El tono del teléfono terminó con la espera, una espera que en realidad no existía conscientemente. Eran ya las siete pasaditas y el abuelo todavía no llegaba a casa. El ambiente ya estaba tenso por una acción animalesca, pues el perro no dejó de ladrar en toda la madrugada y había trastornado el sueño de todos. Dos o tres veces sonó el “ring ring”. Contestó mi madre. Yo, que en la niñez siempre vivía día y noche, a una distancia mínima de un metro de ella, pude ver la reacción inolvidable. Fue un zapateo, una acción muda, muchos movimientos musculares. Rara vez los adultos vuelven a ser niños; se nos instala en el cuerpo la postura erguida y con ella la insensibilidad, pero a veces, solo a veces, cuando llega la noticia de un familiar muerto, un amigo muerto, el amor muerto, nos desvanecemos y actuamos como lo indica el frío del estómago, con meneos infantiles y pataletas irreconocibles.

Al abuelo lo molieron a varilla, de la misma manera que molieron a un negrito futbolista de La Tebaida muchos años después; la diferencia fue que al muchacho le faltó hacer el amor con muchas mujeres, en cambio mi abuelo había vivido lo suficiente. Pero la muerte  fue igual de violenta: carnes reventadas, rostros desfigurados y preguntas eternas sobre la crueldad del hombre. Si pienso en el momento exacto del funesto acto, solo se me viene a la cabeza la palabra “cimbronazo”, como cuando las casas cimbran al paso de un carro pesado o de un terremoto de bajas magnitudes. Cimbraron los huesos entonces, al ritmo de la varilla de algún desalmado, se llenó el cuerpo de vibraciones dolorosas hasta quedar ellos impávidos y libres de pecados, porque si es verdad que Dios existe, este mandó a su hijo el hippie a decirles al odio “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”

Mi hermano Diego llegó de permiso al entierro, venía con dos o tres días de autorización desde Manizales. Un superior de la Policía le había dicho, “Marín llamaron de su casa con una mala noticia, pero no se la voy a dar todavía, vuelva a la montaña, que no lo quiero dejar ir hoy”, y lo mandó a dormir intrigado, a pasar una noche de insomnio en los fríos del páramo. Él pensó de todo menos en lo ocurrido. Nadie se imagina que puedan matar a un anciano a varilla y menos si ese anciano es familiar de uno. Cuando se encontró con mi madre, le copio el gesto, el del zapateo.

El crimen no se resolvió, solo sabemos que el asesino era conocido del abuelo, pues la puerta no se forcejó y habían dos tazas de tinto servidas cuando encontraron el cuerpo. También intuimos que aquel sujeto sabia del dinero guardado, dinero que no pudo encontrar porque el abuelo lo escondió tan bien, que al hombre no le funcionó desbaratar toda la oficina. 

A la familia solo le quedó velarlo y hacerle la novena de las ánimas durante nueve noches. Dicho evento se celebró en mi casa, en la casa de mi madre, en la casa de su hija la matriarca, como estoy seguro que él hubiese querido.

Nota: Mi abuela Otilia su esposa, jamás se recuperó, le guardó cuatro años de un luto infaltable. Se le desvaneció la  sonrisa y sus ganas de vivir. Murió de un infarto fulminante en julio del 2004. El epitafio de la tumba de ella decía más o menos lo siguiente:

“Padre el día que te fuiste, dejaste a una esposa sin consuelo alguno, ella parte el día de hoy al cielo, al encuentro contigo. Recíbela con todo el amor..."