Primero un beso casi estático para identificarse, para reconocer la textura de los labios que son diferentes en cada ser, como la huella del dedo índice o las rayas de las cebras salvajes. Un suspiro  de Felipe como el hombre vencido por la ternura, seguido de otro de Juan Pablo causado por el deseo. Se dio entre ellos el encuentro de los cuerpos que se estimulan mutuamente y que cambian de tamaño. La erección, que burdamente se ha considerado una simplicidad masculina, es el fiel resultado de la evocación de los sentidos, pues no hay sangre que llene un cuerpo cavernoso, sin que primero se haya olido, palpado, oído, saboreado, visto o por los menos volado con la imaginación. El sonido de un televisor encendido y exponiendo cualquier canal se mezclaba con los sutiles gemidos resultantes de las caricias finas y del acoplamiento perfecto de los músculos. Entre beso y beso, sudor y sudor, se fue consumiendo la noche y el clímax llegó para ambos. Fue un orgasmo contenido, sin mayor alarde, solo cuestión de apretar el cuerpo y luego soltar. Después de eso, la calma y la inocente somnolencia.

Juan Pablo, lo entendió justo en ese momento, fue para él una revelación dolorosa, la cuestión era que también se sentía enamorado y eso, era de las cosas que no se permitía desde hacía mucho tiempo. A diferencia de Felipe, que clasificaba el amor con análisis poéticos y melodramas empalagosos, Juan Pablo pensaba que el enamoramiento dependía de un solo acto sencillo; sus andanzas y el recorrido por decenas de cuerpos, le habían regalado su doctrina, entonces les decía a sus amigos como quién da señales de tránsito, “El amor es muy fácil de percibir, si después de venirse uno quiere quedarse, ya se lo llevó el putas” y se ufanaba ante ellos, de haberse vestido rápidamente en más de trescientas ocasiones sin importar los corazones rotos que dejaba a su paso, y de solo haberse quedado una vez; una vez que le bastó para no querer saber nada más de apegos ni de celos ni de tristezas; “Ya saben muchachos, que el amor no es solo el amor, el amor son todos los sentimientos encontrados” decía. Pero esa noche fue vencido, no pudo levantarse ni salir corriendo hacía la ducha, no pudo despachar a Felipe, no pudo evitar querer quedarse en cama. No importó el semen seco que hacía costras en su abdomen, en sus antebrazos y en su cuello ni el calor emanado por Felipe. El beso posterior al orgasmo y las manos entrelazadas para dormir, ratificaron el hecho.

-¿Por qué los amantes madrugan tanto?- Preguntó Felipe con las primeras señales del alba que se metieron por la ventana, después de notar que Juan Pablo también estaba despierto.

- No sé – Contestó Juan Pablo- es difícil adaptarse a una cama ocupada en su totalidad.

Guardaron silencio y se juntaron más en un abrazo. Ya no quedaba en la habitación ningún vestigio de sexualidad, en cambio se inundaba de tristeza al compás de los fríos matutinos que se sienten en Armenia. Era curioso que después de estar en lo más alto de una montaña de emociones eufóricos, ahora se encontraran abajo, cansados y con preguntas rondándoles la cabeza. Sin embargo no hubo rechazo de lo que sentían en ese momento, seguían abrazados y comprendían que así era la serenidad, la aceptación. Sabían que se terminaría, que esto que se habían inventado una noche y que equivalía a mil noches, no iría a parar a ningún lado. Felipe recordó una canción popular de salsa que dice “por exceso de amor nos separamos”. Eso era, un exceso de amor del uno por el otro y un exceso de amor por ellos mismos. Los dos hombres que con facilidad hubiesen dicho un te amo, preferían a esa hora, en un junio maravilloso y en casa de la abuela Anamú, mientras se acariciaban y se besaban la frente, tomar rumbos diferentes. Lo hacían por temor a perderse, a perder cada uno su vida que tanto querían, temor por terminar haciendo lo que nunca harían por otro, temor de convertirse en una sombra. 

Juan Pablo se levantó de primero, lo hizo porque era el más valiente y porque era el anfitrión, el dueño de la casa. Ofreció café, que es lo que primero se ofrece cuando se pasa la noche en buena compañía. Felipe lo recibió con gusto y lo bebió a sorbos pequeños. Después de esto, se vistió sin pausa, y salió de casa. Ambos sabían que  ya habían vivido su despedida.