Amor Indio
Hace unos días
estuve en el cerro Batero, un lugar sagrado en las montañas que abrazan –como
murallas– las poblaciones de Quinchía y Riosucio, en inmediaciones de los
departamentos de Risaralda y de Caldas. Los cerros tutelares de la cordillera de
los Andes –Ingrumá, Peñas Blancas, Monserrate, Patascoy, Tatamá– fueron
importantes centros ceremoniales para los pueblos precolombinos, convertidos en
puntos de lucha y resistencia en el período de la Conquista. En el momento de
la invasión de los españoles, la región del Viejo Caldas era un territorio
habitado por una serie de confederaciones de tribus y cacicazgos indígenas
formados por sociedades de orfebres que cultivaban maíz, cacao, fríjoles y
algodón. De ahí los nombres de Anserma, Supía, Apía, y tantos otros de nuestra
intrincada geografía. Solemos ver esa herencia como una tradición que pertenece
al pasado, sin darnos cuenta de que pervive en nosotros la memoria viva de
nuestros ancestros; y peor aún, sin entender que esos indios Quimbaya de los
que nos jactamos tanto y cuyas preciosas obras apreciamos en los museos,
habitan todavía entre nosotros convertidos en pordioseros y mendigos.
Que besa el cielo
cerca a Dios
Voy hacia el valle
Tras de mi dulce amor,
virgen del Sol diosa
sensual
Del aquelarre
Y en el harén, la
vi bailar,
frente a la pira
ardiente del altar
De otro dios, que no es el Dios
De mis mayores anhelo y devoción
En Quinchía cuentan todavía la historia de un amor petrificado en el paisaje. Se trata del cacique Karambá y de la cacica Michúa, dos personajes que la leyenda ha convertido en seres míticos, vivos en las montañas mágicas que rodean esta población. Karambá fue un joven guerrero que peleó contra los españoles, defendiendo su territorio de las huestes del mariscal Jorge Robledo desde las cumbres del enorme cerro Batero, hasta convertirse él mismo en la mole impresionante que domina el valle, dejando grabado su rostro sobre la pared rocosa de la montaña cuando fue finalmente abatido por los sanguinarios conquistadores. Su amada doncella, presa del más hondo dolor, se refugia entonces en los montes frente al cerro, donde sus lágrimas se convierten en dos hermosas cascadas, las Lágrimas de Michúa, con las que la princesa llora eternamente su amor.
Este otro romance, propio de las mitologías indígenas que habitan nuestro
territorio, nos remite a una habilidad que perdimos: la de personificar y
poetizar el paisaje, atribuyéndoles significados a las montañas, los ríos, los
cerros y las lagunas. En eso se nos fue una parte de nuestra humanidad; la
capacidad de sacralizar el mundo, de entender que la vida toda es un solo
organismo vivo, que todo tiene espíritu, que la tierra respira y siente y se
cansa. Abandonamos la ensoñación para entregarnos a la fría realidad de no ver
en un pájaro más que un pájaro y en una nube más que una nube; y no la
posibilidad de descifrar en sus formas un símbolo de nuestro propio destino. Esa
es otra de las grandes riquezas que nos arrebató el colonialismo. Las músicas
populares podrían ser un camino para retornar a esa poesía. De eso hablaremos
en una próxima columna.

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