Por Martín Bolívar Flórez 

Hace pocos días vi la película Todo en todas partes al mismo tiempo, la cual resultó ganadora del premio Oscar en su versión 95 (año 2023), convirtiéndose de ese modo, en la primera cinta de ciencia ficción en obtener el importante premio. La película cuenta la historia de una mujer asiática residente en los Estados Unidos, que intenta resolver varios asuntos de su vida: el trabajo, las deudas, sus relaciones interpersonales. En ese afán por cumplir a cabalidad con todo lo que a ella le parece correcto, se ha sumergido en el pesimismo y en el anhelo de tener otra vida. Este conflicto acompañado de la creatividad de los directores y  de la manía de mostrar universos paralelos, montan al espectador en un viaje extremadamente raro donde se ven artes marciales, elementos absurdos, conversaciones entre rocas y personas con dedos de salchicha. Un espectáculo grotesco en versión audiovisual, que describe al hombre actual altamente deprimido por lo que no tiene, que sueña con ser otro; que dejó de lado el misticismo para convertirse en un ser arrepentido de sus decisiones.

Decía mi abuela Matilde que la mejor decisión es la que se tomó. Esta sentencia de las tantas que decía, coincide particularmente con el final del filme. Un final floripondio de los que odiamos en la actualidad porque expresa un llamado a la resignación, mejor dicho, un final que plantea la aceptación de nuestro destino. En el mundo contemporáneo, la mayoría de nosotros deambulamos constantemente en el anhelo de ser otros. En estos estados fatídicos de pensamiento, donde solo hallamos frustración generándonos miles de interrogantes que arremeten contra la vida que llevamos, perdemos tanto tiempo que desaprovechamos la oportunidad dada, esa que es igual para todos: la existencia. Van a decir ustedes los lectores que en definitiva, me dejé llevar por un positivismo pendejo y que, el despertar día tras día visto como una oportunidad no es igual ni tan fácil para todos, y yo les tendré que decir que tienen razón. Pero también les diré que en este escrito quiero ir más allá.

El más allá del que escribo, sobrepasa las condiciones sociales, lo político y lo terrenal. Es la existencia descrita en lo mágico. Los sucesos inexplicables que nos tienen existiendo aquí y ahora: ¿Big Bang? ¿Adán y Eva? ¿Polvo de estrellas? A veces pienso que esto, no es más que un libro infantil con láminas plegables que abre diariamente un dios de otro planeta, que nos pone a funcionar a su gusto. Este pensamiento a veces me permite dejar los eternos cuestionamientos y disfrutar lo que me tocó. Si nadie tiene una respuesta certera de qué es esto a lo que llamamos vida y que ni siquiera sabemos si es real o no, por qué tengo yo que mortificarme con cuestionamiento banales que en realidad son comparaciones con la forma de existir de los otros. Claro que esto de buscar la luz en la aceptación de ser colombiano, hijo de M y de J, de hacer teatro en un pueblo muy pequeño, de escribir sin un ápice de confianza en las retribuciones económicas, entre otras cosas, pelean diariamente con un “multiverso” llamado redes sociales, que me invitan a trabajar como esclavo para comer un desayuno en París, que me dice que mis padres me traumaron con sus falencias afectivas, que me recalca que ya no ganaré un Oscar a mejor actor y que evidencian que mi escritura está plagada de eso que los académicos  llaman “lugares comunes” y que todo lo que hago no sirve, porque no me llena los bolsillos para luego disfrutar de los viajes que describiré en mi perfil de Facebook, de los bufés en lujosos restaurantes, del sexo duro y con varios hombres como veo en Twitter y de la vida llena de fama y éxito como se ve en Instragram.

Al final como la protagonista de la película, me he prepuesto luchar no para cambiar mis entornos sino para disfrutarlos, quién sabe cuánto más podré estar aquí con ustedes, molestando con cadenas de escritos, acariciando el pelaje de mi perra y suspirando después de escuchar el sonido del teclado: tic, tac, tic.