Por: John J. Osorio
@johnjairo_21

Para nadie es un secreto que Quimbaya agoniza a raíz de las administraciones ineptas y corruptas de los últimos años. Es triste ver la decadencia moral, social, cultural y espiritual de un pueblo otrora cívico y patrimonial. Ya nadie cuida nuestros monumentos, vigila nuestros recursos, ni se preocupa por lo público, ahora que la política no significa nada para buena parte de la gente de este terruño. El bienestar colectivo parece ser un concepto que desapareció de nuestro léxico, en medio de la indolencia y la indiferencia de la mayoría de los habitantes de este población. El creciente desarraigo que experimentamos implica que no haya sentido de pertenencia, porque no estamos dejando arrebatar la identidad por mercachifles y urbanizadores que le vendieron el pueblo a los turistas, los testaferros y los proxenetas. 


El presumido progreso, el camino a convertirnos en una ciudad, nos han sumido en un denso letargo, en un limbo anodino que no nos deja ver claro si todavía somos el pueblo de antaño o nos hemos vuelto un triste remedo de metrópoli. Los dirigentes actuales son tan pésimos, hay un vacío de liderazgo tan grave, que estos políticos ya ni siquiera nos dan las migajas que no nos merecemos. Pan y circo, profesaban los césares romanos; pero estos reyezuelos de pacotilla resultaron más déspotas que los antiguos emperadores sanguinarios. 


La degradación social que vivimos es tal que la política perdió su dignidad por completo. Los políticos no son ahora respetables y admirados, sino unos simples ladronzuelos ridículos, meros monigotes y marionetas movidos por los más banales intereses, en las manos manchadas de personajes lúgubres y lamentables. 


Seguramente este año el alumbrado del 7 y 8 de diciembre será nuevamente un fracaso estruendoso. La cantidad de calles que dejaron de iluminarse y de participar de la celebración (pasamos de 300 a 70 cuadras inscritas) genera serias dudas sobre la vitalidad del Festival de Velas y Faroles de Quimbaya. Una de nuestras principales manifestaciones culturales está sumida en la más grave agonía, a riesgo incluso de desaparecer si las nuevas generaciones de ciudadanos no nos apropiamos de nuestra colorida celebración. Parece que ahora a nadie le importa el alumbrado. La administración actual decidió entregarle su administración a Procolombia y no hubo ni siquiera un pronunciamiento por parte de la fundación que debería velar por la preservación de este patrimonio cultural. Claro: su presidente es una ficha del alcalde en funciones.


Por eso, si usted es un turista y está pensando en venir a Quimbaya este 7 y 8 de diciembre, mi recomendación es: !No venga¡ Quédense en su casa, evítese los tumultos, los trancones, las aglomeraciones, que no se estará perdiendo de nada. Aquí no encontrará más que unas cuantas calles alumbradas, la mayoría con faroles  fabricados en máquinas de impresión 3D en el negocio de un exconcejal y patrocinados por marcas avaras que hacen aportes ínfimos al festival para darse el vitrinazo y hasta descontarse impuestos. 


Si cuenta con suerte va a encontrar un poco de la magia que mantiene vivo el festival, especialmente en barrios periféricos o en sectores tradicionales donde la gente todavía sabe lo que es la unidad entre vecinos y pone en práctica su creatividad para alumbrar sus calles con faroles que cuenten historias y permitan desplegar la historia y la memoria de un pueblo al que la mala gestión de sus gobernantes le ha arrebatado incluso las tradiciones más arraigadas que hacían parte de nuestra cultura. En Quimbaya necesitamos defender y promover el alumbrado y decirles a los políticos que el Festival de Velas y Faroles es de las comunidades, que son las portadoras de la manifestación, y que nadie tiene porque vendérselo a empresas privadas que sólo buscan usufructuar una tradición en busca de la bonanza pasajera del celebrado turismo masivo.