Por: John Jairo Osorio
@johnjairo_21


La semana que pasó, cumplí siete años de haberme graduado de la universidad. Fui la primera persona en mi familia en haberse graduado de una universidad pública. La educación superior de “altísima calidad’ era una cosa que se suponía vedada para la gente como nosotros. Ni siquiera se pensaba en eso como una posibilidad. Hay varias fotos de ese día que aún no deja de parecerme irreal. Si no fuera por esas imágenes y el diploma que lo confirma, creería que ese rito nunca sucedió.


Escribo desde la ciudad hasta la que tuve que venir a presentar el examen de admisión, porque en mi pueblo la gente no se presentaba a la Nacional; la mayoría lo veía como una aspiración inalcanzable y a la otra mayoría ni siquiera le importaba. Primer obstáculo: no todas las personas de mi pueblo que hubieran querido presentarse a la Nacional habrían tenido la plata para pagar un tiquete hasta Manizales, la capital del Gran Caldas, la ciudad de las luces montañera. Segundo obstáculo: no toda la gente que habría podido presentarse tenía los setenta mil pesos que valía la inscripción. Ese era el primer criterio de selección: la selección artificial (invisible, silenciosa), la mano invisible del estado señalando quiénes tenían el derecho –y quienes no– de ir a la universidad.


Los recuerdos del examen son borrosos. Lo hice con sueño, en un estado mental de casi completa enajenación que me duró las tres horas que duraba la prueba. Uno o dos meses después llegó a mi correo una carta de confirmación que anunciaba que había sido admitido al programa de Antropología de la Universidad Nacional de Colombia - Sede Bogotá, con un puntaje de 725 que me ubicaba en el nada deshonroso puesto 12 de unos 35 admitidos. No sabía cómo había logrado pasar ese examen y competir por uno de treinta y cinco cupos entre cientos o miles de personas que se presentaban.


Estudiar en ‘la Nacho’ era la sensación del bloque. En el pueblo la gente decía: “es físico de la Nacional” o “es antropólogo de la Nacional” y se creaba una especie de silencio incómodo en señal de reverencia. Era como llegar al Nirvana de la academia, al paroxismo de la nerditud. Recuerdo que, de los 35 que entramos en mi generación, solamente nos graduamos unos 13. Mi papá decía que me iba a volver guerrillero por estudiar en esa universidad de comunistas. Algunos de esos camaradas que nunca se graduaron eran miembros de los grupos de capuchos que se pasaban de carrera en carrera recuperando adeptos para la lucha. Otros, la mayoría en realidad, fueron compañeras que quedaron embarazadas o compañeros que tenían que trabajar para ayudar al sostenimiento de sus familias; otros venían de provincias y regiones apartadas y no les alcanzaba la plata para sostenerse en Bogotá, porque además los programas de residencias y restaurantes universitarios venían siendo desmontados progresivamente por los gobiernos neoliberales. Ya no se hablaba de ‘bienestar estudiantil’.


La antropología era una carrera para gente rica con gustos excéntricos que muy poca gente se podía dar el lujo de pagar. Por eso, todas las universidades de élite en el mundo tienen programas de antropología, que es la ciencia de la dominación de los otros –de la manipulación por excelencia– y no por nada es la profesión del rey Carlos IV y de Andrés Carne de res y de otros viejos bastante detestables (varios de los cuales me dictaron clases en la universidad). La mayoría de las personas con las que estudié venían de colegios privados bilingües –o de pedagogía alternativa, si eran jipis– por los que sus papás pagan pensiones considerables. La decoración de sus casas era muy distinta de la mía y tenían souvenires que habían traído de sus viajes por el mundo. Cuando menos, eran hijos de profesores de colegio o de funcionarios públicos que habían estudiado profesiones liberales. Más o menos la mitad eran de Bogotá. 


A mí me daba pena decir que vivía en el Calvo Sur, un barrio de clase obrera raso al que habían llegado a vivir unos cuasiparientes de mi mamá en los años 90. Ahí me alquilaban una habitación de estudiante que convertí en mi madriguera durante mis primeros años en la selva de cemento. Al principio me costaba moverme por la ciudad, me sentía desorientado y casi siempre llevaba los zapatos mojados, porque en el segundo semestre de 2011, año en que llegué a la capital, hizo un invierno terrible. En esa época todavía no tenía botas de Barbie antropóloga, que debían ser Brahma, Merrel, Columbia o North Face, según el estatus del personal.


Tuve mi primer computador portátil a los 17 años. Cursaba segundo semestre y me lo regaló un tío que en ese entonces era el alcalde del pueblo. Al principio, tenía que hacer los trabajos en un ipad que había comprado con la plata de una rifa y los ahorros de las ventas de un playstation 2 y una bicicleta que me había ganado en las olimpíadas departamentales de matemáticas cuando me gradúe de once (pese a que mis habilidades con las matemáticas eran más bien escasas. Cabe aclarar que sólo competíamos entre estudiantes de colegios públicos; si nos hubieran medido con los privados nos habrían superado a todos). Durante ese primer semestre de Universidad, otra cuasipariente de mi mamá que vivía por el estadio el Campín, a poco más de un kilómetro de la Nacional –dueños de un negocio de útiles escolares en el mercado de San Victorino, epicentro del comercio popular de Bogotá– me regalaban el almuerzo. 


Casi todos los días cuando salía de clase, caminaba desde la universidad hasta el edificio de cuatro pisos en el que vivían –a una estación de Transmilenio de distancia–, y subía hasta su apartamento sintiéndome un poco apenado. Tengo con ellos una gratitud infinita. No hice muchos amigos en mis primeros años de universidad. A veces me sentía en un mundo al que no pertenecía. Los primeros semestres tuve que invertir mucho tiempo en la lectura de unos textos larguísimos en inglés y esforzarme demasiado para obtener las mejores notas: sentía que tenía que liberar a mis papás de la carga de pagar el semestre, pues ya eran suficientes gastos con mi manutención en Bogotá. 


El 23 de agosto de 2016, martes, me gradué con honores de “la mejor universidad pública del país”. Tenía una pinta un poco extravagante que mi mamá me había comprado en un Zara de Taiwán, donde estaba viviendo en esa época por casualidades del destino. Su nuevo esposo, un gringo, vino también a la ceremonia, como tomando parte en un logro del que quizá en parte se sentía responsable. Muchas personas tuvieron parte para que yo pudiera obtener mi título: incluyendo a mi tío, que me llevó a Manizales con su novia en un Twingo un domingo a las 5 de la mañana, porque tenía que estar a las 8 AM en sitio del examen. Nunca sabremos quiénes terminaron contribuyendo para que lográramos nuestros sueños en la vida.  Al final, recibí el diploma como un título de nobleza, unas extrañas credenciales que no sabía muy bien para qué me servían. Lo importante era que en el pueblo mis papás podían decir que tenían un hijo que se había graduado de antropólogo en la Nacional y que hicimos una fiesta en la finca de mi excuñado en la que la gente se hartó tanto de guaro y de comida, que un amigo terminó quemando el pasto con su vómito.