El anhelo de tenerlo todo.
Hace pocos días vi la
película Todo en todas partes al mismo
tiempo, la cual resultó ganadora del premio Oscar en su versión 95 (año
2023), convirtiéndose de ese modo, en la primera cinta de ciencia ficción en
obtener el importante premio. La película cuenta la historia de una mujer
asiática residente en los Estados Unidos, que intenta resolver varios asuntos
de su vida: el trabajo, las deudas, sus relaciones interpersonales. En ese afán
por cumplir a cabalidad con todo lo que a ella le parece correcto, se ha sumergido
en el pesimismo y en el anhelo de tener otra vida. Este conflicto acompañado de
la creatividad de los directores y de la
manía de mostrar universos paralelos, montan al espectador en un viaje extremadamente
raro donde se ven artes marciales, elementos absurdos, conversaciones entre
rocas y personas con dedos de salchicha. Un espectáculo grotesco en versión
audiovisual, que describe al hombre actual altamente deprimido por lo que no tiene,
que sueña con ser otro; que dejó de lado el misticismo para convertirse en un
ser arrepentido de sus decisiones.
Decía mi abuela Matilde que
la mejor decisión es la que se tomó. Esta sentencia de las tantas que decía,
coincide particularmente con el final del filme. Un final floripondio de los
que odiamos en la actualidad porque expresa un llamado a la resignación, mejor
dicho, un final que plantea la aceptación de nuestro destino. En el mundo
contemporáneo, la mayoría de nosotros deambulamos constantemente en el anhelo
de ser otros. En estos estados fatídicos de pensamiento, donde solo hallamos
frustración generándonos miles de interrogantes que arremeten contra la vida
que llevamos, perdemos tanto tiempo que desaprovechamos la oportunidad dada,
esa que es igual para todos: la existencia. Van a decir ustedes los lectores
que en definitiva, me dejé llevar por un positivismo pendejo y que, el
despertar día tras día visto como una oportunidad no es igual ni tan fácil para
todos, y yo les tendré que decir que tienen razón. Pero también les diré que en
este escrito quiero ir más allá.
El más allá del que escribo,
sobrepasa las condiciones sociales, lo político y lo terrenal. Es la existencia
descrita en lo mágico. Los sucesos inexplicables que nos tienen existiendo aquí
y ahora: ¿Big Bang? ¿Adán y Eva? ¿Polvo de estrellas? A veces pienso que esto,
no es más que un libro infantil con láminas plegables que abre diariamente un
dios de otro planeta, que nos pone a funcionar a su gusto. Este pensamiento a
veces me permite dejar los eternos cuestionamientos y disfrutar lo que me tocó.
Si nadie tiene una respuesta certera de qué es esto a lo que llamamos vida y
que ni siquiera sabemos si es real o no, por qué tengo yo que mortificarme con
cuestionamiento banales que en realidad son comparaciones con la forma de
existir de los otros. Claro que esto de buscar la luz en la aceptación de ser
colombiano, hijo de M y de J, de hacer teatro en un pueblo muy pequeño, de
escribir sin un ápice de confianza en las retribuciones económicas, entre otras
cosas, pelean diariamente con un “multiverso”
llamado redes sociales, que me invitan a trabajar como esclavo para comer un
desayuno en París, que me dice que mis padres me traumaron con sus falencias
afectivas, que me recalca que ya no ganaré un Oscar a mejor actor y que
evidencian que mi escritura está plagada de eso que los académicos llaman “lugares comunes” y que todo lo que
hago no sirve, porque no me llena los bolsillos para luego disfrutar de los
viajes que describiré en mi perfil de Facebook, de los bufés en lujosos
restaurantes, del sexo duro y con varios hombres como veo en Twitter y de la
vida llena de fama y éxito como se ve en Instragram.
Al final como la
protagonista de la película, me he prepuesto luchar no para cambiar mis
entornos sino para disfrutarlos, quién sabe cuánto más podré estar aquí con
ustedes, molestando con cadenas de escritos, acariciando el pelaje de mi perra
y suspirando después de escuchar el sonido del teclado: tic, tac, tic.

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