Por John Jairo Osorio Giraldo 

A finales de junio del año pasado, justo antes de viajar a Europa, vi por casualidad The zone of interest en Amazon. La película retrata la vida cotidiana de la familia de un alto mando militar Nazi al lado de un campo de exterminio en la Alemania de los años 30. La historia transcurre con absoluta normalidad, dejándonos ver la otra cara del proyecto fascista de la supremacía racial y la limpieza étnica: una pareja tradicional, con unos hijos rubios y rozagantes, tiene bebés y cultiva un jardín de dalias blancas, como ellos, mientras por las chimeneas vecinas brotan el humo y las cenizas de los cuerpos de judíos y homosexuales calcinados. La paradójica banalidad del mal de la que habló Hannah Arendt es lo interesante del filme: no el horror barato, no la tragedia lastimera; sino la vida plena y normal de la gente buena que transcurre en la absoluta indiferencia mientras más allá de su zona de interés se cometen las atrocidades más abominables.


¿Hasta dónde llega nuestra zona de interés? Esa parece ser la premisa del director, que sólo hace aparecer a dos mujeres judías en toda la película: las sirvientas maltratadas que se prueban las ropas de las que han sido despojados sus compatriotas en la parcela vecina. Los trenes pasan cargados de prisioneros mientras la familia disfruta de su cena en un ambiente íntimo y acogedor; las hijas reciben clases de piano y los muchachos se preparan para prestar el servicio militar y, mientras tanto, todos miran para otro lado, ignorando deliberadamente los horrores que suceden más allá del reducido perímetro de las cosas que les importan. ¿Hasta dónde nos preocupan el dolor, el sufrimiento y la miseria de los otros? Ni siquiera, tal vez, cuando nos golpean a la puerta.


La película me pareció una gran metáfora de Europa, de un modo de ser y de mirar particularmente eurocéntrico: un retrato del Viejo Mundo racista, xenófobo y clasista que agoniza sobre las ruinas de su lejana grandeza, que vive de las migajas de su antiguo brillo y esplendor, y de la melancolía de un tiempo pasado que anhela la restauración de los infames imperios del mundo antiguo. Confieso que el viaje confirmó mis sospechas: un continente entumecido y yermo, sin gracia; un ajedrez mezquino de pequeños reinos y cortes, de pretendidos abolengos y vetustas tradiciones en plena decadencia. Una sociedad apolillada y desabrida, como la que describe Michel Houellebecq en sus magníficas novelas, espejo de esa Europa opaca y difusa, sepultada bajo el polvo y el peso de sus héroes y sus mitologías medievales. 


Asistimos al fin de Europa, esa quimera, esa ficción de mil años, y la verdad es que no hay nada de qué preocuparse, sino todo lo contrario. Europa es la rica engreída a la que el poder y la plata se le acabaron hace rato y que pronto será la pobre vergonzante a la que sus catedrales, sus museos y sus palacios le servirán apenas de consuelo frente al declive de su grandeza. Algunos ingenuos seguirán creyendo que Europa es la ‘cuna de la civilización’, que le debemos la democracia, la ciencia y la modernidad, que el Viejo Continente representa los valores máximos de Occidente y que su decadencia no significa más que el fin de todas esas maravillas; pero yo les respondería que no hay nada más provinciano y obtuso que ese razonamiento. Europa es una aldea retrógrada, una reducida zona de interés sostenida en el imperialismo, el saqueo y la colonialidad del poder, que ha dado lugar a todas las inquisiciones posibles con el fin de mantener su estatus. 


La semana pasada vimos a un Zelensky humillado por Donald Trump y en él a toda la Unión Europea arrodillada y sometida frente al poder mafioso del magnate de turno, bravucón. Entre la pared de USA y la espada de Rusia, Europa no es más que la madre anciana que espera las migajas de su hijo pródigo: el monstruo que la devora desde las entrañas, el imperio que se niega a extinguirse. Al contrario de muchos, yo sí celebro la muerte de Europa, de los valores y las ideas que defiende Alles für Deutsch, el partido de ultraderecha que ganó las elecciones en Alemania y que pretende restaurar la pureza racial y defenderse del multiculturalismo y el relativismo que amenazan la ficción de un continente blanco, homogéneo, cristiano, liberal y burgués. 


Amigas, Europa no es más que una ficción, una idea, una milenaria quimera y su fin la posibilidad de que emerjan otros actores en el escenario global, con ideas y valores nuevos para un mundo que requiere cambios sustanciales y reformas estructurales en sus relaciones de poder. El fin de Europa representa la posibilidad de soñar otros mundos posibles, ya no bajo la hegemonía de la racionalidad blanca, sino desde la diversidad del pensamiento indígena, negro, asiático, árabe o africano. Un fantasma recorre Europa: el fantasma de sus viejos terrores, de sus crímenes contra la humanidad, el fantasma de su arrogancia. Que caigan las viejas ruinas para que nazca y florezca el mundo nuevo que nos empuje a los escenarios fértiles de la imaginación política y a los futuros radicales que desde el Sur luchamos por construir.