En mi estadía en el Amazonas visité la comunidad indígena San Martín de Amacayacu. Allí tuve la oportunidad de estar en una minga, que erróneamente lo entendía como la reunión de los indígenas, pero no, minga es la reunión para el  desarrollo del trabajo comunitario. Así pues, vi con mis propios ojos como toda una comunidad: Hombres, mujeres y niños, se unían para derribar diría yo, el área de un bosque equivalente a una cancha de fútbol. La labor fue convocada por un joven que abriría su chagra, la abría porque consiguió esposa y su padre le había heredado ese pedazo de tierra para que hiciera su vida y sembrara su futuro. El espacio, para que los ambientalistas no se asusten, había sido sembrado hace muchos por ellos mismos o bueno, ese fue el cuento que nos echaron: que los indígenas abren monte, pero siembran monte en otro lado, dejando descansar de ese modo, la tierra que los suple de víveres. Caían enorme abuelos molidos a punta de machete y hacha cada 20 segundos, y mientras los indígenas gritaban para evitar que el tronco fuera a caer encima de alguno, yo pensaba mientras reía y escuchaba reírse a todos de la torpeza del “hombre de ciudad” que, un contratista promedio contratado por cualquier entidad pública se hubiese demorado, siendo optimistas, un año en hacer lo que los indígenas hicieron en tres horas, empezando porque los indígenas no se demoran tres meses en arreglar eso del 20%, que es la famosa coima  (mito) que reciben los gobernantes para adjudicar contratos a dedo y como siempre dejar al pueblo mamando.

Antes de que este escrito cambie de sentido y empiece a despotricar de rectores que construyen monumentos a la corrupción y/o alcaldesas que adoquinan pueblos enteros con baldosas de mala calidad, retomo a la idea principal de la minga para enaltecer esa bella labor. Sigo contando. La forma de pago de ese día, fueron porrones y porrones llenos de masato, me explico, el joven que hizo el llamado a la minga debía de proveer el pago a los participantes, así que, él y su familia repartieron a diestra y siniestra, totumados de masato para emborrachar a los colaboradores como forma de pago. Eso sí que es desarrollo: trabajar todos, trabajar poco, trabajar por un buen pago, y el resto del día: comer bien, reír, terminar de emborracharse y bañarse a las cuatro de la tarde en un brazo del Río Amazonas, exhibiendo sus cuerpos preciosos libres de enfermedades causadas por el estrés del siglo XXI. A propósito del estrés, en las últimas ofertas laborales que he revisado por estos días, uno de los requerimientos es que uno sea, tolerante al estrés: ¡Que hijueput4s que son los empleadores!

Volviendo a la idea de minga y evitando tentaciones de hablar mal del prójimo (cuidándome de perder el aval para una candidatura al concejo), les voy a contar lo más grandioso que ocurrió en tal evento y que recuerdo tanto por estos días que decidí, ojalá definitivamente, renunciar a mis empleos donde me desempeñe como ingeniero civil. Resulta que estaba yo en la minga viendo a los indígenas trabajar, sintiéndome apenado por mi temor corporal que, desde niño me impidió clavar una puntilla, coger un machete o arreglar la cadena de la bicicleta y que ese día me dejaba arrinconado sintiéndome un poco inútil frente a la anciana, frente a la mujer encita o  frente al niño de 10 años que devoraban ese monte, cuando se acercó una mujer y me invitó a sembrar con ella. Me pasó dos palos de yuca y me explicó cómo sembrarla: con los ojitos del tallo mirando pa’ arriba. Los introduje donde ella me indicó, dos palitos de yuca puse en la tierra y luego me puse pie. Al levantarme, otra mujer con la totuma en la mano se acercó y me extendió el recipiente. Toma – me dijo, y yo lo rechacé. Pensé que mi labor no se comparaba con lo que el resto estaba haciendo, era menos mucho menos trabajo, no merecía masato. Entonces ella me volvió a ofrecer y me dijo en su corto español – Toma, ya hizo usted trabajo. Le recibí. Entendí que mi labor era esa, pequeña pero funcional, igual de importante que el trabajo increíble que hacían los otros.

¿Por qué el rechazo a la primera? ¿Por qué el creer en el no merecimiento? Pienso por estos días. Lo extrapolo y me planteo el trabajo en la actualidad y veo todas las mentiras que nos hizo creer la globalización: Ponte la camiseta, regala tu trabajo, ten paciencia el pagó se retrasó unos días pero ya llegará, trae tus elementos, paga tu seguridad, trabaja más, ten tolerancia al estrés, aguanta la presión, es normal llorar, es normal la ansiedad, come de más, toma más café, trabaja…

¿Y para cuando el trabajemos?

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