Por John Osorio Giraldo 

Hace unos días estuve en el cerro Batero, un lugar sagrado en las montañas que abrazan –como murallas– las poblaciones de Quinchía y Riosucio, en inmediaciones de los departamentos de Risaralda y de Caldas. Los cerros tutelares de la cordillera de los Andes –Ingrumá, Peñas Blancas, Monserrate, Patascoy, Tatamá– fueron importantes centros ceremoniales para los pueblos precolombinos, convertidos en puntos de lucha y resistencia en el período de la Conquista. En el momento de la invasión de los españoles, la región del Viejo Caldas era un territorio habitado por una serie de confederaciones de tribus y cacicazgos indígenas formados por sociedades de orfebres que cultivaban maíz, cacao, fríjoles y algodón. De ahí los nombres de Anserma, Supía, Apía, y tantos otros de nuestra intrincada geografía. Solemos ver esa herencia como una tradición que pertenece al pasado, sin darnos cuenta de que pervive en nosotros la memoria viva de nuestros ancestros; y peor aún, sin entender que esos indios Quimbaya de los que nos jactamos tanto y cuyas preciosas obras apreciamos en los museos, habitan todavía entre nosotros convertidos en pordioseros y mendigos.

 Por mucho que lo hayamos querido blanquear, este es todavía un territorio indígena. En los pueblos de la zona es posible ver los yips y las chivas cargados de gente emberá y pijao. Una breve incursión por las veredas de Balboa, La Virginia, Guática o Calarcá basta para para identificar los rastros y los rostros de un patrimonio cultural vivo, que persiste en nuestras facciones aindiadas, en nuestra lengua y en nuestra cocina. ¿O es que ustedes creen que los españoles desayunan arepa con chocolate? ¿O les suenan muy castizas palabras como tuntún, chichí o cacao? Nuestras músicas campesinas también dan cuenta de una riqueza cultural en la que los ritmos de los pueblos indígenas se amalgaman con las estructuras europeos para dar lugar al bambuco y al pasillo; más tarde, las tonadas populares harían aparecer la guasca y la carrilera, dos géneros que hacen parte de la idiosincrasia de estos pueblos cafetaleros. El Caballero Gaucho –que no es argentino sino risaraldense–, uno de nuestros grandes poetas populares, plasmó en ‘Amor indio’ un romance propio del mestizaje de nuestra tierra:

 De mi montaña azul

Que besa el cielo cerca a Dios
Voy hacia el valle
Tras de mi dulce amor,

virgen del Sol diosa sensual
Del aquelarre

Y en el harén, la vi bailar,

frente a la pira ardiente del altar
De otro dios, que no es el Dios
De mis mayores anhelo y devoción

En Quinchía cuentan todavía la historia de un amor petrificado en el paisaje. Se trata del cacique Karambá y de la cacica Michúa, dos personajes que la leyenda ha convertido en seres míticos, vivos en las montañas mágicas que rodean esta población. Karambá fue un joven guerrero que peleó contra los españoles, defendiendo su territorio de las huestes del mariscal Jorge Robledo desde las cumbres del enorme cerro Batero, hasta convertirse él mismo en la mole impresionante que domina el valle, dejando grabado su rostro sobre la pared rocosa de la montaña cuando fue finalmente abatido por los sanguinarios conquistadores. Su amada doncella, presa del más hondo dolor, se refugia entonces en los montes frente al cerro, donde sus lágrimas se convierten en dos hermosas cascadas, las Lágrimas de Michúa, con las que la princesa llora eternamente su amor.


Este otro romance, propio de las mitologías indígenas que habitan nuestro territorio, nos remite a una habilidad que perdimos: la de personificar y poetizar el paisaje, atribuyéndoles significados a las montañas, los ríos, los cerros y las lagunas. En eso se nos fue una parte de nuestra humanidad; la capacidad de sacralizar el mundo, de entender que la vida toda es un solo organismo vivo, que todo tiene espíritu, que la tierra respira y siente y se cansa. Abandonamos la ensoñación para entregarnos a la fría realidad de no ver en un pájaro más que un pájaro y en una nube más que una nube; y no la posibilidad de descifrar en sus formas un símbolo de nuestro propio destino. Esa es otra de las grandes riquezas que nos arrebató el colonialismo. Las músicas populares podrían ser un camino para retornar a esa poesía. De eso hablaremos en una próxima columna.