La desilusión de tener un presidente Pantalla.
Por Martín Bolívar Flórez
Las redes sociales han cambiado, en definitiva, la forma en que los presidentes ejercen sus cargos. Ahora les toca, y disfrutan, gobernar para dos frentes, uno virtual y otro real. En la virtualidad dicen, gritan, llaman, pelean y se olvidan de las normas constitucionales de sus países, con tal de armar revuelo y estar en boca y en ojos de todos. En la realidad gestionan poco, se distraen en sus reuniones, y la ejecución de sus proyectos políticos se vuelve lenta y torpe, las manos las tienen siempre ocupadas con su celular. El otro día pensaba que mi próximo voto para un presidente, será por aquel que cumpla con dos condiciones básicas: primero, que no tenga redes sociales y segundo, que sea capaz de recitar un poema. Como va el mundo, las dos peticiones se convierten en imposibles.
Gustavo Petro, presidente de Colombia es el ejemplo clásico de esta obsesión enfermiza por el mundo virtual que les expongo. Aprendió al parecer de sus rivales. De Uribe copió la manía de escribir cada cinco minutos mensajes en su perfil de Twitter (ahora X), que van desde la resolución del conflicto en el Catatumbo, una pelea con el presidente Donald Trump a través de una carta que le escribe a nombre del coronel Aureliano Buendía, y el repostear algunos videos divertidos para calmar los ánimos después de darse cuenta que la ha embarrado.
Del expresidente Duque, quiere imitar la transmisión por televisión del trabajo realizado en la Casa de Nariño, con lo fastidioso que es ver a un montón de corbatas tratando de resolver los problemas del país, rodeados de flores y vasitos de agua, y con los bolsillos llenos, mientras que a un paisano en Cúcuta le toca dormir sobre un cartón porque nuevamente la guerra lo dejó sin cama y sin casa. Como dicen en la película de Víctor Gaviria: Pa’ que zapatos, si no hay casa, ¡pa’ que hijueputas!
Hace un par de días, al presidente le dio por televisar el Consejo de Ministros, olvidándose de la ley que lo prohíbe y cogiendo a quemarropa a sus funcionarios delante de todo un país. Y a mí se me revuelve el estómago cuando veo gente defendiendo este acto que raya en la payasada y en el egocentrismo frenético. De esa reunión, contario de ver soluciones prontas para tanta problemática nacional, lo que se evidenció es el ego herido de un presidente que en gestión se quedó corto, que no pudo alejarse de las mismas formas que tanto criticó en campaña y que le dieron la victoria; que tiene el descaro de comparar a un viejo zorro de la política con un verdadero revolucionario, y que no asume responsabilidades, pues según él “El presidente es revolucionario, pero el Gobierno no”. Petro es de esos jefes malos que busca culpables, que regaña desde la frustración, y que acepta cumplidos de los lambones del grupo que nunca han de faltar.
También vimos en aquel consejo a la vice Francia, que apenas hace un alto en el camino para denunciar las irregularidades de este gobierno de la desesperanza y la desilusión, después de casi tres años. Pero su discurso es tan pobre que solo se pone efervescente cuando la cosa tiene que ver con ella. Primero yo, segundo yo, tercero yo. De Laura Sarabia apenas expone que le ha tocado decirle: “respéteme, soy la Vicepresidenta”, cuando lo que debería estar en discusión es por qué esta mujer salta de puesto en puesto en el gobierno nacional, cuando está vinculada directamente con el caso de las chuzadas que también vinculan a Benedetti, y que tienen inclusive un muerto de por medio, el coronel Oscar Dávila.
La única medio librada, a mi parecer, es la Ministra de Ambiente Susana Muhamad, que expresó su descontento feminista y que retó al presidente: ¿Benedetti o yo en la mesa? Y luego dijo que no iba a renunciar. Pero ya sabemos que Petro poco tiene de aliade, que su discurso es machista, y que Benedetti sabe muchas cositas para dejarlo como rueda suelta por ahí. Lo peor es que, en la radio nacional le dijeron ayer a Muhamad en forma de burla: mija, si no se quiere sentar en la mesa, le va tocar quedarse “paradita”, y esta palabra como símbolo de machismo me parece una tortura.
…Y así va la cosa, ahí tienen a su presidente-pantalla, que terminó asimilándose a la descripción exacta que hacían sus opositores acerca de su inconmensurable ego.

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