Migrante soy
Para Belén y en contra del olvido.
Migrante soy, porque mi padre nació bajo el linaje de
unos locos, nieto él de un tal Francisco Bolívar, que supo llegar a estas
tierras quindianas después de errar por varios pueblos de Antioquia vendiendo
su mercancía barata. Migrante soy, porque Francisco llegó acá con su esposa
Leonor, y con la hermana de Leonor y su esposo, un hombre encargado de traer
las letras a este pueblo llamado Tebaida, cuando este pueblo era más peladero
de lo que es ahora. Migrante soy, porque vengo de un bisabuelo caminante, caminante
y violento, que supo enloquecer a su esposa de tanto maltrato en la vida.
Migrante soy, porque soy un hijo bastardo, hijo de un padre que tenía una esposa que
no fue mi madre, padre que supo migrar durante muchos años a otras camas
diferentes a las de su mujer. Padre caminante por el ejemplo de su padre y de
su abuelo.
Migrante soy, padre de una hija migrante, hija también
de una madre migrante que se aferra a un pasaporte azul para pertenecer a una
tierra que ya es suya sin necesidad de tanto papeleo. Migrante soy, padre de
una hija migrante que a su vez es nieta de migrantes. Tiene mi hija migrante
una abuela migrante que un día salió de casa a buscar escampadero, porque pocas
veces en nuestras tierras ha dejado de llover a pesar de que se pasan los meses
sin caer una sola gota de agua sobre el piso de tierra, que un día fue cocina, sala
y hogar. La abuela migrante trabajó algún tiempo cuidando niños migrantes, hijos
de otros migrantes más adinerados, que le hablaban a ella en lenguas extrañas. Tiene
mi hija migrante un abuelo migrante, que pintaba lejos de su lugar de origen, barcos
y aparatejos gigantes cuando su edad se lo permitía. El abuelo migrante con su cara
innegable de azteca le pasó inconmensurablemente a través de la buena genética,
los rasgos aztecas a mi hija que es migrante. Es tan mexicano el abuelo
migrante de mi hija migrante, que siempre cocina en cualquier parte del mundo
su comida picante, y gasta a dos manos todo su sueldo para hacerle honor a los
rumores que terminan por ser ciertos, eso de que los mexicanos que en el norte
trabajan, les gusta gastar y donar y les gusta darse la buena vida que en su
tierra no se pudieron dar.
Migrante soy, porque he migrado para estudiar, para
trabajar, para enamorarme. Migrante soy porque mi novio ha sido migrante, le
tocó migrar a la gran ciudad para estudiar una carrera que su familia ni yo
terminamos de entender. Migrante soy, porque he sentido su dolor al alejarse,
el de él y el de mis amigos que vinieron de otras partes a estudiar aquí.
Migrante soy, porque mi suegra es migrante y quiere siempre que los suyos
también lo hagan: migrar para encontrar un mundo más colorido, un atardecer
menos melancólico. Migrante soy porque tengo familia migrante, mojados, llenos
de barro, humillados por el paso de una frontera. Migrante soy porque tengo una
amiga migrante en Australia, y una amiga migrante en Chile, y porque los
colombianos somos migrante duélale a quien le duela. Migrante soy porque me
confunden con venezolano en las terminales de transporte y a mí se me alegra la
vida.
Migrante soy, como una gaviota, como las aves que
vuela en forma de uve, como un elefante que migra acompañado, como una ballena
que se aparea en las aguas tibias del pacífico.
Dice facundo Cabral:
“Es una bella idea la universalidad, pero el hombre
nace por algo en Ecuador o en Colombia, y a la larga ese lugar tiene mucha
fuerza en tu vida” y luego canta, y este verso de él, se lo dedico a todos los
que hoy se encuentran lejos y no les da pena decir que son migrantes:
Después de andar las maravillas del mundo
No hay nada como regresar a la patria
Y compartir la libertad que mi gente
tan cara tuvo
que pagar

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