Por Martín Bolívar Flórez

Para Belén y en contra del olvido.

 Migrante soy, porque nací de una madre que no conoció a su padre. Ella dice apenada su nombre incompleto, dos palabras, un primer nombre y un primer apellido que no es otro que el de su madre, Flórez, dice en los bancos en medio de la pena y de la rabia, para luego reafirmar su condición, soy Miryam Flórez y un segundo apellido no existe, soy hija natural. Migrante soy, porque en medio de un golpazo de rapé, un polvo de tabaco que le aspiran a uno por las fosas nasales para conectar con el espíritu, vi a su padre, es decir, a mi abuelo, el que ella y yo nunca conocimos. Lo vi a él y vi todo su mundo: eran árabes. Ellos con su belleza fuerte, sus telas, su bullicio y su sequedad. Y esta información me llegó sin dudar de ella. Migrante soy, hijo de una mujer natural de padre árabe. Una mujer árabe a la que siempre la persiguió la riqueza, la plata para repartirla, la abundancia en la mesa, la amistad consagrada: un amigo árabe es para toda la vida. Asimismo, tiene ella de su clan, la ira y la fuerza para odiar sin reparo alguno.

Migrante soy, porque mi padre nació bajo el linaje de unos locos, nieto él de un tal Francisco Bolívar, que supo llegar a estas tierras quindianas después de errar por varios pueblos de Antioquia vendiendo su mercancía barata. Migrante soy, porque Francisco llegó acá con su esposa Leonor, y con la hermana de Leonor y su esposo, un hombre encargado de traer las letras a este pueblo llamado Tebaida, cuando este pueblo era más peladero de lo que es ahora. Migrante soy, porque vengo de un bisabuelo caminante, caminante y violento, que supo enloquecer a su esposa de tanto maltrato en la vida. Migrante soy, porque soy un hijo bastardo, hijo de un padre que tenía una esposa que no fue mi madre, padre que supo migrar durante muchos años a otras camas diferentes a las de su mujer. Padre caminante por el ejemplo de su padre y de su abuelo.

Migrante soy, padre de una hija migrante, hija también de una madre migrante que se aferra a un pasaporte azul para pertenecer a una tierra que ya es suya sin necesidad de tanto papeleo. Migrante soy, padre de una hija migrante que a su vez es nieta de migrantes. Tiene mi hija migrante una abuela migrante que un día salió de casa a buscar escampadero, porque pocas veces en nuestras tierras ha dejado de llover a pesar de que se pasan los meses sin caer una sola gota de agua sobre el piso de tierra, que un día fue cocina, sala y hogar. La abuela migrante trabajó algún tiempo cuidando niños migrantes, hijos de otros migrantes más adinerados, que le hablaban a ella en lenguas extrañas. Tiene mi hija migrante un abuelo migrante, que pintaba lejos de su lugar de origen, barcos y aparatejos gigantes cuando su edad se lo permitía. El abuelo migrante con su cara innegable de azteca le pasó inconmensurablemente a través de la buena genética, los rasgos aztecas a mi hija que es migrante. Es tan mexicano el abuelo migrante de mi hija migrante, que siempre cocina en cualquier parte del mundo su comida picante, y gasta a dos manos todo su sueldo para hacerle honor a los rumores que terminan por ser ciertos, eso de que los mexicanos que en el norte trabajan, les gusta gastar y donar y les gusta darse la buena vida que en su tierra no se pudieron dar.

Migrante soy, porque he migrado para estudiar, para trabajar, para enamorarme. Migrante soy porque mi novio ha sido migrante, le tocó migrar a la gran ciudad para estudiar una carrera que su familia ni yo terminamos de entender. Migrante soy, porque he sentido su dolor al alejarse, el de él y el de mis amigos que vinieron de otras partes a estudiar aquí. Migrante soy, porque mi suegra es migrante y quiere siempre que los suyos también lo hagan: migrar para encontrar un mundo más colorido, un atardecer menos melancólico. Migrante soy porque tengo familia migrante, mojados, llenos de barro, humillados por el paso de una frontera. Migrante soy porque tengo una amiga migrante en Australia, y una amiga migrante en Chile, y porque los colombianos somos migrante duélale a quien le duela. Migrante soy porque me confunden con venezolano en las terminales de transporte y a mí se me alegra la vida.

Migrante soy, como una gaviota, como las aves que vuela en forma de uve, como un elefante que migra acompañado, como una ballena que se aparea en las aguas tibias del pacífico.

Dice facundo Cabral:

“Es una bella idea la universalidad, pero el hombre nace por algo en Ecuador o en Colombia, y a la larga ese lugar tiene mucha fuerza en tu vida” y luego canta, y este verso de él, se lo dedico a todos los que hoy se encuentran lejos y no les da pena decir que son migrantes:

Después de andar las maravillas del mundo

No hay nada como regresar a la patria

Y compartir la libertad que mi gente

 tan cara tuvo que pagar