Aquellos diciembres...
Por: John Jairo
@johnjairo_21
En memoria de Lisandro Meza, 'el rey sin corona'
Hace unas semanas le dije a mi novio que este diciembre me parecía extraño, pues no me sentía como si estuviéramos en navidad. No sé si es que no me embarga la misma emoción o es que los tiempos han cambiado demasiado, pero este mes no he sentido el ambiente festivo, los ánimos y la expectativa de otros diciembres. Es más, hay un dato objetivo que me permite respaldar esa afirmación: esta es la navidad que menos buñuelos y natilla he comido desde que tengo uso de razón. Cada vez es menos la gente que decora las casas, arma el pesebre, le reparte comida a sus vecinos; ya los niños no van de casa en casa rezando novenas y apuntándose en listas de aguinaldo, y los cascabeles de tapas de cerveza y gaseosa machacadas a punta’e piedra y engargoladas en un alambre hace rato que dejaron de existir. La cosa está tan grave que hasta se murió Lisandro Meza, el maestro indiscutible de nuestras parrandas navideñas.
Ahora no se juntan las familias, los viejos están cada vez más solos y ya no hay niños en las casas de esta generación desencantada; ya no se cierra la calle, ni se ponen banderines y guirnaldas, ni se chamuscan los marranos con helecho. El desencantamiento del mundo, el avance del secularismo, asfixia el espíritu de la navidad en una sociedad en la que se marchitan los valores que le dan vida a esta época: el regocijo, la generosidad, el despilfarro, la fraternidad y la armonía. La navidad es una celebración de la vida que se abre camino en medio de la adversidad: un niño pobre nace en una pesebrera en medio del invierno para convertirse en el mesías. La certeza de que cada nacimiento debe celebrarse como el advenimiento de un destino, de una historia, porque cada vida que llega al mundo anuncia la venida de un enviado, de un pequeño dios que ha nacido para convertirse en rey de su propia existencia.
Si hoy fuera un Veinticuatro como todos, yo me habría levantado con la misma emoción de mi niñez y en vez de estar escribiendo estas nostalgias, estaría oyendo la música de Guillermo Buitrago y de Joaquín Bedoya, viendo a algún tío revolver la natilla con un gran mecedor sobre un fogón de leña y a la tía Mery rellenando el pavo y fritando los buñuelos con sus manos milagrosas. Estaría acompañando a mi papá, ese gordito bonachón que hacía las veces de Papá Noel, a repartir regalos entre los niños pobres de La Carrilera. Pero estoy aquí, en una fría buhardilla de una inmensa casa vacía en un país extranjero, donde la navidad sabe a melancolía y es sinónimo de invierno, con la nevera llena pero con un vacío en el alma. Aquí la música de la navidad es triste y monótona y no parrandera y picante, como la nuestra. Aquí nunca entenderán qué es ser un goterero, ni le darán aguardiente al chofer, ni habrá corbatas gastadores; a nadie que vaya por canela le dan clavo y nadie se acuesta confiado con una que resulta con presa.
La navidad de los gringos –y esta es mi segunda vez–, no es sabrosa, no tiene sabor, es insípida como los pretzels porque a esta gente hace mucho tiempo que el afán de trabajar, el calabozo de las deudas y el vicio del consumismo les arrebataron la gracia y la alegría, les robaron la magia y la fortuna de vivir en la incertidumbre y el azar, de ser generosos hasta el despilfarro, de festejar sin medir las consecuencias y de bailar alegres hasta las propias desgracias. Aquí el racionalismo, la asepsia y el individualismo convirtieron la navidad en un mero rito, en una costumbre vana que se sostiene en la tradición y en la memoria de los largos inviernos que esta gente debió sufrir en medio de la guerra. La misma guerra que patrocinan hoy en Palestina, donde Jesús tendría que volver a nacer en medio de los escombros, con hambre y bajo los bombardeos del estado de Israel, porque la historia de la humanidad es un perro que se persigue la cola.
Por eso no todo tiempo pasado fue mejor, y si "el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el 510 y en el 2000 también", es cierto que de vez en cuando encontramos maneras de hacer que nuestro siglo no sea un despliegue de maldad, razones para volver a creer que la vida vale la pena, que todavía podemos tejer lazos de solidaridad, compartir con los que tienen menos, dar sin esperar nada a cambio, perdonar a los que nos hieren y ser perdonados por quienes lastimamos. Un mundo que no cree en nada, que no celebra la Natividad, que no se apasiona por las simples cosas, por cuidar la fragilidad de la vida en medio de tanta muerte; un mundo que prohíbe la pólvora, los desfiles de añoviejos, matar el marrano en el patio de la casa; es un mundo que pierde el misterio, un mundo que renuncia a los peligros del placer, a la magia del asombro y al absurdo de la felicidad. Lo importante es que no dejen de nacer Jesuses, es decir rebeldes, que renazca en nuestros corazones la llama del gozo inexplicable de estar vivos y que mantengamos encendida la hoguera del amor. ¡Feliz Navidad!

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