Las gallinas también vuelan
Por: John Osorio Giraldo
@johnjairo_21
En el patio de la casa de mi abuela había un gallinero. A veces, tenía que entrar a recoger los huevos por la mañana y los encontraba todavía tibios y babosos, recién salidos del culo de una gallina. Algunos quedaban untados de rila por encima. Era una tarea con la que me gustaba ayudar, una tarea apropiada para un niño de 7 u 8 años, todavía miedoso de la vida, a la que siempre me ha costado trabajo acostumbrarme. Metía los huevos en un tarro de plástico y los llevaba a la cocina, donde empezaba a contarlos con cuidado de que no fueran a quebrarse y los encerraba uno a uno en las cubetas dispuestas sobre el mesón.
Mi abuela echaba la plata de los huevos en un tarro que ponía encima de la nevera, del que de vez en cuando mi hermana se proveía para sus mecatos. La plata de los huevos era –para mi abuela– su modesta contribución a la economía familiar. Una de tantas, además de las tareas domésticas, la crianza y el cuidado de su marido, hijos, nietos, y hasta de un par de sobrinos abandonados que terminó de criar en su casa. Trabajo por el que –sobra decir– nunca nadie le pagó ni un peso. A veces me ponía a verla retorcerles el cuello a las gallinas que ya habían terminado la postura, y me dejaba que la ayudara a arreglarlas. Hervía una ollada de agua donde las poníamos a ablandar para luego arrancarles las plumas. Después se ponía a eviscerarlas y me enseñaba cada parte del animal. Creo que fue una manera muy suya de mostrarme sin tapujos la tenacidad de la muerte.
También era modista. Una de las mejores del pueblo, me atrevería a decir. Le había enseñado una señora que cantaba en el coro de la iglesia, a la que ella siempre recordaba con gratitud. Por las noches, después de la hora de la comida –a la hora en que los señores veían el fútbol o jugaban parqués– la casa se llenaba de señoras que miraban figurines (unos hermosos álbumes ilustrados con diseños modernos), se tomaban medidas y se probaban vestidos: Que hay que cogerle al ruedo, que este pantalón me quedo apretado, que querías las mangas más bombachas, que si me le hace unos boleros. Mi abuela atendía a sus peticiones con diligencia, hasta tener a sus clientas contentas.
Tenía un cuaderno de rayas donde apuntaba las medidas de sus clientas, aunque puedo jurar que algunas se las sabía de memoria. Nunca vi a nadie realizar unos trazos tan perfectos ni cortar una tela con tanta precisión. Mi abuela se jactaba de no ser una modista machetera: ella cosía las mejores prendas de vestir para sus amigas y conocidas. Sus costuras no eran nunca chambonas, creo que por eso la buscaban tanto. Me gustaba mirarla trabajar, sentada en la máquina de coser o cortando las telas encima del comedor con sus tijeras de modistería, con las que teníamos estrictamente prohibido cortar cualquier otra cosa –sobre todo papel– no fuera que perdieran el filo.
Se caracterizaba por ser una modista puntual, cumplida; cualidad un tanto escasa en las mujeres de su gremio. Casi siempre trabajaba hasta altas horas de la noche, aunque nadie le pagara los recargos nocturnos. Tanto, que mi abuelo le puso un televisor pequeñito en el comedor, para que viera las novelas mientras iba confeccionando sus exclusivas piezas. Siempre ha sido una mujer diligente y abnegada. Antes de ser modista había sido panadera, y antes de ser panadera, creo –es algo de lo que se habla poco en mi familia, por vergüenza–, fue también cantinera como su mamá y sus hermanas, y tantas mujeres desposeídas de la zona cafetera.
Recuerdo que, entre las últimas cosas que cosió están el vestido del matrimonio de mi mamá y el de los quince de mi hermana. A mí me cosía las túnicas con las que servía de monaguillo en la iglesia, a las que siempre les hacía unas franjas con boleros, como de mantel, en las puntas de las mangas y en los pies. Hubo una época en la que cosía toda la ropa para las ocasiones especiales de la casa: bautizos, cumpleaños, primeras comuniones… Lo sé porque siempre me muestra sus diseños finos y elegantes en las fotos del álbum familiar, con el pecho hinchado de orgullo.
Dejó de coser porque empezó a sufrir de artrosis reumatoide hace más o menos quince años. Es una mujer que no se queja de casi nada, pero las dolencias en los huesos han ido mellando poco a poco su cuerpo –todavía esbelto y firme– y su espíritu. Mi abuela movía el pedal de la máquina de coser con su pierna derecha, la misma en la que hoy tiene la rodilla destrozada y deforme, pero nadie va a reconocerle una pensión por incapacidad: el trabajo de las mujeres no ha sido reconocido por el sistema de “protección social”. Sobre esa rodilla, mi abuela sostuvo por años a su familia y la sigue sosteniendo, aunque a veces le escasee el buen humor. La rodilla de mi abuela –la misma que hoy sigue arrastrando de la casa al negocio de su esposo y del negocio de su esposo a la casa– somos todos nosotros. Es una incansable, capaz de soportar los más intensos dolores por amor, o por costumbre; pero sobre todo por terquedad, porque mi abuela es sin duda la persona más resistente que he conocido, como esa gallina negra que una mañana se hizo la muerta en el galpón porque yo le di con un palo, pero después de que me fui a bañar sin saber cómo decirle a mi abuela que le había hecho un daño, resucitó de la nada para unirse a las demás en el cortejo del gallo que las pisaba.
Posdata: Quiero expresar mi gratitud a Cristina Giraldo, Antony Rodríguez, Carlos López, Janeth Cuervo, Anyi Castelblanco y Mario Zapata, entrañables lectores de este blog, pues no hay mejor recompensa para quien escribe que saber que encuentra receptores entre su familia y amigas. A ustedes, y a muchas otras personas que nos leen, un abrazo.

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1 Comentarios
Es increíble la capacidad de esas mujeres inquietas que aprenden a hacer mil cosas y saben que si se lo proponen, pueden con todo
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