Amparo es un monumento de mujer
Me han dicho que tiene Alzheimer. Esa maldita enfermedad con nombre de doctor alemán (¡siempre Alemania! Por qué todos los males y los bienes del mundo tienen que venir de ese bendito país... Y no vayan a decirme racista. Bueno, en estricto sentido, no es que la enfermedad se la inventaran allá. Únicamente la “descubrieron”. [Des-cubrir, vaya verbo, vaya palabra]).
Volvamos al Alzheimer: uno de los hombres que más ha estudiado esa enfermedad en el mundo es un médico Paisa, de la Universidad de Antioquia, que ha descubierto “el gen Paisa” en un grupo de familias de un pueblito Paisa perdido entre la niebla y las cumbres de las montañas, que se llama Yarumal y es plateado como el paraíso (no entiendo por qué este corrector de texto me pone "paisa" con mayúscula, si en castellano los gentilicios no lo exigen al comienzo de la puta palabra. Bueno, eso a nadie le importa).
Lo que nos convoca en este texto es mi abuela, Doña Amparo: ese monumento de mujer. Nació en octubre de 1953 en Pereira. Le diagnosticaron la enfermedad en el día internacional del Alzheimer del año 2022 en la misma ciudad. La vida es así de hijadeputa. Es hija de una mema del Risaralda, probablemente chamí, obligada a parir hijos para las haciendas cafeteras de los amos blancos. Ha trabajado desde que tiene uso de razón. Fue, a los doce años, empleada doméstica de una señora que “la quería mucho”. Doña Cristina. Por eso le puso ese nombre a mi mamá, en señal de gratitud. Parece que le trajo algo de suerte.
Por el tiempo en que crecí, Amparo se dedicaba a la modistería y al cultivo de gallinas ponedoras (no sé si se dice así). De ambas cosas eran clientas sus vecinas y sus amigas. Porque el mejor negocio es la clientela. Pero también fue panadera, hizo suspiros con claras batidas a punto de nieve por sus brazos macizos; y entregó algo de su belleza y de su juventud a señores de bien que le ofrecieron algún beneficio económico. En las pocas fotos que se conservan de la época, se la ve despampanante desfilando por las calles del pueblo. Mi abuela era una negra hermosa, que se robaba las miradas y los corazones de los transeúntes. "Una india", como siempre ha dicho mi abuelo -medio en serio, medio en broma-, que conquistó en la tribu del ‘Cacique Mokorongo’ con un conjuro que nos repitió más veces que el padrenuestro -porque quizá ése era su verdadero padrenuestro, el que le rezó a ella para que se fuera con él y mantenerla hechizada de por vida-, él, que ha sido un ateo consumado.
¡Y cómo no iba a volverse ateo un niño que recorrió las calles del país pidiendo limosna con su madre, su padrastro y hermanastras, que durmió en los andenes, que cargó maletas en el tren, que anduvo detrás del padre García Herreros, del Minuto de Dios, mendigándole una casa y que recién nacido casi se muere de raquitismo!
Pero volvamos a mi abuela, que se me hace difusa, que se me escurre entre tanto recoveco de la Historia. Mi abuela, que ganó un marido pero perdió un hijo en el delirio obsesivo del bazuco. Hubo un tiempo en que a Amparo le gustaron mucho los bordados de Cartago y un vestido café con un estampado de la tumba de un indio que tenía por la época en que cumplió 50 años. Años después, por los días en que perdía su poder el cartel de la mafia que mandaba en esa ciudad, mi abuela tuvo que volver a Cartago a visitar en la cárcel a mi tío, condenado a varios años por hurto y otros delitos menores.
Tener un hijo ladrón; una hija puta: el drama de todas las familias colombianas. Ni se diga de un hijo marica o un hijo vicioso. A esos hay que ir a buscarlos en las morgues, en catálogos de fotos siniestras de hombres muertos y desaparecidos, de los que había decenas de miles en este país, que todavía no reconoce la dimensión del dolor y la tragedia. Aquí había que tener hijos narcos, políticos, violadores, militares o policías –si es que no son sinónimos todos esos sustantivos–, a menos que uno quisiera ir a visitarlos en un centro de reclusión.
Amparo fue mi primer amor, mi primera experiencia de la poesía; de que en el mundo había razones para aspirar a ser mejores, o al menos distintos, de lo que en algún momento fuimos. Desde que tengo memoria, mi abuela se levanta a las siete y media de la mañana, poner a hervir la aguadepanela mientras se baña, hace el desayuno y le alista a mi abuelo la ropa que deberá usar ese día. Así funciona su estricto régimen militar, porque una mujer tan trabajadora nunca se habría aguantado a un hombre que no hubiese sido capaz de medio seguirle el ritmo.
"Simoyote guariguako, guariguako semusey, lenguanchire poporeando teyenare sumakey": estas, decía mi abuelo, habían sido las palabras mágicas, el conjuro con el que había logrado encantar a su Negrita. Su Negrita lava, cocina, hace el mercado, va a los bancos, paga los recibos, habla con los proveedores, va a hacer vueltas en la capital y atiende el negocio parejo con él. Sigue siendo la niña que su madre parió para los amos blancos. Solo que ahora el amo blanco se ha convertido en su esposo. O sea que la sociedad progresa: antes era solo la esclava.
Mi abuela lleva el pelo corto desde que la conozco. Le fastidia el calor y le encantan las palabrotas. Se la pasa diciendo hijueputa, malparido, con tanto fervor que se ha convertido casi en una institución y hasta hay hombres que le piden que los insulte (parece ser que los excita). A doña Amparo todo el mundo la respeta, porque sus groserías son dichas con tanta gracia y cariño que la gente, en vez de ofenderse, se alegra de ser insultada por ese portento de mujer que mi abuela sigue siendo a sus casi setenta años. Todavía tiene las nalgas firmes y las piernas apretadas y los senos turgentes de la juventud. Es rozagante y conservada, de una belleza tan sobria que no necesita llamar la atención.
Cuando me dijeron que tenía un probable diagnóstico de Alzheimer, me puse a llorar. No podía tolerar la idea de que un día mi abuelita se olvidara de mí. La mujer que me había enseñado la canción de Pinocho acunándome entre sus piernas, sentados en el andén de la casa. La matrona que me había enseñado a recitar: "del cielo cayó un pañuelo, pintado de mil colores, y en la puntica decía: ¡abuelita de mis amores!"; o “qué alta que está la luna, un lucero la acompaña. ¡Qué triste se pone un hombre, cuando una mujer lo engaña!”... Aunque también: "Qué alta que está la luna, redonda como una fruta, y si se llega a caer... !Qué golpe tan hijueputa!". La poesía más pura, noble, desafectada e inocente que alguien me pudiera haber transmitido a mis cinco años.
Es posible que en un termino de meses, o años, mi abuela pierda para siempre estos recuerdos. Que olvide cómo le cantaba, de niño, el coro de esa canción de despecho que ella me había enseñado: "que nos muraaamos funtos... que nos entieeeeerren funtos...". Me he preguntado si un ser humano vaciado de memoria sigue siendo el mismo ser humano, como un computador vaciado de memoria sigue siendo el mismo computador. La respuesta puede ser más complicada de lo que parece. Temo mucho que llegue el día en que mi abuela no sepa la fecha ni la hora y cuando la salude tiernamente, me pregunte: ¿usted quién es?

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