Por John Osorio Giraldo - @johnjairo_21
A veces pienso en
el suicidio. Como posibilidad o como condena. Sé que no me quiero morir, sobre
todo por una cuestión de orgullo: no quiero darle la razón a la gente que
piensa que debería morirme. Yo mismo he pensado a veces que estaría mejor
muerto que vivo. La vida me pesa demasiado y siento que no estoy preparado; hay
ocasiones en las que considero que no sirvo para vivir. Cuando dije que era
marica, me dijeron que iba a morirme de sida. Me dijeron que me merecía la
muerte. Yo era el mal, la enfermedad, el castigo. En este mundo hay cuerpos que
merecen vivir y cuerpos desechados para la muerte. Cuerpos que importan y
cuerpos que no importan: eso que llaman necropolítica. Desde que me declaré
homosexual y empecé a vivir mi sexualidad con libertad, mi cuerpo se volvió
objeto de control del sistema médico-político. Soy un cuerpo sospechoso,
abyecto, desviado. Un cuerpo que se desinscribe del libreto de la
heterosexualidad y la familia.
Pero sobre todo soy
un cuerpo que duele. Que duele en mí y en otrxs; en aquellxs que –por cualquier
razón– me aman o han amado. Llevo meses padeciendo un dolor que no logro ubicar
en ninguna parte de mi cuerpo. Un peso que dificulta mis movimientos y que no
me deja concentrarme. Hace un par de años me diagnosticaron distimia, un trastorno que los manuales
de psiquiatría definen como “depresión recurrente”. Esta enfermedad se
caracteriza por generar oscilaciones en el estado de ánimo, con períodos de
euforia y fases prolongadas de tristeza y angustia. No se conoce muy bien su origen,
pero parece que tiene determinantes genéticos que se pueden desencadenar como
consecuencia de traumas y experiencias dolorosas. Es normal que me despierte
con ganas de llorar y que sienta que la gente me odia. Es normal que sienta una
tristeza inexplicable que permea hasta el último de los poros de mi piel. Es
normal que padezca una desesperanza que me hace creer que ya nada tiene sentido
y que mi vida es una cadena de fracasos.
He perdido casi
totalmente la confianza en mí. Dudo de mis talentos y de mis capacidades; me
autosaboteo. Me he aislado casi completamente del mundo y la enfermedad me ha
llevado a perder a casi todos mis amigos. La depresión es un mal silencioso,
invisible, que te va minando por dentro. Como un nido de comejenes que se va comiendo
el tronco de un árbol hasta dejarlo completamente hueco. Un vacío que se
instala en el corazón y que te hace sentir que no eres nadie, que no vales
nada, que hagas lo que hagas no vas a ser feliz aunque tengas todo para serlo.
Una bilis negra que se riega por el cuerpo y te impregna de amargura. Una
desazón permanente, una inquietud lacerante, que te hacen sentir muerto por
dentro. Hace meses soy un zombie, mitad vivo-mitad muerto, que no supera su
depresión y que intenta hacerse fuerte a punta de exigencias y sacrificios.
Tengo distimia: vivo a destiempo, en un desfase permanente entre la realidad y
la emoción, porque para mí todo se ve blanco y negro. Distimia: la ausencia de
timo, es decir, de dirección, que no me deja saber hacia dónde voy, que me hace
sentir perdido y desorientado, sin norte y sin rumbo fijo; abandonado a merced
de mi soledad.
Eso es lo que me
hace sentir la depresión. Es difícil expresarlo con palabras. La depresión
enmudece, calla; es tu forma de decirte que es poderosa, que es más fuerte que
tus propias fuerzas; la depresión abate el espíritu y te roba las pocas
energías que te quedan. Por eso las personas con depresión nos sentimos
fracasadas y casi siempre queremos rendirnos. Nada vale la pena, porque por más
empeño que pongamos en hacer bien las cosas siempre vamos a sentir que algo
hace falta, que no somos merecedores, que otras personas lo podrían hacer
mejor. Entonces la gente que nos rodea empieza a rechazarnos: es que es muy
sensible; es que llora por todo; es que no le gusta trabajar; es que se enoja
muy fácil; es que se complica demasiado; es que deja todo tirado y hace las
cosas mal. Las personas con depresión vivimos en un cortocircuito permanente;
en un remolino de pensamientos circulares. Nos cuesta concretar una idea o
materializar un propósito, porque esta enfermedad nos roba la voluntad, nos
minimiza y nos empequeñece, haciéndonos creer que no valemos la pena, que solo
importan nuestros defectos, el lado negativo y retorcido de nosotros mismos.
El 5% de la población
mundial padece de depresión. Cada año se suicidan más de 700 mil personas.
Colombia es el país de América Latina con los índices más altos de esta
enfermedad. El sistema de salud no atiende de manera adecuada a los pacientes
que sufrimos este transtorno: por el contrario, se nos ridiculiza y se nos
violenta permanentemente. El fin de semana, un amigo se intoxicó por combinar
tramadol con cerveza. Tiene una depresión que no ha sido tratada y un entorno
familiar y social que la generan más estrés. No tiene las condiciones idóneas
para un tratamiento. Las personas con depresión necesitamos redes sólidas de
apoyo y acompañamiento, que las personas que nos rodean comprendan que se trata
de una enfermedad tan grave como el cáncer o la esclerosis; y que no estamos
tristes, angustiados o apáticos por capricho, sino porque vivimos con un
trastorno fisiológico que se manifiesta dolorosamente en nuestros estados de
ánimo.
Publicar un comentario
0 Comentarios