.
Me retiré del seminario en medio de un nudo de contradicciones, con la psiquis de un muchacho confundido por la intuición de los primeros amores, la prisión de una sexualidad suprimida y la sensación de un manto de hipocresía y falsas apariencias que minaban la posibilidad de una vida auténticamente cristiana dentro de una comunidad religiosa cada vez más corrompida por el poder, la plata, la lujuria, la pereza, la gula y la envidia. Es sabido que los seminarios se convirtieron en el escampadero de maricas enclosetadas, de gente confundida y frustrada, sin rumbo ni vocación, y de más de un vago en busca de dinero fácil para ganarse la vida embaucando a beatas incautas.
Esa fue la iglesia de la que decidí desertar –apostatar, para ser más exactos–: la iglesia del olor a incienso y a esperma, la iglesia de las pompas y los rezos lacrimosos, la iglesia del fasto y el juicio, la iglesia alejada del mensaje de Cristo, homofóbica y profundamente homosexual, doctrina de la doble moral que tantos pregonan desde el púlpito ocultando los pecados más horrendos debajo de las sotanas. Me fui con la firme convicción de que era imposible vivir el Evangelio en esa iglesia tan alejada del mensaje de Jesús, de la vida de las primeras comunidades de fe, tan alejadas de las liturgias y los lujos y la espectacularidad meliflua de unos sacramentos como sepulcros blanqueados: vivos por fuera, pero muertos por dentro.
Un conjunto de coincidencias… ¿desafortunadas?... me alejó del catolicismo con la sólida creencia de que no era allí donde se encontraba la auténtica fe, que no es exterior sino íntima y personal, resultado de la relación que cada unx construye con dios o con la vida o con una conciencia superior. Cristo no fundó ninguna religión, porque la esencia de su palabra profética era contraria a cualquier sectarismo y su profunda teología del amor promulgaba la comunidad de todos los seres vivientes, sin distinción de credo, raza, género, orientación sexual o clase social. Por esa razón, si la iglesia quisiera ser fiel a las enseñanzas de Jesús, primero tendría que renunciar a sus falsas jerarquías patriarcales y recuperar su vocación misionera de servicio a la humanidad, para volver a las bases de un cristianismo comunitario basado en la caridad, la humildad, la convivencia y el apostolado.
Ahora que ha muerto, en Roma, Francisco, primer papa latinoamericano, la iglesia católica se enfrenta a la posibilidad de continuar y profundizar la apertura de un pontificado reformista, que actualizó el núcleo del mensaje evangélico al convulso mundo de hoy, haciendo que muchos nos acercáramos de nuevo al corazón de la doctrina cristiana, sin renunciar a nuestras convicciones más profundas; pero también corre el peligro de que las fuerzas más conservadoras y retardatarias quieran retomar el poder para retroceder las acciones todavía tímidas que en su intento de modernizar una institución tan arcaica tomó en su momento Jorge Mario Bergoglio, en su breve paso por el Vaticano. El aire renovador y carismático de América Latina, donde la fe católica tiene un enorme arraigo popular, encontró su expresión en la teología de la liberación, que el Papa argentino asumió a regañadientes. El próximo obispo de Roma tendrá la responsabilidad de reavivar la fe en un mundo marcado por profundas divisiones y desigualdades, incluso en el seno de la propia iglesia que, si no encuentra caminos de renovación, seguirá perdiendo adeptos en Europa y en el Nuevo Mundo, que ha aportado diversidad, afecto, vitalidad y emoción a una religión anquilosada y reumática.
Como Papa, Francisco fue un gran jugador, que supo entender el momento de la historia en el que tuvo a su cargo la dirección de una de las instituciones más antiguas y poderosas de Occidente, que hoy muestra una relevancia recuperada como guía espiritual en una sociedad global enferma por el egoísmo, el consumismo y la indiferencia. Francisco supo leer las señales de los tiempos y esa es una virtud que no muchos papas han tenido: fue un pontífice consciente de la importancia de los símbolos y de los gestos; pero sus cambios no fueron mucho más allá… Tal vez inició la tarea de rejuvenecer al catolicismo, que en dos milenios de historia necesita de líderes que le inyecten giros, nuevos rumbos y transformaciones más profundas que una aceptación nominal de las personas diversas, una adopción de la opción preferencial por los pobres o una defensa férrea de los migrantes y los prisioneros; cambios en las formas que deben traducirse en acciones concretas y en decisiones estructurales, pues “la fe sin obras es muerta”.
Quizás sea el momento de un nuevo concilio, ahora que estamos en un punto de inflexión para la historia mundial. Tal vez sea el momento de un papa africano o asiático, que traiga a Roma nuevas ideas y visiones distintas sobre las posibilidades de la fe y de la doctrina católica en otras latitudes, miradas diversas que podrían dar un mensaje de reconciliación universal y búsqueda de acercamiento entre culturas, además de constituir una reparación histórica con comunidades violentadas en una institución profundamente colonial que Francisco apenas buscó descolonizar. Quedan pendientes temas como la ordenación de las mujeres, el celibato y el matrimonio de los sacerdotes; y otros más espinosos como el aborto y el matrimonio de parejas del mismo sexo, de los que el próximo Papa tendrá que encargarse. Esperemos que no se impongan las facciones más reaccionarias, que luego de un pontificado liberal están ansiosas por recuperar el poder, y que el nuevo pontífice continúe el camino de un acercamiento sencillo a lo fundamental de nuestra humanidad.

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