Por John Osorio Giraldo

El viernes me citaron a una reunión de planeación académica para un diplomado en educación artística en el que llevo varios años impartiendo un módulo de escrituras creativas. Más de la mitad de la reunión se fue en asuntos burocráticos: explicarnos los formatos que debíamos entregar, las fechas de los pagos, los informes. Una descripción detallada de cada uno de los papeles que necesitábamos para el proceso de contratación: certificado de antecedentes disciplinarios; certificado de antecedentes penales; certificado de antecedentes judiciales; certificado de delitos sexuales; declaración de bienes y rentas; registro único tributario; tarjeta profesional, libreta militar, propuesta de servicios; todo con fecha no mayor a treinta días. Una cantidad inútil de documentos que según el estado garantizan la transparencia y la idoneidad de los servidores públicos, previniendo la corrupción; pero que en realidad sólo genera trabas y contratiempos para los trabajadores. La verdad es que de educación –que se supone era el tema principal del encuentro– se habló muy poco: sólo unas cuantas consideraciones metodológicas y unas pocas descripciones del currículo al final. De resto, meras cuestiones operativas: cronogramas, cantidad de horas por módulo, calendarios, pruebas, entrega de trabajos finales…

Hace unas semanas, presenté varios proyectos a convocatorias de entidades públicas con el objetivo de recibir financiación de las bolsas del presupuesto destinadas a las artes y la gestión cultural. Para cada uno de los proyectos, debía entregar una cantidad ingente de papeles, incluyendo declaraciones juramentadas de que el proyecto era original y no estaba plagiando o duplicando proyectos de terceros; o certificaciones de residencia y vecindad que certificaran que vivo donde afirmaba vivir. En el caso de una institución pública –a la que por malentendidos y enredos burocráticos no alcancé a entregar la documentación requerida–, exigían presentar en físico dos carpetas ‘foliadas y legajadas’ con copias idénticas de los documentos requeridos, incluyendo certificados de estudios y de experiencia laboral, que en conjunto sumaban cientos de páginas de papeles que en el mejor de los casos van a parar a una planta de reciclaje. Leguleyadas que entorpecen los procesos, en una entidad que no ha tenido la voluntad de digitalizar una convocatoria tan sencilla, en tiempos en que la ley antitrámites y la conciencia ambiental indican que se debe evitar al máximo el malgasto de recursos, y en los que las tecnologías facilitan y abrevian estos procedimientos.

La semana pasada me partieron por ir conduciendo una moto sin licencia. El policía que me detuvo en el retén se quedó esperando el acostumbrado soborno, pero yo dejé que surtiera el trámite de acuerdo con la ley. La ley que tenía el rostro y la voz y las manos de unos policías siempre dispuestos a recibir coimas, pero que en ocasiones simplemente tienen que ceñirse a la norma e imponer un comparendo con todo el rigor. El agente me entregó un tiquete y me dijo que si pagaba la multa dentro de los siguientes cinco días hábiles tenía un descuento del 50%. Él se quedó sin su plata y yo me quedé con mi deuda; mascando la rabia de un estado que aparece para sancionar pero no para cuidar, cual padre maltratador. Días después fui a pagar la multa y volvieron a ponerme trabas, mandándome de una oficina a otra, obligándome a hacer un curso y a abonar en distintas partes la suma requerida. Llegué a la conclusión de que mejor habría sido tranzar a los policías.

Ñapa: La mayoría de los empleos actuales consisten en la repetición mecánica de procedimientos que fácilmente podría realizar una máquina. La deshumanización produce seres y fríos y racionales que se limitan a cumplir órdenes, y toda gestión se reduce a llenar planillas, completar formatos, tomar fotos y ‘evidencias’ de actividades inútiles para rellenar informes y cuentas de cobro al final de cada mes. No importa que esas actividades no contribuyan a lograr los objetivos para los que supuestamente se contrata y se les paga a los trabajadores. A eso se reduce el trabajo en la era de la supuesta híperproductividad.