Por Martín Bolívar

 Dice un diploma expedido por la Universidad del Quindío y firmado por el también tebaidense José Fernando Echeverry que yo, Martín Bolívar Flórez identificado con cédula ta ta tá, soy Ingeniero Civil. Ese título por el que me esforcé tanto me pesa como una carga puntual, de esas que le ponen a uno en los parciales de estática y que hay que descifrarla con el rigor geométrico siempre tan tirano. El título me pesa por la responsabilidad del cargo, la que hay que tener para ponerse al frente de proyectos que buscan desarrollar grandes urbes, contener ríos con alma propia, trazar vías en cuencas hidrográficas y construir el pequeño techo de la casa de un amigo y de mil familias: casas pequeñas que se vuelven castillos de sueños realizados. Yo creía que no era ingeniero, pero un día, en medio de un estado de alucinación causado por hongos, contemplé por horas el estado ortogonal (cuando dos cosas se juntan y forman un ángulo de 90°: las esquinas perfectas por así decirlo) de una cabaña en la que me aguardaba: veía como los postes se volvían infinitos y luego se juntaban para sostener y  proteger. Ese día entendí, que así no lo quisiera, ya pertenecía a ese grupo de personas que ven los espacios con ánimos de identificar cómo funcionan las vainas.

Es muy irresponsable dedicarle hoy estas palabras a ustedes: mis colegas. Entendiendo que no ejerzo con plena vocación esta carrera y que desde hace días decidí alejarme de ese mundo problemático del cual ustedes se encargan. Pero así como ustedes me conocieron en las aulas: parlanchín, prepotente y mamerto, vengo a expresarles la gran preocupación con la que me acuesto todas las noches pensando en ustedes. Bien sé, que las aulas se han convertido en la actualidad un fortín donde se juntan la jerarquía, el mando y codicia; varios profesores expresaban en su cátedra lo importante que somos para la sociedad y las montañas de dinero que podemos ganar si nos asociamos correctamente. También entendí que los pregrados en ingeniería buscan en pro de estructurar nuestro cerebro para que nada falle, para que nadie se caiga, para todo sea rígido, eliminar cualquier pizca de imaginación y suprimir esa sensibilidad que es tan necesaria para el avance del ser humano pero tan dañina para la productividad exigida por el mundo globalizado. Le dicen a uno en las clases, “si esto le parece tan duro y siente ganas de llorar frente a los problemas, mejor váyase de peluquero o manicurista”, entonces yo les exijo contrapunteando esa consigna, ingenieros e ingenieras, es hora de volver a concebir nuestra carrera desde las humanidades.

El puente se cae sobre el río Cauca, HidroItuango en vilo, los sistemas de captación de aguas obsoletos y las plantas de tratamiento de aguas residuales inexistentes, las ciudades colapsadas por la mala planificación del tránsito, los adoquines de las plazas levantados, los colegios llenos de goteras, y ustedes tan campantes y tranquilos construyendo cajones sin vigas ni columnas para que le gente se amonte a vivir, sin saber que llegará el temblor a Armenia y volverá a dejar la ciudad sepultada: no sean tan mediocres en su ejercicio. Estén a la altura de las palabras que concede el título. Primero, sean ingeniosos, piensen más allá, no se vuelvan solo administradores de cemento y de varillas, recuerden las clases de investigación, las posibilidades de crear nuevas cosas e inventar, sean inventores. Segundo, trabajen para la sociedad, cumplan con sus pagos a los obreros y maestros, nadie trabaja para que lo vean, no se crean superiores, no se bajen del carro con su cadenita de hora sin saludar a su equipo de trabajo, no se burlen del trabajador, reconozcan el esfuerzo que hacen. Luchen por un mundo mejor, no se vendan por 10 pesos, no cambien los materiales, no bajen la calidad de los productos a usar, no den las espaladas a los demás profesionales, sobre todo a los que se encargan del bienestar y de la salud de la obra, acompañen a los humanistas que socializan los proyectos a los poblaciones a intervenir, no se llenen de egocentrismo, escuchen, expongan, no se queden callados, pregunten: no hay que saberlas todas. No se dejen contagiar de la pereza que existe en los trabajos públicos. Yo ya lo viví, también me dejé contagiar de la modorra. Trabajemos más, siempre atentos a la ciudadanía.


Hagan un examen de conciencia e identifiquen todo lo que se ha hecho mal. Es bastante. Que nuestra carrera no se convierta la excusa para vulnerar los derechos de los habitantes de Colombia.