Por Martín Bolívar Flórez

Ningún dolor se compara con el que siento ahora mismo. Quisiera terminar esta cerveza y beber otra más y otra más, ahogarme en licor para olvidarme que ya no está la vieja. Todos los días me levanto queriendo morir, sintiendo morir, pero no me muero. La vida sigue. Ustedes me ven acá disfrazado de alegría, intentando ser como siempre he sido: el alma de la fiesta, el de las pintas estrafalarias, el que llegaba siempre con algún muchacho. Todo ha cambiado. Ya no tengo ánimos, ni paciencia para jugar al amor. Yo creía que un día me iba a morir de amor por algún muchacho. Los he amado tanto, les he hecho el amor, les he soportado traiciones, he llorado, los he hecho llorar. Siempre se terminaba todo y sufría, al otro día del desprecio, salía el sol y con él la esperanza de un nuevo muchacho. Se acuerdan de mi canción favorita…si me enamoro algún día, me desenamoraré, me desenamoraré, para tener la alegría de enamorarme otra vez… Seguirá siendo mi canción, pero ahora la siento distinto. Siempre me he recuperado, pero esta vez es más grande que yo. Se me murió la viejecita, se murió mi madre. ¿Qué más da muchachos? ¿Qué más sigue? ¿Cuándo se quitará este taco en la garganta que no me deja respirar? No me voy a secar estas lágrimas que ven ahora, para que entiendan cuánto la quise y la quiero. Pongan, pongan la canción, esa que dice “por eso muchacho no partas ahora soñando el regreso”

Él llegaba de visita por las tardes, le llevaba dulces de panadería. Ella lo esperaba con leche caliente, servida en dos tazas de boca ancha. Conversaban de todo o guardaban silencios absolutos mientras se iban desapareciendo los brazos de reinas, las cucas y las peras cubiertas de maní. Ella lo comprendía, sabía del rechazo que sufría, pero agradecía al destino la determinación en su accionar. La madre nunca lo comprendió, nunca perdonó que el varón, el que llevaría las riendas del hogar y la fortuna de la familia, prefiriera los pechos peludos, el sudor ácido y los besos fuertes de otros hombres. Por eso a la abuela le tocó hacer de madre, por eso la abuela quedó llorando sobre su cama la noche en la que el nieto se fue de casa, dejando atrás a su madre y al peso de  la culpa que ella siempre puso sobre él. Él también partió llorando por la abuela, se fue a otro pueblo, se fue a construir otra vida. Se propuso construir una casa grande, y en los planos mentales que luego fueron materializados por un oficial de obra, adecuó una habitación para que ella pudiera vivir con él. La visitó todas las semanas hasta el día que la trajo a su nuevo hogar y, en contra del pronóstico pesimista que dice que los gais no vivimos finales felices, comieron dulces y tomaron leche por muchos años más.  

-       -Aló má…salió negativo el examen

-       -Yo le dije, usted siempre se enfrasca en los problemas. Siempre pensando en lo peor

-      -Yo sé… pero es que me da miedo, además ya le dije que he estado muy tremendo por estos días, se acuerda que le conté de ese taxista que me pitó la otra vez y…

-       -Sí, lo recuerdo. Mucho ojo. Yo también fui puta, y por eso le digo, usted no lo va a entender ahora. Pero a veces solo ensuciamos nuestro cuerpo con sudor y desechos de otros hombres. Hombres que no aportan nada.

-      -Yo sé

-      -Claro que eso también es muy bueno, estar en el voleo con los que a una le gustan

-       -

Risas

-       -Má, y si algún día doy positivo

-     -Ya dejémonos de vainas, si sale positivo, pues lo asume y listo. Es una cosa que vive con ustedes, un riesgo que ustedes corren

-       -No es solo de nosotros. Es un riesgo de todos

-       -Como sea

-       -Bueno señora

-       -¿Va a venir a almorzar? Son garbanzos.