Por John Osorio Giraldo

 Libro, en su etimología, es una palabra derivada del latín liber, que lleva implícito su significado en su pronunciación: libre, porque para leer hay que tener desocupadas las manos, liberados del yugo del trabajo (tripalium: otro latinismo que significa “tres palos’, y que era una forma de tortura aplicada en Roma a los esclavos); pero sobre todo porque leer es una de las formas más elevadas de la libertad. Tenemos aquí un significado tanto literal como metafórico de uno de los objetos más extraños que haya inventado la humanidad, probablemente el que más ha contribuido a la evolución, el progreso y el desarrollo de la civilización humanista, técnica y científica. Tal vez por eso todas las tiranías han realizado quemas de libros, empezando por la Santa Inquisición, que en la Edad Media arrojó al fuego cientos de textos que la iglesia católica consideraba herejes, es decir, contrarios a la “sana doctrina” de su aparato teológico. Para sostener sus dogmas, la religión persiguió y aniquiló cualquier otro sistema filosófico que se atreviera a cuestionar las verdades establecidas por la fe. De la misma forma, las dictaduras han buscado establecer una sola forma de pensamiento, un único credo que se supone deberíamos acatar sin el más mínimo reproche.

Los nazis organizaron quemas de libros en las plazas públicas de Alemania en pleno furor del nacionalsocialismo, por allá a finales de los años 30; el arte que su ideología consideraba ‘degenerado’ debía ser exterminado de la faz de la tierra. Hasta hace menos de cincuenta años, la iglesia seguía publicando un índice de ‘libros prohibidos’: títulos que un buen cristiano no debería leer si no quería condenarse a las llamas del infierno. La lista la integraban desde la teoría de la relatividad de Einstein hasta algunas novelas de Dostoyevski, pasando por textos esotéricos y místicos. Recordemos que la biblia apenas se tradujo del latín por allá en los años 70, y que estaba prohibido que la gente leyera e interpretara la biblia por sus propios medios, sin ceñirse al ‘magisterio’ de la iglesia. El conocimiento estaba vedado para las masas y no era legítimo que la gente se instruyera; porque un pueblo que lee es un pueblo libre, no importa que suene a slogan barato de campaña publicitaria.

 En Colombia también quemaron libros las vertientes más fascistas del partido Conservador. Recuerden ustedes las imágenes del exprocurador Alejandro Ordóñez lanzando al fuego las novelas de José María Vargas Vila y otros escritores liberales. Aquí también hemos tenido nuestros propios inquisidores y la censura fue brutal desde el ‘Estatuto de Seguridad’, impuesto por el gobierno de Julio César Turbay, que esta también ha sido una tierra de Césares. Pero a pesar de la insidiosa persecución, las fuerzas retardatarias nunca han conseguido silenciar completamente las voces disidentes. A eso han contribuido la prensa y los libros, que han resistido todos los avatares de la historia y se conservan vigentes en esta era de la hipermodernidad tecnológica. Los libros, esos aparatos extraños y maravillosos que le debemos a la imprenta, el magnífico invento de Johannes Gutenberg, originado en la misma tierra de Hitler, hace ya unos seis siglos.

 Hasta la aparición de esa máquina prodigiosa, los libros eran objetos raros y costosos dedicados al culto, que los monjes copistas reproducían a mano en los conventos: obras preciosas y llenas de detalles que adornaron las bibliotecas de Catedrales y Palacios, como bien lo describe Umberto Eco en El nombre de la rosa. Por eso la imprenta fue uno de los fenómenos más importantes del Renacimiento y está en el origen de la modernidad: la popularización del conocimiento y el acceso masivo a la lectura crearon las condiciones para el florecimiento de la ilustración, que condujo a no pocas revoluciones y que transformó el mundo haciendo posibles avances culturales, científicos y tecnológicos. Ningún invento como el libro –ustedes pensaran en las computadoras o en la ‘inteligencia’ artificial, pero eso no son más que imitaciones baratas– le ha permitido a la humanidad acumular, transmitir y transformar una cantidad tan masiva de conocimientos.

 La historia del libro ha sido larga y fascinante, desde los papiros egipcios hasta los tecnológicos e-books. Para llegar hasta nuestras manos, los libros han trasegado por diversas lenguas, materiales, soportes, instrumentos y formas. De todos los inventos de la humanidad –decía Borges– el libro es el más importante, porque es el único que no es una extensión del cuerpo sino del pensamiento. Por eso hago aquí un homenaje a los libros, fieles compañeros de la soledad, invocadores de mundos imaginarios, recintos de las más altas fantasías, maestros milenarios de la técnica y la ciencia. Porque un libro es un mapa hacia el país de la libertad y una biblioteca un paraíso de fantasmas y sueños.