Por Martín Bolívar Flórez 
@martin_bolirez 

De un momento a otro, la ciudad de Manizales es tocada por los fríos vientos que vienen desde el páramo. Ventea sutilmente y enfría los objetos, los edificios y los huesos de las personas. Por los andenes, llenos de Hortensias azules y blancas que son las flores de la soledad, circula Elisa con su saco de alta costura. Lleva con ella sus perlas nacaradas prendidas del cuello, sus aretes dorados y su peinado perfecto al estilo gallina copetona. Anda sola o, mejor dicho, su única compañía es un cigarrillo prendido que marca el compás de su caminata. Disminuye la rapidez del paso cuando chupa de la colilla, disfruta como se llenan de humo sus pulmones y luego lo suelta con elegancia: el humo y la mano que había llevado a su boca. Fumar es conversar con uno mismo, es resolver las dudas y encontrar caminos. Esto lo sabe Elisa desde hace muchos años, cuando le tocó enfrentarse a la sociedad manizalita que todavía tiene la costumbre de preguntar a qué familia se pertenece. Camina con sus tacones bajitos de base cuadrada, a pesar de que su médico y sus hijos le dicen que ella ya no está en edad para eso. Piensa en la frase, “no estar en edad para eso”, y recuerda a sus amigas también veteranas, que les tocó mamarse las mismas palabras cuando la piel de sus antebrazos se empezó a poner flácida y arrugada. Que mamá bájese de allá que se va a caer, que el pucho da cáncer, que se va a infartar por esos rones que se toma y que no se le olvide el Losartán, que no salga sola a la calle, que se pierde en el bus, que se pierde en la misma ciudad donde nació, que se embolata yendo de aquí a allá por estos caminos transitados toda una vida y en donde encontró al hombre pedorro que tuvo por esposo y que gracias a Dios ya se murió, para poder echar lo que ella quería en el mercado. ¡Que se jodan! Dice en voz bajita y vuelve a fumar. Sigue caminando sin miedo, camina fuerte y altiva, primero muerta que sencilla. Sonríe cuando se cruza a otras como ella, viejas copetonas, viejas que resisten al apachurramiento social. Viejas que atienden su negocio, que almuerzan solas sin pena, que pagan sus recibos, van al casino y abren sus redes sociales para publicar el Evangelio del día de hoy, la oración de San Francisco de Asís, y la noticia falsa sobre el robo a los pensionados por parte del gobierno de turno. Se da cuenta que su ciudad es especial, esa ciudad rancia de tanta blancura, de tanto poeta, de tanto toro y de tantas ansias de ser europea; tiene de positivo que brinda un espacio para ella, es decir, para los más viejos. En otros pueblos estaría silenciada. Tal vez criticada por decir a sus 75 años que quiere otra oportunidad, que todavía tiene sus cositas para decir, sus vainas para aprender. Se detiene en un café, se sienta, pide un tinto y un cenicero, se los traen, apaga un cigarrillo y prende el otro, un sorbo de tabaco, un sorbo de café. Bocanada y se entristece, piensa en otras viejas, en las apachurradas: ¡huevonas¡, se dice para ella misma. Reconoce que esa libertad fue una fortuna, ganada por la academia o por la arrogancia de ella misma. Cuántas ancianas acalladas por sus hijos o por sus nietos, tantas carcajadas no soltadas por temor a un regaño, tantos amores perdidos por no ofender a los más jóvenes, se pregunta. Alguien corre la otra silla de la mesa donde se encuentra sentada, es un muchacho, un pollo, tiene alrededor de sesenta, pide otro tinto, la acompaña.