Por: John Osorio - @johnjairo_21


Nota: Los hechos que se refieren a continuación son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.


Pachito González es un rozagante candidato a la alcaldía de Pipiripán. Su carrera política empezó en el club Panderitos Cívicos a los 8 años, cuando salía a regalarle chupetas a los niños pobres de los sectores marginales de su pueblito. A los 10 fue personerito de la escuela Santa Rosita porque prometió que en vez de colada con pan de $100 y salchichón iban a dar pasteles con gaseosa al refrigerio . A los 13 pasó a ser cachorrito del Club Social, convirtiéndose en uno de los líderes juveniles más carismáticos de la localidad. A los 16 se convirtió en personero con la promesa de que todos los viernes serían de jean day. Pachito nunca  ha sido una lumbrera, pero las Damas Moradas lo adoran porque desde chiquito fue el más rechoncho y el más piadoso de los niños vinculados en sus obras de beneficencia. Lo mariquita se lo perdonaron a cambio de que no se le notara mucho la bobada ni diera mucha lora en público, porque, ¡qué boleta!


Como cachorrito del Club Social, Pachito empezó a organizar actividades cívicas: rifas en beneficio de los señores del ancianato, caminatas ecológicas para limpiar las quebradas contaminadas, recolectas para los aguinaldos de los niños miserables en diciembre, ofrendas para las procesiones de semana santa, kits escolares a principio de año. Todo un filántropo, un prohombre, un corazón puro, ¡una hermanita de la caridad! A los 18 años, Pachito tuvo su primer contrato en el municipio. Se lo consiguió un gamonal amigo, del partido Libertad, que después se convirtió en su padrino político. Dicen las malas lenguas que el padrino le concedió muchos deseos a cambio de favores sexuales, pero no nos consta. Pachito no sabe nada ni piensa nada, pero tiene un cartón de abogado y una especialización de una prestigiosa universidad privada.


De contratista, Pachito pasó a subsecretario y de subsecretario a personero y de personero a secretario de gobierno; así fue escalando de puesto en puesto, pasando por la puerta giratoria de todas las oficinas. Desde esos cargos empezó a construir su carrera a la alcaldía, utilizando recursos públicos en beneficio propio, haciéndose el de la vista gorda ante uno que otro contrato y repartiendo corbatas entre sus amigos. Fue el rostro visible de una administración que brilló por su ausencia y copió de sus mentores políticos el estilo de los consejos comunitarios, visitando todos los fines de semana barrios y veredas, no con intenciones puras de altruismo sino con intereses electorales. Pachito renunció al cargo justo faltando el tiempo necesario para no inhabilitarse y, como un hábil y sagaz aspirante, ha buscado por todos los medios desligarse del actual mandatario.  


En los últimos meses, Pachito se ha dedicado a recorrer los rincones del municipio con papayeras y altoparlantes, haciendo rifas, sancochadas y verbenas, peluqueando calvos, bañando viejitos, besando beatas y cargando recién nacidos… No falta la que le pide para el mercado o para pagar un recibo, o que le tape una gotera. Él va flamante repartiendo uno que otro billete, tomándose fotos con quinceañeras y dándole abrazos a todo el mundo. Pachito promueve su campaña a través de un movimiento significativo de ciudadanos y recoge firmas para venderse como un candidato independiente; pero sólo lo hace para saltarse la ley y adelantar el comienzo de su campaña, porque a la vez está lagarteando el aval de varios partidos políticos. No ha ocupado ningún cargo de elección popular, pero quiere ser alcalde a toda costa y cuenta con la astucia para lograrlo. Pachito sabe que la apuesta es grande pero tiene claro que su ambición es mayor. Tampoco es que haga falta mucha malicia para ser la primera autoridad de un pueblo donde la gente vende el voto por dos tamales masacotudos, cien mil pesos o un contratico de tres meses por el que paga el 10% de vacuna.