Fotografía: El Espectador

Por John Osorio Giraldo

Si ustedes creen que esas publicaciones idiotas sobre el VIH que comparten en Facebook no tienen nada que ver con el asesinato infame de personas LGBTQ, entonces ustedes no han entendido nada. En lo corrido del año 2025 van 24 crímenes contra personas diversas en Colombia, 13 de ellos en Antioquia, “la más educada”. El último fue el transfeminicidio de Sara Millerey González, la joven que vimos hundirse entre el fango con las manos fracturadas, mientras algún miserable la grababa sin ser capaz siquiera de auxiliarla, y que aunque alcanzó a ser llevada a un hospital, murió a causa de las múltiples heridas y torturas a las que había sido sometida por sus victimarios en Bello, donde el último año han sido agredidas y asesinadas varias mujeres trans.

En tiempos de odio, es común que muchas personas piensen que algunos individuos merecemos la muerte. El pánico infundado hacia el VIH –que es más que nada la estigmatización de las personas que viven con el virus– ha sido utilizado hace décadas como una forma de control social y de represión de los cuerpos políticos, de las sexualidades disidentes, de los cuerpos potencialmente revolucionarios: fue la estrategia para frenar el movimiento de la liberación sexual en los años 80. Pánico moral, lo llaman los entendidos. No es extraño que resurja con fuerza en una época oscura de persecución y aniquilación de la diferencia, cuando la gente se siente autorizada a señalar y a discriminar con el respaldo de los discursos de odio de los líderes políticos. Los ejemplos abundan: desde el retorno de Trump a la presidencia de los Estados Unidos se han disparado las violencias raciales y de género, con un marcado tinte xenófobo y transfóbico: órdenes ejecutivas para eliminar contenidos educativos sobre diversidad e inclusión, prohibición de participar en competencias deportivas para las atletas trans, eliminación de tratamientos médicos de afirmación de género, uso de pronombres de género y nombres legales equivocados y un montón de otras formas de borramiento simbólico y legal.


El terror frente a la “otredad” ha sido siempre una herramienta de dominación política. Auspiciar el miedo por la diferencia y la diversidad, afincado en las mentiras, por supuesto; o más precisamente, en las fantasías que los tiranos despiertan en las débiles y febriles mentes de las masas controladas por sus discursos espectaculares. Sembrar la cizaña, provocar el miedo hacia los “otros”: esos que no son como yo ni viven de acuerdo con mis costumbres, mis valores y mis creencias, los únicos correctos y aceptables. Es el equivalente a decir que los haitianos se comen a los gatos, que todos los árabes son radicales terroristas o que todos los inmigrantes latinos son delincuentes del Tren de Aragua y parte de una invasión planeada y conspirativa para acabar con esa tierra prometida que es USA. Maneras de validar un ejercicio de necropolítica en el que el poder económico decide quién puede vivir y quién no, cuáles cuerpos importan y cuáles son desechables.


La historia no avanza, chapalea, y el régimen está construido sobre poderosísimas ficciones. El eterno retorno del puritanismo moral para desviar la atención en épocas de crisis y señalar a los “culpables” reviviendo viejos fantasmas primitivos, agazapados bajo la excusa de la restauración social y económica de un supuesto pasado paradisíaco y puro. Lo del VIH no es más que una pequeña parte de un ataque planeado y coordinado, una estrategia mediática de doble moral que busca estigmatizar a un colectivo social y convertirlo en el chivo expiatorio de una crisis que ha sido producida por el mismo CIStema. Pero lo peligroso de estos discursos, aparentemente inocuos, es que se traducen en agresiones contra las personas que somos objeto de señalamiento y discriminación. 


Las personas LGBTQ no somos peligrosas, estamos en peligro. Sobre todo, las mujeres trans racializadas y empobrecidas y las que ejercen el trabajo sexual. Están a merced de unos machos asesinos que se sienten autorizados por el discurso político de los poderosos y no esperan la menor oportunidad para quitarles la vida, intentando eliminar la repugnancia que les generan sus conciencias culpables. Así que sáquense sus estereotipos de la cabeza y saquen sus narices de la vida sexual de los demás, que ya estamos muy grandecitos para eso. Y, en un sistema que nos oprime, no nos convirtamos en verdugos de lxs otrxs, mientras seguimos permitiendo que quienes gobiernan el mundo nos dividan, poniéndonos unxs en contra de otrxs.


Ser transgénero no es sucio, ni la homosexualidad es contagiosa, ni el placer contamina; ya basta de esa esquizofrenia colectiva de vigilarnos los unos a los otros para inventarnos enemigos en todas partes. No permitamos que otra vez el estado y la religión quieran controlar hasta nuestra intimidad. La vida sexual de la gente que es un asunto privado y cualquier intento de controlarla no es más que una brutal manifestación de violencia. Los discursos de odio terminan en actos de odio; así que dejen de avalar estas atrocidades con el cuento chimbo de que hay una epidemia de sida y de que ustedes no son infieles porque les da VIH. Si no son infieles es por falta de oportunidades, partida de morrongos.