Por Jairo Osorio - @johnjairo_21 

Decía mi abuela que no hay nada más peligroso que un bobo con plata. Y yo le creo. El mundo está lleno de ellos: algunos son los hombres más ricos del mundo. Otros son alcaldes de Istmina o de Sutamarchán. O quizá el presidente de los Estados Unidos. Lo han sido muchos papas, varios monarcas y uno que otro artista. La guerra cultural (si no es eso una redundancia) inició a comienzos del 2024: en Colombia la derecha retomó ferozmente el poder regional para hacerle oposición a Petro y los nuevos alcaldes y gobernadores se posesionaron firmando decretos para perseguir a los consumidores de canabis, con la manida excusa de “proteger a los niños”, que ven pornografía y cosas peores en internet. Parece ser que la pandemia renovó en muchos la pasión o la resignación por el autoritarismo. En El Salvador eligieron a un salvador con nombre de mesías, Nayib Bukele y en Argentina votaron por un comediante con hábito de ejecutivo y olor a oficinista. En Colombia, si nos descuidamos, puede pasar lo mismo, y que en las elecciones del 2026 nos impongan a una Vicky Dávila o a un Agüevardo de la Esprilla, al que la alta sociedad Barranquillera no le perdona su tono de piel. Como no se lo perdona el uribismo a Polo Polo, a cuyo tatarabuelo compró un tatarabuelo de María Fernanda Cabal, por unos cuantos reales, en el puerto de Cartagena en 1825.

La retoma del poder viene con todo y contra todo: inmigrantes, mujeres, diversidades sexuales, personas que viven con VIH, trabajadorxs sexuales, líderes espirituales, artistas. Uno de los objetivos de Elon Musk, dueño de X (¿!), en el recientemente creado Department of Goverment Efficiency (DOGE) –nótese la similitud con la palabra DOG: perro– es acabar con el Departamento de Educación del gobierno federal. Uno de los mayores logros de la sociedad moderna-burguesa, al que luego las clases obreras lucharon para acceder y que hizo posible el logro de realidades más justas y democráticas. No sé si, como vaticinan algunos expertos, estemos asistiendo al fin de la democracia, pero me inquieta pensar que es así. Y digo que me emociona porque eso nos pone frente a una gama de posibilidades en las que podríamos profundizar los aspectos positivos de las revoluciones liberales y transformar sus deformidades; o bien perder lo poco o mucho que hayamos ganado y permitir que se nos impongan regímenes totalitarios.

Decía Foucault que donde hay poder hay resistencia. Lo que quiere decir que en la resistencia hay un poder casi equiparable al de la propia autoridad. Creo que estamos frente a la posibilidad de radicalizar nuestras luchas por un mundo distinto y continuar construyendo utopías o de claudicar frente la avanzada paralizante de la violencia. Estamos llegando al cénit de una crisis y eso no significa otra cosa, sino que se están agudizando las contradicciones en sociedades cada vez más desiguales pero cada vez más pugnaces. Un fantasma recorre Europa, y no es precisamente el del comunismo; en eso Carlos Marx estaba equivocado. Son tiempos de profundas divisiones y el poder del capital nos quiere deprimidxs, débiles, derrotadxs. Es una guerra biológica, desde los psicofármacos y los neurotransmisores (de los que se han vuelto dueños instagram y tiktok) hasta la obsesión por borrar a las personas trans, prohibir federalmente el aborto y bajar de las páginas del gobierno las estadísticas sobre VIH, aplicaciones de ayuda y orientación legal a inmigrantes-refugiados. El veto a las mujeres trans de las competencias deportivas y el despliegue del ICE en los estados fronterizos con el espectáculo de las ‘deportaciones masivas’.

Tiempos extraños los que nos tocó vivir: en Colombia el presidente hace un gesto político de una audacia inusitada, como primer dignatario, defendiendo la soberanía y la dignidad de la república, ¡y el montón de lameculos salen a decir que va a afectar nuestras relaciones comerciales con Estados Unidos! Dos horas después The Orange Thing estaba retirando las sanciones impuestas contra Colombia y aceptando devolver a los deportados en el avión presidencial y sin esposas. Petro había sentado un precedente de liderazgo regional, sumándose a las protestas más tímidas de países poderosos como México o Brasil. Días después, el gobierno decide televisar un consejo de ministros que se convierte en el reality show de la política nacional; los medios forman una polémica terrible y los opinadores se rasgan las vestiduras en sus showcitos pantagruélicos, porque el rey desnudó a la corte y decidió ponernos a ver en vivo y en directo lo que ha sucedido tras bambalinas y en absoluto secreto en todos los consejos de ministros de todos los gobiernos. A mí en realidad me pareció un acierto hacer público lo que se discute –y la manera cómo se discute– sobre decisiones que nos afectan como sociedad. También estoy de acuerdo con que se le puedan hacer todas las críticas posibles, pero este gobierno no ha terminado de aplacar un escándalo cuando los medios ya lo están bombardeando con otro: llevan una semana con el cuento de los pitufos, y ustedes todavía se dejan distraer con eso.

Está claro que las élites detestan a Petro y quieren sacarlo a toda costa de la Casa de Nariño. No le perdonan que hubiera sido guerrillero, ni que se comprara unos zapatos Ferragamo, ni que financiara su campaña como financian todas las campañas los presidentes del mundo. O díganme de dónde viene la plata de Elon Musk, dueño de una oscura red social convertido en “empresario” y uno de los mayores contratistas del gobierno de USA. También a él lo vimos esta semana dirigiéndose a la prensa en el Salón Oval, diciendo sin sonrojarse que la Casa Blanca se había gastado 50 millones de dólares en condones para enviar a Gaza, una afirmación a todas luces absurda. Ha iniciado una disputa sanguinaria por la verdad en la que la libertad de expresión retrocede cada vez más frente a la censura, y es el lenguaje el que está en el centro de la pelea: desde cambiar al Golfo de México por Golfo de América hasta el uso insistente de la expresión ilegal alliens, pasando por el uso de palabras ofensivas como tranny y un discurso descaradamente violento y estigmatizante.

De todo esto son aliadas las grandes empresas tecnológicas de Estados Unidos, cuyos dueños parecen ser amigos personales del presidente. Varios de ellos están entre los hombres más ricos del mundo, pero están lejos de ser los más inteligentes: no son ni críticos ni sensibles, simples reproductores del aparato de poder. Eso me lleva a coincidir con mi tocayo Jhon Jairo Bolívar en esta sentencia que nos disparó hace unos días: “le tengo más miedo a la estupidez humana que a la inteligencia artificial”