Por Martín Bolívar Flórez - @martinbolirez

 

“ÆDIPUS NO MATARÍA A SU PADRE:

lo colmaría de regalos

Aunque el mito decía en su origen

que Ædipus mataría al padre

Yo Ædipus al ser artista

inventé una forma para mi vida

de ser diferente de mi padre

sin odiarlo ni matarlo en mí”

Raúl Gómez Jattin

 

Mi padre se parece a Don Ramón: le gusta usar gorros maltrechos, se viste siempre desparpajado y mi mamá lo apodaba “el garabato” por su extrema delgadez. A veces se deja el bigote y más se parece. Ha trabajado en cantidad de oficios y se levanta el dinero honradamente, pero igual que el personaje del Chavo del Ocho, ha vivido siempre “pelado”. Se gasta la plata en helados para sus hijos y sus sobrinos, se gasta la plata en cerveza, se gasta la plata con los mendigos comiendo en cualquier panadería en la madrugada, se gasta la plata adoptando un perro callejero al que llamó Don Ciro, se gastó la plata en bohemia y mujeres. Tiene también los ademanes, los movimientos, los chistes y las muecas, y estalla a veces de la rabia moviendo sus manos y chapaleando como un niño. Eso sí,  nunca ha  llevado a casos extremos las chiripiorcas que se le pasan rápido, a pesar de que a mi madre y a la madre de mis hermanas y a las tantas novias y amantes que tuvo, les gustaba increparlo por su mera existencia como hacía doña Florinda con su vecino del número 72.

Un día llegó mi padre con la noticia de un viaje. Nos llevaría a pasear a mis hermanas, a un sobrino suyo (el que más lo quiere) y a mí. No nos dijo el destino, solo afirmó que necesitaríamos ropa de verano. Nos recogió de madrugada en su jeep azul destartalado y en medio de un aguacero sin pausa, nos dirigimos a Armenia para tomar un bus con rumbo a Buga La Milagrosa. Yo tenía miedo, como siempre lo tuve de niño con mi papá, al que miraba con desconfianza. Esa madrugada aún más: nos había dicho que haría verano y nos recogió en medio de una tormenta, y yo no sabía si creerle, es que siempre ha sido tan tomador de pelo. Después el martirio de pensar que el paseo sería a Buga, ese sitio donde tantas veces mi mamá me llevó a misas aburridas donde la gente entra de rodillas a la iglesia para que se les cumplan los milagros. Llegamos a Buga con cara de aburridos cuando aclaraba el día.  Fue ahí cuando mi padre nos dio la sorpresa, esa que estoy seguro nunca olvidaremos los participantes del paseo. Nos obsequió el viaje que digo yo, lo hace sentir a uno partícipe de la vida, sobre todo si uno ha crecido en una familia de clase obrera: Nos llevó a conocer el mar.

Algunos dicen que Roberto Gómez Bolaños “Chespirito” solo se dedicó a realizar una apología a la pobreza con sus series, en cambio yo pienso que es un genio y que su genialidad radica en que, representó perfectamente a las familias de clase media baja de toda Latinoamérica. Así como la vecindad viaja a Acapulco, así mismo viajó mi padre con nosotros a Buenaventura. Paseos que se conciben desde los esfuerzos de los trabajadores y desde la fe. Ahora que repetía el capítulo para escribir esta columna, comprobé que así como Don Ramón se ganó el viaje en una rifa, mi padre también tuvo un golpe de suerte para poder llevarnos hasta ese mar de playas negras, había hecho un préstamo con algún banco para invertir en su empresa y había sacado un porcentaje para que nosotros conociéramos  La Bocana, Juanchaco y Ladrilleros, y tragáramos agua salada y nos revolcáramos en las olas enormes o que uno ve enormes porque no está acostumbrado a tanta grandeza. Ese mismo crédito fue el que lo condenó a la quiebra, y así mismo como el señor Barriga le cobró eternamente la renta a Don Ramón, a mi padre todavía le cobran intereses por deudas de más de 15 años.

Estar frente al mar por primera vez y de la mano de mi padre, ha sido de las experiencias más confortables que he tenido en mi vida. Creo que ese día aprendí  sobre la inmensidad y sobre su compañera la pequeñez y sobre pertenecer. Qué lindo fue el esfuerzo de mi padre, que lindo nacer donde nací, que bueno las familias disfuncionales y que bueno poder perdonar y entender al padre, juzgarlo poco y abrazarlo mucho. El mío que se parece al personaje noble y chabacán de una serie cómica, y el de ustedes que seguramente también tiene su referencia y su vida atropellada, y yo padre que también espero el perdón algún día: que sea diferente a mí, pero que no me mate ni me odie en ella.