Anamú o Filosofía de un café y un amor. (Primera parte)
La
casa de Juan Pablo estaba siempre impregnada de Anamú; se podía sentir el olor
penetrante desde las extensas escalares que conducían al segundo piso del viejo
apartamento, en el centro de la Ciudad Milagro. Él ya lo había advertido, a Felipe le dijo:
-
Me da
pena llevarlo a mi casa; todo está pasado a Anamú.
- No
importa, contestó Felipe – Todo es soportable cuando estoy con usted.
Venían
caminando desde el norte, en una ciudad donde el norte queda a quince minutos
del centro en un recorrido lineal por una avenida con nombre de Libertador. El
clima adornaba la noche; los primeros días de
junio cobijaban con su tibieza a Juan
Pablo y a Felipe, sin hacerlos sentir frío ni muchos menos hacerlos sudar por
sus pasos de grandes zancadas. Habían
permanecido en silencio desde la charla del Anamú, siguiendo su rumbo sin duda
alguna. Dormirían juntos por primera vez. Al abrir la puerta del apartamento el olor aumentó
su fuerza. Fue entonces cuando Felipe supo qué putas era el Anamú y de dónde
provenía: Era la abuela de Juan Pablo la que dispersaba el olor con su místico
trabajo. A la anciana, después de años de fracasos económicos auspiciados por los juegos de azar y las apuestas de
su esposo, le dio por vender medicina alternativa, con propiedades antiinflamatorias
y anticancerígenas, hechas a base de la milenaria planta; las cultivaba en su
casa, las ponía a secar, las trillaba hasta volverlas polvo y las empacaba en capsulas,
que cerraba a presión con sus dedos afectados por la artritis. En la titánica
tarea de empacar polvos mágicos se encontraba, cuando Juan Pablo irrumpió su
labor para presentarle a Felipe. Le dijo con voz segura que era un amigo, un
nuevo amigo, de esos que tanto le solía presentar. La abuela lo saludó detrás de
sus lentes de circunferencia con una amabilidad sublime, le puso conversa y le
ofreció una golosina que sacó de un nochero contiguo a su mesa de trabajo. Juan
Pablo le dijo a su abuela, que Felipe dormiría esa noche en casa, y la señora solo se limitó a asentir con la cabeza y no dijo nada más.
Cuando
Felipe dijo en su casa que prefería la compañía de los hombres, la familia se
había puesto como loca; a tal punto que le ofrecieron terapia católica para
regresar a los caminos bienaventurados del buen cristiano, pero éste radical en
sus decisiones optó por luchar por las contrariedades
de lo mundano y ser un marica reconocido. Por eso, al ver la atención de la
abuela de Juan Pablo y la facilidad de la vida en la casa apestosa de yerbas
amargas, sintió la aceptación que tanto necesitaba, ese apoyo para asegurarse a
sí mismo que estaba en lo correcto, que había abandonado los caminos del buen hombre
de sociedad, por unos de mejor índole y valentía, los caminos del amor.
El
enamoramiento es una combinación de muchas cosas que se agrupan en dos partes,
pensaba Felipe. La primera mitad es lo que tiene la otra persona; su aspecto
físico, el color de los ojos cuando les pega el sol de frente, la dirección de
los vellos de las manos, el tono de voz que usan cuando defienden alguna causa,
el olor de la piel en la madrugada, la fuerza aplicada en el abrazo. La
segunda, es lo que pasa en el entorno cuando se tiene una cita, esas pequeñas
cosas que se van dando de la nada y que no se olvidan, acciones que parecieran
escritas en el libro del destino de cada uno. A Juan Pablo lo conocía hace poco
y ya se sentía enamorado. Su fina belleza lo enloquecía, la delgadez de su
cuerpo, sus cejas definidas genéticamente, la inteligencia de su la charla y la
altivez al caminar, iban sumando puntos para ganarse la primera parte de su
amor. La segunda, es decir, lo que ocurría cuando estaban juntos, era la demostración
de la existencia del amor idílico, pues el clima siempre estaba perfecto, si se
encontraban en la tarde se inundaba el cielo de atardeceres esperanzadores; si
se veían en la noche, el viento calmaba la angustia con un susurro y los
grillos se escuchaban en la urbe; si caminaban por la calle siempre aparecían
personajes extraños disfrazados de habitantes de calle, que les leían poesía o
les tocaban alguna canción o les ofrecía flores de origami; una ocasión
entonces que siempre generaba gratos recuerdos. La abuela Anamú, fue la puntada
que ratificó el sentimiento.
De
todas maneras Juan Pablo, diplomático por excelencia, sacó un colchón de otra
habitación para disimular el encierro al que se sometería con Felipe, a pesar
de que la abuela ya sabía a qué venían. Acomodaron la habitación y salieron a
la sala, todo esto en busca de disimular nuevamente un amor que se presentía en
el aire como una fuerza sobrenatural. Eran las diez de la noche y la abuela,
más que por obligación que por buena cómplice suspendió sus labores para irse a su cama, pues no aguantaba más ser la
barrera de una acción sexual que venía planificándose en la cabeza de los dos
hombres y que había puesto el ambiente canicular y denso. Bastaron cinco
segundos de abandono por parte de la señora, para que los dos enamorados
corrieran a la habitación en medio de risas cohibidas de alto volumen y miradas secuaces, a cumplir
con la necesidad fisiológica más severa que tiene el ser humano: tener sexo
cuando hay sentimientos de por medio.
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