Por John Osorio Giraldo.

Están ahí, en todas partes, pero parece como si nadie los viera. Fantasmas de un mundo que produce desechos humanos, basureros de gente. Van por caminos y carreteras sin rumbo fijo, con la vida a cuestas en sacos y morrales. Arrastran en coches que ya no pertenecen a ningún bebé y en desbaratadas maletas de ruedas lo poco que les pertenece: desperdicios que les donaron los habitantes indiferentes de los pueblos y ciudades por donde transitan. Enseres gastados, ropa vieja, medias y zapatos nonos; trastos inservibles. No tienen destino. Vienen de un país que los expulsó a otro que los rechaza. Caminan y caminan con los pies ampollados. Llevan en la mirada la desesperanza y en el rostro el dolor de un mundo que los ha abandonado. Tienen las manos sucias y el cabello engrasado de alguien que lleva muchos días sin bañarse. Tienen los ojos vacíos y el gesto inexpresivo y cansado. Recorren kilómetros y kilómetros en busca de un poco de compasión. 


A veces van solos con su soledad aporreada. Otras veces van en grupos de una o varias familias. Son los nómadas del mundo globalizado, los extraños zombies de un un apocalipsis que no ha ocurrido todavía. Se los ve desfilar por valles y despeñaderos, con la piel renegrida por el sol o con los labios morados por el frío. Van siempre a la intemperie, con la vista perdida y la espalda doblada por el peso de la angustia. Comen de las sobras que les entregan los viajeros, duermen donde los coge la noche, en improvisados campamentos; descansan en parajes desolados donde lo único que se detiene es el tiempo. El tiempo sin tiempo de sus vidas despojadas. Empapados cuando llueve y resecos cuando hace calor. Indiferentes al paso de los días, con la certeza de que no tendrán suerte porque nadie está dispuesto a ayudarles en la era del egocentrismo.


Expatriados en un mundo de fronteras infames, yerran por los inhóspitos territorios del hambre. No poseen sino sus propias miserias, ni tienen más que sus meros andrajos. Nadie se conmisera de su situación. Sólo cuentan con la solidaridad de los otros exiliados. Del resto sólo reciben ultrajes y desprecios, extranjeros como son en una tierra de nadie. Deambulan de aquí para allá y de allá para acá sin encontrar nunca un lugar para el descanso. Ningún sitio les pertenece. En ninguna parte pueden decir “somos de aquí” o “esta es nuestra casa”. Hombres, mujeres y niños sin futuro, vagan indefinidamente en busca de un refugio que nadie está dispuesto a darles. Madres con sus hijos recorren la geografía accidentada de un país que perdió en sus innumerables guerras la poca humanidad que le quedaba. Son los expatriados de un éxodo sin fin, las piezas sobrantes de un mecanismo de producción en serie que ha prescindido de sus dudosos servicios. 


Siempre que ocurre una tragedia, son los desterrados las primeras víctimas del desastre: los tapan las avalanchas y los sepultan los derrumbes; se caen con los puentes y se ahogan en las inundaciones; mueren quemados en los incendios; las organizaciones criminales, legales e ilegales, los reclutan, los trafican, los venden, los masacran y los desaparecen. Pero ningún medio registra la desgracia. Ni siquiera hacen parte de las cifras oficiales. Los desarrapados nacen y mueren sin dejar rastro de su existencia. Algunos son encontrados en ríos, basureros o escombreras, y perduran como N.N. en la memoria de nadie. Esos son los que tienen peor suerte. La mayoría prefiere que ningún entrometido los rescate del olvido, para permanecer siempre en la absoluta ignorancia con que la humanidad condecora su existencia sin adornos.