Por: John Jairo Osorio - @johnjairo_21


Por estos días, el mundo occidental celebra el cacareado “mes del orgullo LBBTQ+”. Las maricas se visten de fantasía y salen a las calles a derramar su pluma, a proclamar su afeminamiento, a despampanar con su exuberancia; a reclamar nuestro lugar en el mundo. Mucho color y mucho brillo; mucho espectáculo y mucho ruido. Las marcas más reconocidas y las entidades estatales –que el resto del año no realizan ninguna acción afirmativa– se visten de arcoiris en una estrategia de marketing que asegura promover la diversidad. Las grandes ciudades organizan desfiles exuberantes por sus principales avenidas y los gays salen en vistosísimas carrozas luciendo sus músculos de gimnasio, sus bronceados de telenovela, sus rostros de portada de revista. Cada tribu hace gala de sus principales atributos: drag queens, osos, fetichistas, leather lovers, bedesemeros. Las locas exhiben sus cuerpos lujuriosos en el sol del verano al deseo reprimido de los transeuntes.


Sinceramente, ya no sé cuál es la diversidad que promueve un movimiento que encuentro cada vez más homogéneo. Lo gay se rige por los mismos valores, la mayoría heredados del mundo blanco anglosajón, del norte global y su influencia cultural sobre las sociedades colonizadas del ‘tercer mundo’. Hay poco espacio para la disidencia, e incluso, la disidencia se convierte en un lugar de nuevas exclusiones. Parece que hay una sola manera de entender lo cuir, unas formas validadas de vivir las identidades trasgresoras de la heteronorma. Existe incluso una pretendida policía del género, que se encarga de señalar quién es lo suficientemente maricón y quién es apenas un homosexual timorato. Aparecen cada vez más categorías, produciendo una atomización de identidades que dificulta la articulación política; cada grupito se separa con sus propias luchas particulares y segrega al resto porque no cumple con los requisitos de pertenencia a su inmaculado club de la legitimidad no-binaria, poliamorosa y pansexual.


Es que no somos lo suficientemente vanguardistas. En la mayoría de esas identidades neocoloniales no caben las maricas pobres, ni las gordas, ni las feas, ni las negras, ni las indígenas. En el paraíso blanco-mestizo de la opulencia neomaricona no entran las travestis con sida, ni las locas de pueblo, ni los viejos cacorros –alopécicos y barrigones–, ni los campesinos heterocuriosos, que resultan demasiado ‘agropecuarios’. El protagonismo y los discursos son para les marikes del selecto club de las teorías cuir, de la performancia de género y de la testosterona afeminada estilo butch queen. Y ni hablar de las lesbianas machorras, de las trans de barrio, de las putas baratas, de los hombres trans y de los homosexuales católicos. En el mejor de los casos, esas son las testigas mudas de la explosión multicolor de la alharaca diversa.


Porque ser pobre y maricón es peor; y lo gay es blanco, como señaló la gran Pedro Lemebel, la más ácida y sidosa de las locas latinas. Y no pretendo aquí sentar cátedra o dar una cantaleta: yo mismo hablo desde mis privilegios de marica mestiza de clase media baja y por eso mismo me cuestiono y cuestiono a un movimiento en el que cada vez más personas dejamos de sentirnos representadas. Eso no significa que desconozca la importancia del movimiento LGBTQ en el reconocimiento de nuestros derechos; el camino que nuestras ancestras recorrieron para que pudiéramos ocupar este lugar y las cientos de personas que sacrificaron sus vidas para que se nos reconociera como sujetos válidos dentro de la sociedad. Lo que quiero es llamar la atención sobre el riesgo que implican las múltiples maneras de etiquetarnos, diferenciarnos, separarnos; el exacerbado culto a la identidad y a la apariencia estética; los cánones y las nuevas hegemonías que se nos imponen; la competencia permanente entre hermanes por ver quién es más radical, más maricón, más queer. Porque, más que una moda pasajera o una teoría de género importada del mundo desarrollado, lo que está en juego es la dignidad humana, la libertad y la identidad de personas que están buscando hacerse un lugar en el mundo, ser reconocidas en su diferencia y aceptadas plenamente en su normalidad o anormalidad, sin depender de la mirada de quien observa.