Plumas
Las formas sinusoidales de las olas del mar arremetían con calma contra mi torso semidesnudo, que permanecía danzarín al ritmo del agua. Tenía yo, la vista fijada en la playa, lugar donde reposaban las nalgas robustas de mis primas luciendo sus tangas al estilo brasilero. Detuve la mirada en las más grandes, en las más blancas, en aquellos glúteos contramarcados con un tatuaje que decía “Bon appetit” y pensé, ¡que manjar para los que gozan de mi prima! Suspiré con la finalidad de darle un inició a otra idea en mi cabeza y evitar una erección playera. Zambullí los brazos en el agua como queriendo palpar el estado líquido y sentí en ese momento, un cosquilleo tenebroso en mi mano derecha; la saqué rápidamente notando al instante que, se enredaba entre mis dedos, una pluma negra de tamaño considerable. La tomé con la mano desocupada, salí del mar y la guardé después de secarla, en el libro que llevaba para leer en mis vacaciones y del cual no leí una sola página.
La tarde pasó como cualquier
tarde del caribe; con sus champetas de fondo, el color camarón de los blancos
del interior del país que exponen sus pieles al sol inclemente, y la pausa del
mar cuando se mira directamente y que en un descuido me hacía llorar de
tristeza o de alegría, mientras me enseñaba su inmensidad para contrarrestar mi
ego recalcitrante. Todo era muy similar a otros viajes. Daba sorbos a mi
cerveza cuando recibí un segundo presente: una pluma que bajando lento del
cielo, se fue acomodando con sigilo sobre mi hombro. Era igual que la primera,
de color negro, con las barbas plumáceas muy juntas y desvanecidas en color en
sus extremidad inferior. La tomé y corrí hacia el libro donde guardaba la
primera. Las junté para compararlas e intenté identificar el ave de su
procedencia.
Mirando hacia el cielo
entendí que no había un ave cerca que hubiese dejado caer sus plumas sobre mí.
Solo se percibían pequeños pajarillos de colores que nada tenían que ver con
las plumas, con mis plumas. Imaginé entonces que aquel acto era un mensaje que
llegaba para indicarme algo. Podría ser una ganancia o una pérdida cercana, tal
vez un mensaje de amor de otros mundos y otros tiempos, o la reencarnación de
algún familiar que venía a decirme que me quería. Decidí embelesarme con el pensamiento y disfrutar de la magia de los actos
inexplicables y es que, estar ocupado en cualquier actividad cotidiana y ver
como una pluma llega sin aviso a nuestro momento, es un acto hechizante, una
pausa para extraer a cualquiera de la chocante y pesada existencia.
Ahora que han pasado varios días
lo entiendo, era un llamado a regresar a lo que había sido antes, mucho antes. No
lo comprendí hasta que ocurrió el desenlace final. Iba ignorando el mensaje que
llegó incluso después de regresar del mar, a mi pequeño terruño escondido entre
las montañas que de lejos se ven azules. Un día le comenté a un conocido que
las plumas no dejaron de caer, que ya llevaba quince días recibiéndolas. Cayeron
mientras caminaba por la calle 21, cayeron cuando volvía a casa después del
trabajo, cayeron en los domingos de descanso. Aumentaban, caían más, siempre
las mismas plumas negras. Las guardé todas en el mismo libro, pero ya no se
encuentran allá, se encuentran acá conmigo. Las llevo izadas en el cuerpo, en
mi torso que ya no está semidesnudo. El cuerpo se me llenó de vida después de
la muerte. Soy un Ángel.
Otro día les contaré cómo
fue mi muerte.
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