Por John Osorio Giraldo 

Crecí escuchando música popular en la casa de mis abuelos. Mientras cocinaba, mi abuela ponía guascas y carrileras y cantaba a todo pecho, con su voz chillona, por los pasillos de la casa. La música era una forma de saber que doña Amparo estaba en su salsa. Por sobre todas las cosas, amaba la música ecuatoriana: valses, boleros y pasillos. Y por sobre todos los cantantes, al más grande: Julio Jaramillo, Ruiseñor de América que, habiendo vivido apenas cuarenta y dos años, alcanzó a grabar 2.200 canciones y a engendrar 27 hijos antes de que la cirrosis le pasara la cuenta, como el bebedor consumado que siempre fue. Creo que mi primera relación con la poesía viene de ahí; de la conciencia de un mundo en el que la felicidad son apenas unos instantes efímeros en que nos visita la lucidez. Mi abuela, siempre estoica, tenía clara esa fatalidad del destino. A veces me preguntaba qué le producía tanto dolor o por qué se obstinaba en un despecho que a primera vista no tenía razón de ser.

 Con los años fui entendiendo que simplemente se trataba de la aceptación resignada de un estado de cosas que no era posible modificar. Comprendí que era presa de un dolor más antiguo que su frágil memoria; un dolor que había heredado de sus ancestras y que corría ciego en los ríos de la sangre; un dolor cargado durante generaciones y que sólo era posible exorcizar con música y con aguardiente. Ese desgarramiento elemental que arrastrábamos desde temprano estaba muy bien expresado en canciones como Fatalidad, El Aguacate o Calabozo de mis penas. La música de Olimpo Cárdenas, Los Cuyos, el Conjunto América, Los Visconti, Lucho Bowen, Rómulo Caicedo y Óscar Agudelo expresaba en su patetismo y su extravagancia sentimental una profunda filosofía de la vida. Para mis abuelos campesinos era la manera fundamental de expresar el dolor, la alegría, la frustración, el amor, la rabia, la tristeza, el triunfo o el desamparo.

 Recuerdo cantarle a mi abuela, sentados mirando la luna en el patio de la casa: “que nos entierren funtos, que nos muramos funtos”; haciendo eco de las canciones tristes y tiernas que a ella le gustaba escuchar. Mi abuela, que sufrió el desamor de su primer marido, que le dejó dos hijos que tuvo que criar sola, y que padeció tantas veces la carencia y el desprecio; que se acostumbró al amor conyugal por necesidad más que por pasión, que vivió el drama de tener un hijo drogadicto y que entendió temprano que había que afrontar la vida con la determinación de un condenado. Así forjó el temple recio de su carácter de madre abnegada, que peleó como una leona para defender sus hijos y sus nietos. Esa historia, que es la de muchas otras mujeres, me la cuento para explicarme en parte ese gusto por la nostalgia, ese sentimiento melancólico, ese regodeo en el dolor que lacera la carne de principio a fin.  

 La música popular –esa poesía vulgar– es la manifestación de una ética que refleja una visión elemental de la vida. La melodía de una herida abierta que da vida a las pasiones más sublimes; la encarnación de un sentido trágico de la existencia, que no tiene que ver con la negación de la belleza sino, por el contrario, con la capacidad de entender que la felicidad no existe sin un alto componente de dolor y que una y otro son sustancias que no se excluyen mutuamente porque, casi siempre, la intensidad de la tristeza es directamente proporcional a las dosis de alegría que la vida nos propicia. En esa visión descarnada de la realidad, el sufrimiento es una experiencia purificadora y terapéutica, que nos acerca a la verdad y nos prepara para ese tránsito definitivo y devastador que es la muerte.