Por Martín Bolívar Flórez

A pocos días de cumplir treinta años, tuve la gratificante experiencia de ver una película que cuestiona frontalmente y sin tapujos, una de las preocupaciones más grandes del ser humano: dejar de ser joven/ dejar de ser bello. La sustancia, película actuada por la grandiosa y siempre bella Demi Moore, te adentra en un viaje que te aterra y que logra vincularte directamente con el sufrimiento de su personaje principal. Te pone a pensar que estarías dispuesto a hacer para conservar o recuperar ese cuerpo idóneo de la juventud, donde el deseo rige tu vida y puedes conseguirlo todo. Es como si la película fuera un gran espejo que refleja la sala de cine, la cual se ha quedado en completo silencio al ver en la pantalla grande, a una mujer quedándose sin espacio, sin voz ni voto, carcomiéndose en la soledad de la vejez, esa que cada vez llega más pronto por los estándares interpuestos por esta sociedad del afán. “A los 50 se detiene” le dicen a la protagonista, a lo que ella contesta: “Qué, qué se detiene”, y más silencio se escucha por parte de los espectadores. Termina uno preguntándose que es aquello que se detiene mientras pasan los años, eso que no se recupera, que agoniza dentro de nosotros

Me paro frente a un espejo y me veo diferente, me cuesta creer que ese que veo soy yo. Al parecer el aspecto físico varía con las décadas. Diez años teniendo veintitantos y luego pasan tres días y se desacomoda todo. Ya no encuentro por ningún lado a ese Martín fresco y apretado, con las nalgas siempre firmes y la piel pegada a los músculos. Por el contrario, ha llegado a mi vida la flácidez y las pecas, las manchas en los dientes, las manchas en las axilas, las manchas en los pulmones, las manchas. La balanza sigue marcando números de forma exponencial, y se me ha abultado la pelvis, creando una almohada curiosa que sirve de antesala al pene galante de hombre treintañero. Del pelo ni se diga, ha migrado de la cabeza a lugares inhóspitos como el detrasito de la oreja o el detrasito en la espalda alta, donde no llega la mano de uno y se tiene que pedir la ayuda patética para arrancar a esos bandidos que disfrutan del verano en el dorso que empezó a hacerse notar: dolor si cargo esto, punzada si me agacho rápido.

Cansada de luchar para mantenerse vigente, la protagonista de la película se aplica La Sustancia. Un líquido verde que sacará una mejor versión de ella, que la hará más bella, más sensual, más vendible. ¿Estaría yo dispuesto a seguirle los pasos a la actriz? De ser así, aceptaría el tratamiento micro capilar para el nacimiento de nuevo cabello sobre mi lampiña cabeza, o me compraría las sesiones bótox aplicables desde los 25 años, el blanqueamiento dental, el gimnasio Luxury de La Tebaida, el minoxidil, el plasma para los parpados caídos, la anestesia para romperme los huesos y crecer los 15 centímetros que siempre me faltaron para tal vez, ser más heterosexual. Pero hay algo, yo no soy una actriz famosa en decadencia como plantea la película ni tampoco me debo al mundo del espectáculo. ¿Por qué entonces resistirse a la natura? ¿Cuál es ese espectáculo que debo mantener? Sí de amantes se tratará les pediría que amaran mi conversa por encima de mi cuerpo cambiante, y espectáculo solucionado, se va a quedar conmigo el que me ame de verdad, porque las palabras son cuchillo y almohada a la vez, y casi nadie quiere convivir con esto.

La obra repugnante de la directora Coralie Fargeat va llegando a su clímax y nos muestra la deformidad saliente de un cuerpo que antes fue precioso, un cuerpo que son muchos cuerpos, miles de historias. La reacción del público fue contundente, nadie lo aguantaba más, algunos lo expresaban sin arrepentimiento: que la maten ya, que la maten, y todos en la sala soltaron la risa, la risa de susto, la risa culposa que solo generan los buenos artistas. Metafóricamente estaba allí en ese cuerpo amorfo, la representación de la senectud, esa abuela, ese vecino, ese yo que no aguantamos más, que habla de sus vidas pasadas, de todo lo que tuvo que aguantar y lo deformó, del aguante de todos: el desamor, la enfermedad, las crisis económicas, los políticos, la familia, los hijos y los padres, la muerte. Ese aguante que nos cambia y nos saca otro yo de las vísceras, una mejor versión para seguir aguantado. Al final solo queda eso, la deformidad del ser, y lo que está muy deforme se tiene que ir según los principios de la pulcritud del capitalismo, hay que rezar para que lo deforme se vaya, que no sufra más en este lodazal, que se vaya y que no vuelva, y que alcance las estrellas como lo hizo la actriz en la película y como lo deberíamos hacer todos los mortales.