Contra el trabajo
Por John Osorio Giraldo.
El estado natural del ser humano es el ocio, me dijo una vez un tocayo desadaptado, que tiene por máxima la rebeldía. Asumí ese lema como filosofía de vida. Por eso elegí no tener empleo, revelarme contra toda servidumbre; lo cual no significa que no trabaje. Todo lo contrario: trabajo haciendo las cosas que me gustan, aunque el sistema no me pague por eso. Sería más funcional si consiguiera un contrato de prestación de servicios, trabajara sin horario fijo y de manera deslocalizada, pagara la seguridad social y la pensión a un sistema que no garantiza mis derechos, pidiera un crédito para pagar mi propia jaula de 80 m2 y otro para comprarme una moto a cuotas, el SOAT y la licencia de conducir. Renunciar a mi libertad para tener las cosas que el capital me hace creer que necesito o deseo. Sustraerme del trabajo es un privilegio, pero implica también ciertos sacrificios. El sistema nos castiga por no servir a sus viles intereses materiales.
Tengo un título universitario y una maestría, he cursado diplomados y especializaciones, hablo tres idiomas, publiqué un libro, he ganado becas y concursos por mi desempeño académico. Pero, aun con las calificaciones necesarias, no ha sido fácil conseguir trabajo digno porque no tengo los contactos indicados, no soy amigo de políticos influyentes, no hago lobby ni soy adepto a la lambonería; no rindo pleitesía ni tolero a los jefes ineptos pero pedantes; no regalo mi trabajo ni me dejo explotar, y exijo un salario justo por mi esfuerzo y la calidad de mi desempeño. No he logrado casi nunca adaptarme a los ambientes laborales: esos nidos de víboras donde todo el mundo lleva máscaras y está pensando cómo clavarle el puñal al prójimo. El trabajo me produce depresión y agudiza el sentimiento psicópata y antisocial que siempre me ha hecho considerarme un misántropo.
Mi caso no es, sin embargo, el de tantas personas que ni siquiera pueden elegir si salir o no a marchar porque para ellas no existen los derechos laborales ni pueden considerar el 1º de Mayo un día festivo: no tienen nada que celebrar. Recientemente he notado cómo desmejora el servicio al cliente en Colombia: en las cafeterías y las tiendas, las dependientas atienden de mala gana y miran con rencor a los clientes. Un breve sondeo entre algunas empleadas arroja una simple explicación: trabajan de seis de la mañana a ocho de la noche por 30 mil pesos, sin derecho a descanso y sin prestaciones. La crisis social y económica que vive el país empeora las condiciones de explotación laboral: la gente tiene que vender su fuerza de trabajo a cualquier precio para sobrevivir. La reforma laboral que anunció ayer con bombos y platillos Gustavo Petro desde el balcón de la Casa de Nariño –como un sumo pontífice del populismo neotropical– difícilmente beneficie a esas mujeres informales.
El trabajo
por obligación seguirá alienándonos de la pasión de crear y cada vez seremos
más los simples operarios que ejecutan las acciones mecánicas que demanda
consumo: completar formatos, crear bases de datos, recolectar evidencias,
realizar informes mensuales. No habrá espacio para pensar críticamente, para
generar espacios lúdicos en los que afloren las artes, las ciencias y la
filosofía. Cada vez seremos más esclavos de un modelo en el que el tiempo no
nos pertenece sino como un bien destinado a la producción y la vida se limita a
esos pequeños espacios que logramos robarle al trabajo.

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