Por Martín Bolívar Flórez

@martin.bolirez

Dicen que el fútbol es el deporte rey y yo lo creo, me di cuenta de esto cuando el juego con la pelota, fue el único medio de comunicación efectivo entre los niños del pueblo indígena Ticuna y nosotros, allá cerca del Brasil y del Perú, en el resguardo San Martín de Amacayacu. Caía el sol de las cinco de la tarde sobre la inmensa selva amazónica y allí estaban los niños con su pelota vieja, parados sobre la cancha polvorienta, asimétrica y pobre, inventada en medio de los cambuches y las malocas. Nos vieron y detuvieron el juego, se miraron entre ellos y soltaron mil carcajadas. Era para ellos demasiado gracioso ver a dos hombres enamorados que llegaron en chalupa desde otras tierras, y que dormirían esa noche en una misma cama. Tío, me decían los pequeños y más se reían. Nunca supe si tío en ticuna es calvo, feo, o marica. Y como yo para los idiomas salí negado, el único remedio que tuve para defenderme, antes de ponerme a remedar otras lenguas o dar explicaciones con las manos, fue unirme al “picao” que se jugaba allí, con la única finalidad de  demostrar que este tío (fuera lo que fuera), también sabía jugar al fútbol como ellos. Fue así como las palabras sobraron para darle paso a la lectura de los cuerpos y de las sonrisas y conectarnos para marcar el gol a los contrarios, que eran iguales a nosotros, como lo son los hombres y las mujeres cuando juegan al balompié.

Claro que hablar de igualdad y transparencia en el fútbol de la actualidad, es remitirse única y exclusivamente a estos encuentros espontáneos que se dan de vez en cuando en las canchas de los barrios populares de todo el planeta. Lo digo con una pena incalculable, pues día tras día somos testigos de cómo el gran deporte sucumbe frente a la plaga que ha carcomido todo: el dinero. Se pasan de idealistas los aficionados o se hacen los huevones, cuando ven por ejemplo que el Deportes Quindío no asciende por mero interés económico, cuando les toca sufrir una liga patrocinada por una casa de apuestas, cuando revientan  los escándalos por corrupción en la FIFA, cuando se exponen las desigualdades salariales, las trabas, y los abusos que sufren las mujeres en este deporte, o cuando nos toca ver partidos arreglados, amañados, partidos sin gloria ni sentimientos.

Hace pocos días en la disputa por la Copa América entre la selecciones de Argentina y Chile, el jugador albiceleste Nico González agarró arbitrariamente la pierna del jugador chileno Mauricio Isla, lo que ha causado una reacción viral en la redes sociales, donde los cibernautas se burlan de lo ocurrido al mismo tiempo que denuncian un supuesto favoritismo de los directivos del evento por la selección de Messi. Esto me hizo recordar indudablemente el trago amargo del “Era gol de Yepes” en el año 2014, y años más atrás en el año 1986 la gloriosa “Mano de Dios” marcada por Maradona contra Inglaterra. ¡Robo! grita la hinchada de los robados, y lloran de alegría los ganadores. Tal vez sea la gente, la que todavía hace creíble este deporte, que a veces se permite la trampa, y hablando de trampas prefiero que sea por patriotismo que por negocio. De todas formas y con todo lo malo, el fútbol es maravilloso, nos hace idealistas y nos pone a creer nuevamente en el lugar donde nacimos, donde el pescador, y el rico, y el negro y el nea, pueden un día marcar un gol que cambie la historia.