Por: John Osorio Giraldo.

Ayer se cumplieron 75 años del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán, El Negro, el caudillo liberal y populista que por poco se hace con la presidencia de Colombia, si antes no lo hubieran aniquilado las balas ciegas de un alucinado Juan Roa Sierra, acribillado minutos después por la turba enfurecida que se tomó por asalto el centro de Bogotá para vengar a su líder caído, la tarde de ese fatal viernes de pasión. En su memoria se celebraba ayer en Colombia el Día Nacional de la Memoria y la Solidaridad con las Víctimas y –quién sabe si por pura casualidad– la resurrección de Jesús, ese otro mártir consagrado por el fervor de los milenios.


A Gaitán lo mataron un viernes, como a Cristo; una de las acostumbradas tardes culturales que el abogado penalista había convertido en el escenario de sus acalorados discursos en el Teatro Municipal de la capital del país. Salía del edificio de la Avenida Jiménez donde tenía su oficina, acompañado de dos de sus más fieles escuderos; la noche anterior había ganado la defensa de un sargento acusado de homicidio en actos relacionados con el servicio y esa misma tarde había agendado una reunión con el joven Fidel Castro, que por esos días participaba de la 9a Conferencia Panamericana organizada por la OEA. Había nacido en el barrio Las Cruces, un vecindario popular en el corazón de la ciudad y su mamá, Amparo, era una humilde maestra de escuela. Estudió derecho en la Universidad Nacional y llegó a ser uno de los más reputados penalistas de la época, haciéndose famoso por su vehemente denuncia de la masacre de Las Bananeras –auspiciada por la United Fruit Company en diciembre de 1928– en el Congreso de la República. 


Se dice que los ídolos tienen pies de barro. Gaitán no es, pese a todo, la excepción a la regla. Su figura, desgastada por décadas de historia, manoseada por partidos y grupos de todas layas, nos llega ahora borrosa. Los jóvenes de hoy no saben, ni les importa saber, quién fue ese señor que ahora ni siquiera aparece en los billetes (y que antes estuvo, no gratuitamente, en el de menor denominación). Al parecer su ideología se inspiró en el nacionalismo de Mussolini, el fascista italiano, y su discurso se vio influenciado por las teorías de la higiene social de Lombroso, pero poco se habla de eso. Conocemos poco a la persona de Gaitán: su vida íntima, sus sueños y aspiraciones personales, sus inclinaciones religiosas o espirituales nos son casi completamente ignoradas. Sabemos sí, que pretendía civilizar la nación, educando a esa caterva de indios bebedores de chicha que tuvo por compatriotas. Como alcalde de Bogotá (1936 - 1937) impuso normas de etiqueta para los servidores públicos e inauguró la primera Feria del Libro. Condenó la violencia que los terratenientes azuzaban en el campo para quedarse con las tierras de los campesinos y denunció las injusticias y las desigualdades de una sociedad con profundas diferencias de clase y marcadas brechas entre lo rural y lo urbano.


Sus esfuerzos sólo le valieron la persecución y el odio de sus enemigos, los enemigos de la paz. Como Cristo, fue traicionado por sus compañeros del partido Liberal, que prefirieron abandonarlo a su suerte y entregarle el poder a los conservadores, antes que llevarlo a la presidencia en 1946, cuando quizás este país todavía tenía arreglo. Colombia tuvo que esperar quince lustros para ver un candidato popular y progresista llegar por primera vez al poder en su historia. En lo que podría ser la resurrección de Gaitán, Petro acude recurrentemente a su imagen en sus floridos discursos. Más que en él, hoy vivimos la pascua de El Negro en otra negra de arraigo popular, abogada y lideresa social feminista. Esperemos que su lucha no sea una mera acción simbólica; que una relectura crítica de la figura del caudillo liberal –de sus virtudes y sus sombras– nos conduzca a una verdadera revolución democrática, y que los ideales de Gaitán no sean traicionados otra vez, pues sería como infligirle una segunda muerte.