Por Martín Bolívar Flórez 

El pasado 21 de julio a las 7 de la noche, mientras compartía una cerveza con mi amigo Sebastián sentados en el andén de su casa en el barrio Almendros de La Tebaida, dos hombres nos asaltaron y lograron hurtarme el celular. La corta edad les ayudó para acercarse a nosotros caminando despacio, sin levantar sospecha. Cuando estuvieron a menos de un metro, ágilmente sacaron sus armas y se abalanzaron contra el más huevón. Sebas alcanzó a librarse de las manos del hurto, y empezó a gritar como loco, alertando a los vecinos que encendieron las luces y abrieron las puertas de sus casas para prestar un auxilio. Yo en cambio, como siempre me ocurre en los momentos caóticos de la vida, me quedé pasmado, esperando la decisión que tomarían aquellos muchachos con mi existencia. El primero se paró en frente de mí, y el otro me accedió por un lateral, uno con su herramienta larga, gruesa y cortopunzante moviéndola con un ir y venir contra mi cara: el cuchillo. El otro acarició mi cuello con la punta firme y dura de su arma de fuego. Fui arrumado por los dos. Sin tener nada más que hacer y sin la mínima de intención de jugar a la valentía, metí la mano al bolsillo y les entregué mi teléfono.  Salieron corriendo hacia el guadual mientras los vecinos corrían falsamente hacia ellos, pues en realidad nadie quiso comprobar ese día, si la pistola era de juguete o era real, y si el niño armado puede o no, matar a uno de su misma especie.  

Después del hurto vino la calma, el vasito con agua, las interrogantes por el precio del teléfono, las llamadas de aviso a los familiares, el bloqueo rápido del equipo para que no se filtren las fotos de las partes menores (MAYORES), y el levantamiento de afirmaciones paramilitares de los que vieron el acto y tiene el deber y el derecho de opinar:

-       ¡A esos hijuepuetas hay que darles bala!

-       ¡A esos pirobos hay que colgarlos de las huevas!

-    ¡Esos malparidos viven de arrimados en cambuches, hay que mandarlos a chupar gladiolo antes de que se reproduzcan!

Dos sorbos de agua me bastaron para bajar el nerviosismo y entrar en un ciclo de nostalgia y curiosidad. Lo primero fue disociar mientras escuchaba todos los comentarios tan dolorosos descritos anteriormente soltados por los ciudadanos del común. Lo segundo fue involucrarme en la vida de los dos muchachos: había que ponerles un nombre y tenía que enviarles un mensaje. Después de casi dos meses me animo a hacerlo:

Querido Víctor, Querido Raúl…

Toda manifestación que exprese en esta carta hacía ustedes será inválida, pues está fundamentada en otra vida que no es la ustedes y que ha sido tocada por diferentes factores que hoy por hoy, nos tiene en diferentes caminos: Yo acá escribiendo, ustedes allá apuntando. Quiero expresarles que no existe una pizca de rabia por el hurto, nunca existió en mi tal sentimiento. Siento al contrario, un poco de nostalgia por ustedes. Verlos a ustedes, divinidades de 16 años involucrados en actos violentos no es lo que uno espera en la vida. Yo quisiera verlos alegres, bailando, luciendo sus pintas exageradas, proponiendo el nuevo mundo y entregando su amor sin medida, como lo hice yo cuando tuve esa edad. Ya sabemos que la vida no es así para todos… espero entonces que la venta ilegal de aquel celular de referencia xxx, les haya alcanzado para apaciguar algunas de sus necesidades vitales: que hayan comprado pan y chocolate y que su madre o su padre, o ustedes mismos hayan preparado alguna merienda para sentar a la familia en redondo, que hayan salido a rumbear y se hayan comprado un botella de aguardiente y se hayan enfiestado y fumaran marihuana con efectos de un viaje placentero, donde abrazaran a sus amigos y besaran a sus noviecitas e hicieran el amor de una forma que sintieran que se les salía el alma, que ese dinero lo hubiesen compartido con otros o que compraran algún regalo, que haya servido aquel hurto para que ustedes se sintieran cómodos con su existencia y que tan solo por unos segundos se haya borrado sobre la faz de la tierra las líneas de la desigualdad que separan a los hombres entre pobres y ricos, entre buenos y malos.

Les deseo también que llegue para ustedes algún rescate, es decir, alguna oportunidad; de esas que exponen los políticos por estos tiempos de elecciones y que parecen siempre invisible o imposibles, pero que de vez en cuando se presentan como milagros. Hay que tener mucha fe en las causas perdidas, tal vez sea esa la única forma de vivir con ánimo hasta que nos llegue la muerte. Hablando de muerte, quiero recordarles que los comentarios que emiten los robados o los presentes en el acto, no son una sentencia. La vida es cambiante recuerden.

Ahora bien, si por desgracia del destino o de sus propias decisiones, siguen envueltos en acciones violentas, les deseo que su muerte no llegue por manos de algún individuo que haya comprado un arma con su tarjeta de crédito, creyendo que por su condición social puede accionar el gatillo sin ningún remordimiento.  En cambio, que llegue por uno de ustedes mismos, por un caído, por otro muchacho que le tocado que sufrir los embates de este sistema de vida que nos montamos dizque la especie más inteligente. ¿Cuál es la diferencia, si al final la muerte es la muerte? Ni idea, es lo que deseo.

Besos.