Una playa de arena negra.
Escrito por: Martín Bolívar. Fotografía: Jaison Guarín.
A tan solo cuatro horas del departamento del Quindío podemos encontrarnos
con el mar. Un viaje que empieza atravesando las planicies del Valle del Cauca
y el olor a caña y a industria desde La Paila hasta Buga “La Rial” que se combina con el olor del aire
acondicionado del Expreso Palmira; luego se sube como en busca del cielo, al
lado los grandes y polvorosos riscos de un material granular amarillento que
dejan ver de soslayo, la represa verde del Darién con sus casas campestres
herencia del narcotráfico frontal de los años 90 y del oculto negocio de las
drogas de la actualidad: narcotráfico sin dueños ni capos que por lo menos
regalen plata para el marrano y la fiesta decembrina de los más pobres. Se sube
y luego se baja, y luego se introduce uno en la espesa selva que atravesaron
los ingenieros con túneles infinitos de oscuridad. Empieza el vapor a subir y
el olor a puerto y a pescado va creciendo a medida que se deja atrás los caseríos,
donde las negras venden sus chancacas, su arrechón y su tomaseca. Se llega.
Entrar a Buenaventura es como entrar a una gran cacharrería donde uno encuentra
de todo: listones de maderas expuestos en los andenes para la venta, al fondo
las grúas y los conteiners que indican la proximidad de las aguas del pacifico,
la comida condimentada de las casetas, las casas republicanas del pasado, la
extravagancia de las fachadas donde se celebran las primeras comuniones al
estilos prieto, pequeñas ciudades hechas de parlantes tipo Pickup donde suena me
hace daño verte, quisiera que te fueras o una que no había escuchado, vente
negra vente pa’ mi continente.
Se atraviesa la gran ciudad, que ha resistido tanto y que intenta florecer
a pesar de todas sus problemáticas. Después de veinte minutos de ver calles
atiborradas de cultura afro se llega al puerto, se procede rápidamente a
bajarse del auto porque no se aguanta más el calor y contrario a obtener la
frescura que se quiere, siente uno ese fogonazo estremecedor de ver el mar
gigante y de ver la gente bella del pacifico, las mujeres hermosas de pelo
quieto o de grandes extensiones, los hombres con su grandes muslos y sus pechos
duros, la parsimoniosa forma de caminar, de vender sus productos, de ser los
dueños de casa que atienden la visita sin adular ni subir al turista a un
pedestal, pues saben ellos del gran tesoro que tienen. Seguramente es racismo,
como me lo explicaba el antropólogo, esa obsesión por sexualizar a los negros,
pero mientras camino por el muelle y me subo a la lancha, deseo despertar la
mirada de todos los hombres y mujeres que me encuentro en el camino, deseo
dormirme en los grandes senos de la muchacha que vende mango con sal y deseo
eternamente sentir el sudor y la caricia del lanchero que viaja con sus
pantaloneta de futbol, exponiendo sus atributos de macho.
Una hora en lancha desde Buenaventura hasta Juanchaco, luego veinte minutos
en motocarro hasta La Barra. Ahí tienen su hijueputa mar pintado, y vaya que
pintura, esos colores de la tierra, el mar verdoso al fondo y negro cuando lame
la blanda arena como dice la canción, los pelicanos clavan en busca de alimentos,
y los grandes buques se ven a lo lejos, parecen ilusiones parecen fantasmas: es
lo que representan la globalización, una ilusión. Una playa de arena negra nos
saluda, es infinita, el fin se confunde por el vapor denso que levanta el
oleaje, uno que otro quiosco y muchos perros playeros que no temen de nada,
perros libres que no tienen miedo de la pólvora, porque siguen siendo perros y
porque no hay humanos citadinos que los pongan a vivir encerrados en sus fracasados
apartamentos. La grandeza es habitual y a medida que más se está presente en
este lugar, se da cuenta uno de la pequeñez de su existencia. Le da por
perdonar al que le ha hecho daño, le resulta fácil hacer cualquier declaración
de amor y hace propuestas indecentes, se da cuenta de la presencia irrisoria de la muerte, y de que el tiempo es poco, para hacer el amor tanto como se pueda.
Pargo rojo, piangua en salsa, tollo al ajillo, ceviche de camarón, pulpo,
calamar, albacora, sancocho de gato, se encuentra en los pequeños restaurantes
de la zona y pa beber: arrechón, piña colada, viche, curao, y todo lo que usted
quiera para que se le suba el calor a la
cara. La experiencia de probar lo ancestral y lo fresco, peces recién salidos
del mar a la olla de doña Dorita. No se necesita más, queda uno listico para
irse, para dejar este mundo tan doloroso. Luego de agradecer silenciosamente a
Dios por los alimentos y de repetir la hazaña de la última cena con los amigos,
pruebe este, coma de aquel, mire el sabor de este otro; se siente uno tan bien,
tan rico, tan amable. Luego de eso y del reposo, se introduce en el mar, en las
aguas cálidas que envuelven, aguas que sirven para que las grandes ballenas
vengan a parir y a enseñar a sus crías a nadar y a pertenecer al mundo. La
espuma acaricia y se lo va llevando a uno, cuando uno menos piensa está
retirado tres cuadras de la playa, metido ahí en la grandeza, con ganas de no
salirse nunca. El mar del pacifico te abraza y te invita a dejarte morir en él,
los más valientes se han ido de su mano, como ese negrito que no olvido y que
fue mi amigo por un par de horas. Ahora vive en el pacifico y es dueño de las
profundidades.
El sol cae y suena la canción de Niche:
- Donde el negro solo, solito se liberó...rienda suelta al
sabor y al tambor le dio.
- Lo mismo que por tus calles vi una morena pasar… ¡Ay que
bella es!
- Por dios que por ti toditos nos juntamos
- Cuando lejos de ti me encuentro, Buenaventura, siento
ganas de llorar por ti.

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