Por Martín Bolívar 

Se alza la temperatura en el departamento del Quindío y con ella, la calentura de las diferentes campañas políticas que buscan ocupar los cargos de concejales, diputados, alcaldes y gobernador. Se recogen firmas, se ponen pancartas ilegalmente, se despide, se contrata y se vuelve a despedir a la gente (sobre todo a los jóvenes) de los trabajos públicos, se vigilan las redes sociales, se prohíben  las amistades, se silencia a los que critican. El departamento más pequeño de Colombia, entra lentamente en la zozobra. Mientras escribo esto en una famosa cafetería de mi pueblo, dos mujeres comentan en otra mesa, sobre las reuniones políticas que deben armar en sus casas para poder conservar sus empleos en la alcaldía. Los candidatos por su parte, caminan por los sitios donde nunca antes habían caminado y por donde no van a volver a pasar en cuatro años, hasta que haya otra vez elecciones. Saludan, abrazan, prometen, fingen, pagan los recibos, llegan con mercados, se unen, se desesperan por el aval, hacen hasta lo imposible por ganar. Llegan tan cansados a gobernar, que el pequeñísimo animo que les queda, lo destinan para llenar sus bolsillos de riquezas a costilla del pueblo.

Yo soy de los que piensa que no hay político correcto. Todos son para mí, unos viejos zorros, unos jugadores de póker. Y esto no lo digo con el ánimo de condenar: así es la política, así ha sido siempre, un maravilloso juego. Lo que me molesta en la actualidad es el descaro llevado al límite. No les basta con meter chanchullo en todos los procesos: la plata de los niños, la plata de los servicios públicos, la plata del sida, la plata de la casa, la plata de las vías. Ahora hay que sumarle a ese mal incorregible, la falta de visión de la mayoría de candidatos. Hace muchos años el departamento no es liderado por personas medianamente inteligentes, no existen propuestas claras, no conocen el territorio. El Quindío por su parte se desborda, llegan foráneos a comprar casas campestres y los de aquí se van por el hueco en busca del sueño americano. Armenia colapsa con el tráfico, los hospitales bajan de nivel o se cierran, la universidad  pública en entredicho por temas de corrupción, la vida se encarece. Quimbaya, Montenegro y La Tebaida sumergidos en la violencia y la mendicidad, los pueblos de la cordillera invadidos por monocultivos y los del norte, prostituyéndose con el turismo. Todo va mal. Al paso que vamos, los quindianos no tendremos dónde y de qué vivir.

Aquí nos tienen embobados hace mucho tiempo. Les ha funcionado tanto el circo que terminamos aceptando que un fantasma (porque nunca nadie lo ve) con apodo sonoro, tenga tentáculos en todos y cada uno de los partidos políticos. Tentáculos que sirven para poner payasos en el poder. Perdón, si me altero mucho y lastimo los sentimientos de mis amigos políticos, pero es que la esperanza de un mundo mejor está cada vez más lejos. Pero que va, a ustedes no les interesa eso, el pueblo nunca ha sido su prioridad. Así que adelante, acaben rápido con esto: es lo que merecemos.